Acerca de las características del buen sociólogo

Un buen sociólogo debiera ser, al mismo tiempo, alguien que se moviera con la misma facilidad en el campo de las matemáticas -que supiera, por ejemplo, de verdad razonar con probabilidades, distribuciones estadísticas-, en lo referido a las significaciones -que pudiera comprender las distinciones e intenciones de los diversos dichos- y en lo referido a la teoría -que pudiera entender cómo las disquisiciones que parecen abstrusas tienen consecuencias para estudiar la vida social. No manejarse en todas esas áreas al mismo tiempo lo que, al final, produce un mal conocimiento de aquello que, se supone, nos interesa conocer.

Un sociólogo al menos mediocre debiera por lo menos saber usar -aunque sin comprender, y conocerla como ‘caja negra’- diversas herramientas estadísticas, poder extraer las distinciones más básicas al leer resultados cualitativos, y entender como pueden ser usadas para investigar ciertas distinciones básicas. Habrá que reconocer que no todos alcanzamos siquiera este rango humilde, que al menos permite generar conocimiento que tendrá alguna validez.

¿Y el sociólogo ideal? Alguien que al mismo tiempo fuera capaz de probar un teorema, desarrollar una nueva aproximación matemáticas para estudiar nuestras realidades y ser capaz de manejarse sin problemas en todas las ambigüedades y formas de uso y aparición de los significados de la vida social y ser capaz de inventar nuevas argumentaciones teóricas y saber cómo ello impacta en la investigación; todo ello basado en un profundo conocimiento de las variedades  y vicisitudes de la vida social en la historia. Por cierto, si ya tiene sus dificultades alcanzar el nivel de la mediocridad, y realmente ser un buen sociólogo es más que escaso, aproximarse al ideal en realidad ha ocurrido pocas veces (si es que ha ocurrido alguna vez).

He hecho notar varios criterios de un buen sociólogo. Hay uno que debiera brillar por su ausencia: toda referencia a su accionar político, su carácter de intelectual público, el prurito de influenciar la vida social. Dos motivos. El principal es que cualquier accionar político y público es del sociólogo en tanto ciudadano pero no en tanto sociólogo. Lo segundo es que la tentación de ser el consejero del príncipe, o incluso ser el príncipe, casi siempre ha producido personas que han sido malos políticos y que han desperdiciado sus talentos para la investigación. Los cantos de sirena del poder han malogrado más de una carrera, y todavía no termino de entender que es lo que creen que los sociólogos que pueden aconsejar (como sociólogos, ya dije que esto es distinto a en cuanto ciudadanos) en relación con la vida social cuando, a decir verdad, no es mucho lo que la conocemos. ¿Acompañar procesos? ¿Ayudar a reflexionar a los actores? Sí, claro, eso tiene sentido; pero la posición de quien tiene conocimiento y dice lo que habría que hacer es una que no sabría a ciencia cierta cuál sería la razón para que nosotros la tuviéramos.

 

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