Sobre el PNUD, el Desarrollo Humano y la Subjetividad cotidiana

Habiendo ya salido del PNUD desde hace más de un año, y habiéndose cerrado no sólo mi periplo personal allí, sino en realidad también el proyecto concreto que eran los Informes de Desarrollo Humano ahí, al menos en la forma en que se hacían tradicionalmente, no estará de más, creo, realizar una pequeña mirada retrospectiva.

Al menos internamente, para ser precisos, al menos eso fue lo que me fue dicho en variadas ocasiones, lo que distinguía el esfuerzo que eran los Informes en Chile era una mirada específica, que reivindicaba la subjetividad de las personas, el punto de vista del ciudadano de a pie si se quiere, y en particular, con una preocupación particular de pensar e investigar desde la vida cotidiana. Eso habría sido la diferencia que traían los Informes al debate público: Intentar en vez de discutir sólo desde las formas y estructuras de pensamiento de los actores de ese debate, traer las formas y estructuras de pensamiento que tiene la población (los que no siempre coinciden).

El caso es que esa auto-comprensión me parecía, y así sigo pensando, equivocada; y en un aspecto, esa equivocación es total. Los Informes pueden haber sido sobre subjetividad, lo que es claro que nunca fue lo de interés, fue la vida cotidiana. Lo que interesaba, más bien, era la aproximación de Lechner hacia esos temas: No la vida cotidiana como tal, sino la cotidianeidad para la política. En otras palabras, lo que desde la vida cotidiana puede ser relevante para la vida política. La concepción de política de los Informes, que en esto siguieron de manera permanente a Lechner, nunca fue institucional (y menos contingente), siempre fue más orientada a la política como lugar donde se juega la concepción de la vida en común, y de lo que somos en común. Para usar términos que los Informes se apropiaron hacia el final, preocupados de lo político más que de la política. Preocupados, en ese sentido, de la construcción de una subjetividad común y de la posibilidad misma de actores colectivos. Y desde ese lugar, entonces preocuparse de cómo la vida cotidiana se relaciona (afecta y es afectada) por ellos.

Lo que no era, entonces, era una preocupación por la vida cotidiana como tal. Mi experiencia es que cada vez que aparecía algo que podía ser interesante en los datos desde la sola vida cotidiana, la pregunta inmediata era por la relevancia de ello. A menos que contactara con la vida política -con la posibilidad de construir acción y sujeto colectivo-, la vida cotidiana no parecía relevante en sí misma.

Ahora bien, lo anterior puede ser relevante como simple precisión: Hay que entender los Informes no como se pensaban a sí (como miradas construidas desde la vida cotidiana) sino de una forma distinta (como miradas centradas en la relación cotidianeidad y política). Sin embargo, esto tiene una consecuencia algo más fuerte, porque afecta temas conceptuales.

Pensar la vida cotidiana en su relación con la política tenía como consecuencia, fortalecido además por tendencias que provenían de las conceptualizaciones de desarrollo humano, una comprensión de la subjetividad como proyecto. En otras palabras, de lo que se trata es potenciar la dimensión proyectiva de la vida de las personas, y pensar su carácter de actor en torno a la categoría de proyecto.

Lo cual puede ser muy útil en muchos casos, pero presenta un problema básico en relación con la vida cotidiana. Puesto que la vida cotidiana no se orienta ni construye en torno a la noción de proyecto; y cuando pienso la acción en términos de proyecto, entonces observo aquello donde no hay proyecto como un momento de desagenciamiento. Lo cual es una forma muy inadecuada de pensar la cotidianeidad. En la cotidianeidad hay actores, que despliegan su vida de múltiples formas; pero eso no implica la existencia de proyectos, que es una forma, si se quiere, racionalizante y de largo plazo hacia la acción. En la acción cotidiana hay cosas que uno quiere hacer y uno se plantea posibilidades (‘hoy podría juntarme con tal persona, o ver una película, o limpiar la casa, o…’), pero esos realmente no corresponden a proyectos. En la vida cotidiana se pueden realizar proyectos (el proyecto de educarse implica, por ejemplo, la acción cotidiana de ir al colegio, hacer tareas, estudiar etc.). Pero en cuanto se está en la cotidianeidad no se está en el proyecto. Pensar desde la cotidianeidad es obligarse a pensar en una forma de acción (e insisto de acción, no automatismos o cosas no pensadas, casi fuera del mundo del sentido como Weber planteaba como límite de la acción tradicional), que simplemente no corresponde a la mirada reflexiva, racionalizante de la proyección.

Al pensar la vida cotidiana en su relación con la política, y estudiarla siempre desde las potencialidades (y dificultades) hacia ella, lo que terminaba haciendo los Informes de Desarrollo Humano en Chile era no observar la vida cotidiana en toda su gloria, en su carácter de vida cotidiana como tal. Ahora bien, hay que decir que, a pesar de la existencia de una tradición de estudio sobre ella, en nuestros lares la vida cotidiana, lo que se vive todos los días, no interesa tanto finalmente a los sociólogos. Por dar un ejemplo que me ha llamado la atención recientemente, porque algo (tampoco tanto) me dediqué al tema: Está lleno de estudios sobre conflictos y movimientos territoriales, pero por sobre lo que implica vivir en un lugar, pues bien, los hay bastante menos. Y a menos que de ese vivir se puedan sacar conclusiones en torno a sujetos colectivos, tampoco será tan interesante.

El mero hecho de la vida social no parece resultar tan interesante para quienes, se supone, se dedican a su estudio.

La vida y el proyecto

Ya decía Lennon que la vida es lo que te ocurre mientras haces planes. Y también hay distintas frases sobre el tema que cuando se reflexiona no se vive, y que cuando se vive no se reflexiona. En algunos casos esta distinción se plantea para alabar uno de los términos y menoscabar al otro; en esta entrada nos limitaremos a darle a ambos términos de la distinción su importancia.

La reflexión anterior se debe a una experiencia de investigación reciente, para la cual esta distinción resulta ser bastante útil. El estudio es sobre la relación de las personas con los lugares en que habitan, y se realizaron -entre otras muchas actividades- dos investigaciones cualitativas, grupos de discusión y entrevistas biográficas.

Resultó notoria la diferencia tópica del habla. En los grupos la pregunta inicial era sobre como se vive en el lugar, y aparecen conversaciones sobre el modo de vida, sobre el ritmo de vida, sobre las relaciones interpersonales, sobre las costumbres, sobre el paisaje etc. Ello es lo que domina la conversación, En cambio en la entrevista biográfica lo que aparece son temas asociados a los proyectos -cuáles se tienen, los objetivos deseados, las condiciones necesarias para tenerlos, las acciones realizadas o por realizar, la construcción en general de una narrativa ordenada sobre su consecución. Los proyectos de los cuales se habla aquí no son cualquier proyecto, sino aquellos que se pueden denominar proyecto de vida: uno que articula, o al menos permite estructurar la narración, el transcurso de la vida.

Ambas conversaciones son distintos, no aparecen las mismas preocupaciones. Ambas conversaciones son relevantes y afectan a las personas, pero en niveles distintos. una cosa es la cotidianeidad, en toda su presencia permanente y abrumadora; y otra cosa es el  largo plazo, la articulación de múltiples acciones en el tiempo. El proyecto de convertirse en médico es distinto de la vida cotidiana (de salir a comprar, de almorzar, de conversar con amigos), pero es también un ámbito de acción y decisión (de decidir qué y donde estudiar, de organizar estudios etc.)

La distinción no implica que no existan relaciones. Por un lado, y en particular en lo que dice relación al proyecto de vida esto es relevante, es posible transformar el logro de una determinada cotidianeidad en el propio proyecto. Por otro lado, es en el momento de la reflexión, que el mecanismo de la entrevista subraya, donde la distancia entre el proyecto y la cotidianeidad es mayor, pero al desarrollarse todo proyecto ha de hacerse cotidiano -el proyecto de estudiar medicina se transforma en una vida cotidiana de estudiante de medicina.

Estas relaciones, y aunque sea obvio menester es recordarlo, no evitan que la distinción sea relevante: Que el proyecto no es la vida, que la vida no es un proyecto.

 

Ha muerto Humberto Giannini

El día de ayer, 25 de Noviembre de 2014, murió Humberto Giannini. A propósito de ello no estará de más hacer algunas reflexiones sobre su obra. O al menos de uno de los textos que he encuentro más interesantes (y no sólo más interesantes entre la obra de Giannini, sino más interesantes como tal). La ‘reflexión’ cotidiana (en la edición de Universitaria que tengo), cuya primera edición es de 1987.

Lo primero es que lo de reflexión tiene en ese texto algo de literal: la vida cotidiana es reflexión porque vuelve habitualmente sobre sí: Es un viaje de ida y vuelta, y se vuelve al domicilio. Una vuelta que Giannini enfatiza es una vuelta a uno mismo, el domicilio que habitamos es un estado del alma (como nos cita de Bachelard en la página 32). Un domicilio que se distingue del mundo (donde se realizan acciones, ‘trámites’) y que permite reencontrarse a uno mismo.

Finalmente, habíamos señalado que el domicilio es un símbolo de un regressus ad uterum, a una mismidad protegida del trámite y de la feria. El mundo, con sus postergaciones, con su despiadada competencia, ‘está allá’. Aquí, en el domicilio parece ocurrir una suerte de reencuentro con uno mismo (página 59).

La idea del regreso al domicilio como un regreso a uno mismo (de uno que ha estado durante el día volcado hacia afuera) de hecho la usé en algún estudio empírico. De hecho, para un estudio sobre televisión, lo cual no deja de ser un uso algo bastardo, pero en defensa habrá que decir que bastardizado y todo muestra lo iluminador que puede resultar. Porque efectivamente podía permitir entender varias conductas de las personas entender que al volver a sus domicilios lo que hacen es reencontrarse con ellas mismas, y que dado que esto se produce luego de estar volcadas hacia afuera (en cierto sentido, ‘desarmándose’) se requiere de un trabajo subjetivo importante el poder reencontrarse (que en cierto sentido es un reconstruirse a sí que realizan las personas todos los días).

Lo segundo relevante es mencionar que una categoría esencial para entender la cotidianidad en Giannini es la idea del desvío, de la transgresión, la de salirse de esa ruta establecida. Y que esa transgresión es también parte de la cotidianidad (por ejemplo, ver la página 46). La calle es, en parte, la posibilidad permanente del desvío, que te encuentres frente a situaciones. También lo es la conversación (página 88-89). La conversación, algo que se realiza por el puro placer que ella produce, ¿qué es? O para expresarlo mejor, ¿cuál es el principio de la conversación que produce ese placer?

Conversar es acoger. Un modo de la hospitalidad humana. Y para lo cual deben crearse las condiciones ‘domiciliarias’ tanto de un ‘tiempo libre’ (disponible)  como de un espacio ‘aquietado y al margen del trajín’ (página 90-91)

Estas posibilidades de desvío, y lo que muestran en él (acoger, estar disponible) son centrales, porque -finalmente- Giannini nos mostrará que la libertad se juega en ello. El tiempo jugado solamente a la preocupación cotidiana (en el trámite ferial) es, finalmente, un tiempo degradado: ‘Incapacidad de acoger; conciencia inhóspita’ (página 191). Pero la acogida sin condiciones al Otro (página 192) es la virtud básica de lo humano y lo que permite que la cotidianidad pueda desplegarse en plenitud.

Y esto, en parte, porque -como dijimos- al final tiene que ver con la libertad del propio ser.

La libertad, en el sentido de ‘disponibilidad de Sí’, más que con el quehacer tiene que ver con un dejar ser; con este hecho profundamente negativo: el de ser un despeje de Sí mismo, de sus quehaceres, de sus ocupaciones. Liberación del arrastre de una identidad exclusivamente domiciliaria; cotidiana disponibilidad, en fin, para que aquello que Pasa y nos llama desde su ser cualitativo, sin promesas de recompensa’ (página 159).

Estar disponible a lo que está fuera de uno, es entonces la marca de la libertad cotidiana. Vivir la vida cotidiana como cierre, que no deja de ser la experiencia común, es una forma de empobrecer y empequeñecer el mundo.

Un mundo que, por cierto, es más pequeño y más pobre ahora que Humberto Giannini no está con nosotros.