De un olvido.

El otro día -a decir verdad un par de semanas pero no había tenido tiempo- escuchaba la radio en un taxi (apurado como siempre en llegar a una parte) y escuché a Jocelyn-Holt hablar sobre la reciente polémica con respecto a los libros robados de la Biblioteca del Perú con un par de periodistas.

Pero no es de eso que habla este post. En parte de la discusión, el periodista planteaba sobre el comportamiento de las tropas chilenas al tomar Lima y hacía un comentario -basado en cómo había sido la toma de Berlín (*)– que bueno, las tomas de ciudades habían sido siempre asuntos bárbaros, llenos de crueldad hacia los civiles y que así eran las guerras.

Y en ese momento pensé que habíamos llegado tan lejos en el camino del barbarismo que la memoria de una de las características más claras de la civilización occidental, en mi humilde opinión uno de sus mejores aportes, había desaparecido. La idea de una guerra limitada, donde los civiles no son parte, y que sigue sus regulaciones (como que los prisioneros no se asesinan) parece, a finales del siglo XX, sólo parecer una utopía, algo que sencillamente nunca pudo existir.

Y sin embargo, a grandes rasgos, si existió. Las guerras del siglo XVIII y XIX en general fueron efectivamente guerras limitadas, con no demasiados riesgos para los civiles, y donde en buena parte las normas civilizadas de la guerra eran seguidas. En la batalla de Waterloo -peleada luego de décadas de las guerras más totales que había experimentado Europa en mucho tiempo- los campesinos de la zona se congregaron a mirar la batalla en un cerro cercano (es lo que nos cuenta Keegan en The Face of Battle). Donde el mayor daño que estaban pensando era en, bueno, que la cosecha de trigo había sido pisada por algunas decenas de miles de soldados y por centenares de cañones. En otras palabras, la olvidada guerra limitada fue una práctica, por cierto la única práctica que le permitió a los europeos pasársela de guerra en guerra en el siglo XVIII sin destruir su civilización. Los rusos tomaron Berlín en la guerra de los 7 años. Una experiencia nada similar a la de 1945.

En un período en el que, a veces, nos da por dárnoslas de muy progresistas y de superación de las barbaridades tradicionales, no estaría de más recordar que en lo que concierne a conducir una guerra, probablemente la mayor parte de las naciones contemporáneas serían menos civilizadas que, por decir cualquier cosa, la Prusia de Federico el Grande.

(*) ¿Puedo hacer el comentario que Berlín: La Caída de Beevor es absolutamente espectacular como libro? Bueno, no importa, lo hago igual: Berlín: La Caída de Beevor es absolutamente espectacular como libro

Un par de notas sobre el trabajo doméstico y su relación con el remunerado

Dado que estoy haciendo un curso de consumo, estuve releyendo A Theory of Shopping de Daniel Miller y entonces me encontré con las siguientes frases:

‘Here, as is often the case, there is no evident resentment at being identified unambiguously with housewifery. On the other hand, there is a considerable desire that this should be appreciated by the family members, and to taken for granted’ (p 21) Y no mucho después, discutiendo sobre los estudios feministas sobre el trabajo doméstico: ‘This degree of exploitation and the asymmetry of power was reinforced rather than redressed in consumption, where housewives were found to give the best of their labour in meals and comforts to others while ofter denying themselves the pleasure they strove to create for others’ (p 22).

Miller se centra en el punto que las dueñas de casa -inmersas en una cultura de ‘amor hacia la familia’- no ven como explotación lo que las críticas feministas -inmersas en una cultura reflexiva de igualdad (*). Pero lo que me parece interesante es otra cosa.

Es lo cercano que parece el trabajo doméstico al remunerado moderno. Iguales en el hecho que el fruto del trabajo no es propiedad del trabajador, iguales en su demanda de reconocimiento (el gusto y la demanda por el trabajo bien hecho, por la buena obra, que en ambos contextos no es reconocido), e iguales en el hecho que estas características se dan por sentadas y no producen mayor problema (al fin y al cabo, los trabajadores nunca han reclamado por el hecho que el fruto de sus esfuerzos sea para otros). De hecho, aparte de la existencia de una ideología y una cultura que le da más sentido al trabajo doméstico (**) (orientado a lo que sigue siendo el centro ostensible de la vida de las personas -la familia) y de la recepción de dinero en el remunerado, mantienen las mismas características básicas.

(*) Lo que muestra que la cultura de las sociedades occidentales modernas -el trabajo de Miller es sobre hogares ingleses en un suburbio londinense- sigue siendo tan irreflexiva, tan poco racionalizada, como toda cultura siempre lo ha sido. Pero ahondar en este punto sería empezar a criticar a un montón de sociólogos en sus disquisiciones sobre la modernidad.
(**) Aparte del feminismo clásico, ¿quién pudiera pensar, especialmente si pensamos en el tipo de trabajos que la mayor parte de la población realiza, que el trabajo es una fuente de realización personal?

Las reglas del método: El postulado de la igualdad de actores

Alguna vez, entre las innumerables ideas que he tenido y no he seguido, se me ocurrió que sería buena idea escribir un texto análogo a Las Reglas del Método Sociológico. Entre otras razones, porque me parece que lo que falta -extrañamente en una disciplina tan preocupada de asuntos metodológicos- discusiones acerca de lo que constituye un buen análisis sociológico. Tanto falta que en un manual de metodología cuantitativa común y silvestre la parte de análisis será reemplazada por una descripción sucinta de análisis estadístico. Pero tanto el texto de Durkheim (y más el de Giddens) están ordenados por la pregunta de que cosas ha de cumplir un análisis para ser buena sociología.

Y, en ese espíritu, ponemos el primer postulado de un buen análisis sociológico: El de igualdad de actores: Todos los actores han de tener las mismas capacidades, y en lo posible sus diferencias han de provenir de diferencias en sus relaciones sociales, en sus ubicaciones más que de atributos del actor. Y si no queda otra más que correspondan a atributos del actor, entonces que la distribución del atributo sea lo más general posible.

Partamos por lo primero: la exigencia que no existan actores especiales. Básicamente, si postulamos que un actor dado puede hacer X (se puede organizar, puede aprender tal cosa etc.) entonces cualquier actor puede hacerlo. Si encontramos que un actor no realiza la acción, entonces no podemos basar la explicación en que el actor es diferente, sino que su situación era diferente. No hay actores con capacidades especiales, a lo más hay situaciones especiales que les permiten o no realizarlas.

Pensemos por ejemplo en el caso de la acción colectiva y la vieja observación de Olson que no todos los actores con intereses comunes se organizan para su logro. Pero que algunos sí lo hacen. Ahora, el desarrollo conceptual de Olson es en base a descubrir que circunstancias, situaciones, estructuras suceden en los grupos que producen acción colectiva. No es plantear, digamos, que donde hay acción colectiva es porque los actores son diferentes (porque tienen más orientación colectiva o cualquier otra cosa).

Esto tiene, casualmente, ciertas consecuencias interesantes. Todo modelo conceptual (o empírico) que se base en una distinción entre verdad / falsedad (desde la falsa conciencia hasta explicar las diferencias con respecto a un estándar racional mediante un término de error) que es conocida para el analista pero no puede ser conocida para los actores es inaceptable. Los analistas son, al fin y al cabo, actores; y por tanto si ellos tienen la capacidad de detectar la ‘verdad’, entonces esa capacidad está disponible para los actores. La idea de la clase intelectual como ocupando un lugar libre en la sociedad y por ello estando en condiciones de conocer la realidad (a la Mannheim) no funciona.

Pero no es sólo que si los investigadores pueden encontrar la verdad está debiera estar disponible también a los actores. El siguiente caso, en principio, cumple con ese requisito: Cierto texto (del cual no diré el nombre ahora) plantea, basado en teorías económicas contemporáneas y la idea del rent-seeking que las explicaciones del mercantilismo dadas en ese tiempo no corresponden (o sea, que el mercantilismo tiene otros efectos) y que es otra la explicación. Luego, entonces no puede ser que las elites dirigentes europeas hayan considerado ser mercantilistas por las razones esgrimidas en las teorías de su tiempo, sino que tienen que haber sido mercantilistas por las razones que plantea la teoría contemporánea. Para decirlo de otra forma, el barómetro de racionalidad lo tiene un actor en particular (el investigador), para que un actor sea considerado racional ha de pensar como lo hace él. El hecho que una persona pudiera mantener efectivamente las creencias del mercantilismo y, por tanto, actuar en consecuencia, sencillamente no parece posible.

El postulado implica, en última instancia, reconocer que los investigadores son, finalmente, actores sociales. Con las mismas características, limitaciones y posibilidades que cualquiera. E implica, por otra parte, pensar en que las diferencias entre actores han de explicarse a través de diferencias en su entramado social, que en tanto actores tienen las mismas capacidades. En otras palabras, no es en el actor donde ha de buscarse una explicación sociológica.

De las posibilidades electorales de la derecha

Desde, digamos, 1938 la derecha ha ganado una sola elección presidencial en Chile (Alessandri). La derecha ha gobnernado más tiempo (no sólo durante la dictadura, sino dentro de los gobiernos radicales), por cierto ha sido una fuerza electoral y política bastante poderosa. Pero no puede ganar elecciones presidenciales. En algunos casos, como lo estudió Moulian hacie tiempo, de puro bruta, como en el caso de la elección de Gonzáles Videla.

Ahora, ¿por qué la derecha no puede vencer ahora en Chile? Al fin y al cabo, no parecen estar tan lejos de estarlo (han mostrado capacidad para acercarse a un 45%-48% en elecciones presidenciales de los votos válidos, que son los únicos que importan en estos menesteres).

Respuesta número 1: Bueno, no necesitan vencer. Ya tienen suficiente poder y con los porcentajes que tienen bien pueden actuar limitando lo que hacen las fuerzas políticas en el poder. Para un sector que, presuntamente, defiende los intereses de los grupos dominantes, sería todo lo necesario. Ahora, he de reconocer que no me termina de convencer. Independiente de lo anterior, las fuerzas políticas desean ganar en el sentido de ocupar los puestos de gobierno. Y si bien es cierto que adquieren ciertos puestos (parlamentarios, comunales) los puestos del centro del Estado siguen estando fuera de su alcance. Para una colectividad política no poder tocar un ministerio en un tiempo largo ha de contar como derrota. En particular, una colectividad política que sí tiene una cantidad de votación adecuada.

Respuesta número 2: La derecha tiene un problema estructural con la opinión pública. Por cierto, cuando uno plantea dos respuestas, la segunda es la que uno prefiere, así que elaboremos y defendemos esta opinión.

En parte, la derecha tiene un discurso más bien limitado. Aparte de seguridad, ¿en qué otro tema han logrado posicionarse como mejor que el gobierno? Creo que en ninguno. Y básicamente, no basta con un tema para lograr el gobierno.

Pero creo que lo fundamental es otra cosa. Básicamente la sociedad chilena piensa que el actual modelo probablemente es la única /la mejor alternativa; que otros caminos no van a funcionar muy bien. Pero al mismo tiempo, rechaza profundamente el modelo, para decirlo más claro no le gusta para nada. En ese sentido, la Concertación que administra un modelo con el cual claramente tiene resquemores representa, casi idealmente, su propia posición. En otras palabras, reconoce el disgusto. Ese disgusto, aunque pueda no tener consecuencias prácticas, pareciera ser, en ese sentido, relevante.

En otras palabras, lo que le falta a la derecha para ganar una elección presidencial es una distancia corta. Pero, al parecer, extremadamente difícil de cruzar.

De la regimentación metodológica

El hacer clases tiene varias consecuencias. Una de ellas es que uno se enfrenta a cosas que, quizás ya sabía, pero quedan mucho más patentes al tener al frente alumnos.

Ahora que estoy haciendo clases de metodología en una carrera de sociología, me enfrenté a una de ellas. La idea del curso es que la metodología se aprende caminando, y por tanto el curso se organiza en torno a la realización de una investigación. Y como el curso es de metodología cuantitativa, entonces la investigación requiere cuantificación.

¿Y cómo fue leída la demanda de cuantificación? Cómo una exigencia de encuesta. Todas las propuestas tenían como parte cuantitativa el realizar una encuesta (y habitualmente una encuesta de actitudes). Los comentarios que hicimos en clase sobre que la metodología cuantitativa no se reduce a encuestas, sino que incluye otro tipo de fuentes, al parecer no fueron oídos o no parecieron relevantes.

Y eso es algo que encuentro preocupante. Porque la metodología cuantitativa no es encuestas. De hecho, las encuestas (y en particular de las actitudes) no son más que una forma algo bastarda de cuantificar aspectos subjetivos que, en realidad, son mejor estudiados con metodologías cualitativas. Y no es que la sociología tenga como único método y como único tema cosas que pueden ser mejor estudiadas si se le pregunta que piensa a la gente. La observación puede cuantificarse, se pueden analizar comportamientos, ya sea algunos que quedan registrados por la índole misma de la acción -como las votaciones- o de los que pueden preguntarse -como uso del tiempo. O sea, lo cuantitativo no consiste solamente en ir y preguntarle algo a alguien.

Pero parece que todas esas posibilidades nunca se piensan y hemos reducido el campo de lo cuantitativo (y dada la fuerza y aparente ‘cientificidad’ de lo cuantitativo, la sociología) a encuestas de actitud: ¿Ud. que opina sobre X? ¿Le gusta Y? Y eso no deja de ser lamentable.

De hecho, pero esto es más bien mi personal prejuicio, para cualquier pregunta de real interés sociológico, nunca será el método de preguntarle a la gente su opinión el método más adecuado.

Una nota sobre la proyección de los grupos bajos

Se me hizo notar el otro día que había un problema con mi comentario sobre el PNUD y su olvido de la vocación proyectiva de los sectores bajos: Que el proyecto de los grupos bajos (educar a sus hijos) no parece tan ‘proyecto’. Al fin y al cabo, los sectores medios también lo hacen. Y si es por ‘subjetividad’. ¿no sería el proyecto de los indigentes el conseguir dinero para el día? Básicamente, que el argumento usado lo que hace es quitar a la idea de proyecto toda utilidad.

Ahora, creo que el argumento no es suficiente. Porque el tema es que para los grupos bajos el educar a sus hijos (el darles la mejor educación) es un proyecto porque es algo difícil, que requiere planificar y programarse, que si no se planifica lo más probable es que no resulte. O sea, es algo posible que requiere esfuerzo. Para los sectores medios, la educación de los hijos no es proyecto porque, finalmente, no es un tema, no es algo que se ponga en duda. Por algo en los grupos medios, al preguntarsele por proyectos el tema de educación no aparece. Lo que constituye proyecto (algo complejo que depende de una buena organización para que pueda suceder) depende de las circunstancias. Para mí varias cosas son proyectos que para alguien en una situación económica más acomodada (digamos Piñera) no requiere de proyecto, es algo cuya factibilidad sería obvia.

Y esa es la diferencia entre los grupos bajos y medios. Los sectores medios se moverían entre lo que se da por descontado y lo imposible. No hay lugar para un proyecto, y menos para proyectos que logren orientar la propia vida. Los grupos bajos tienen, aparte de lo que se da por descontado (i.e que no se morirán de hambre) y lo imposible, el espacio de los proyectos: lo que s es posible de lograr si uno se planifica para ello. Y eso sería lo que habría olvidado el PNUD.

Y Google continua haciendo cosas maravillosas.

Porque ahora, bueno es un beta cerrado aunque se supone que debieran abrirlo pronto, tienen un servicio para crear y tener páginas personales.

Que sería de uno sin San Google. E-mail, Google News, Google Desktop, Google Maps (y también existe Google Mars, que son mapas de Marte), y tanta otra cosa que estos muchachos han desarrollado.

A propósito de los proyectos y ese tipo de cosas, o del informe PNUD del 2004

A propósito de una conversación del otro día -en la que la perdida de mi tradición personal de criticar los informes del PNUD fue hecha notar- procederé a hacer su continuación.

Y de hecho a discutir que el informe del poder del PNUD no hace uso (o no hace uso suficiente, seamos más sensatos en la crítica) de uno de los hallazgos más interesantes. Parte de los estudios de base del informe fue, como siempre, un estudio de grupos de discusión (realizados por la Universidad de Chile, bajo la dirección de Manuel Canales, estudio en el que participé).

Ahora, uno de los temas más interesantes decía relación con la postura de los diferentes grupos sociales con respecto al tema de sus proyectos. Porque el caso es que el grupo más ‘proyectado’ eran los pobres. Los únicos que además de sueños e ideas tenían un proyecto. Un proyecto que funcionaba como proyecto tanto en el sentido de:

  1. No ser solamente una expresión de deseo (‘me gustaría hacer esto’) sino implicando planificación y acciones específicas (‘estoy es lo que hay que hacer’)
  2. Basarse en un fuerte sentido ‘realista’ de las limitaciones y posibilidades. El proyecto se asume como difícil, con diversos peligros a la mano, pero en esencia realizable.

En ese sentido, los pobres estaban plenamente en el mundo del proyecto, en el mundo de lo posible. Los grupos medios, a lo más, estaban en el mundo del deseo (‘sería tan bueno hacer esto’) pero nunca con la capacidad de ordenar la propia vida que implica tener un proyecto.

Por cierto, el proyecto de los grupos pobres era bien claro y universal: la educación de sus hijos. He ahí lo que funciona como principio ordenador de sus actividades.

Pero el informe, aunque algo reconoce de lo anterior, no lo destaca lo suficiente, prefiriéndose centrarse, en mi impresión, a las dificultades de proyección de los grupos bajos. O sea, a decir -nuevamente- que los grupos de menores ingresos están en una posición compleja y vulnerable. Pero eso lo sabemos, lo interesante era destacar lo otro.

En cualquier caso, el mundo está lleno de oportunidades desaprovechadas. Una más no cambiará profundamente las cosas.

Acerca de una tesis sobre ciudades-estado

A estas alturas no me acuerdo donde leí la tesis, pero la idea básicamente es que un régimen de ciudades-estado nunca tiene su fin en que una ciudad-estado alcanza una dominación sobre las otras. Cuando un sistema de ciudades-estado finaliza, lo que sucede es que esas ciudades son incorporadas por un Estado externo y más fuerte (digamos, lo sucedido en Grecia y en las comunas italianas en el renacimiento) o que el sistema se desmorona (digamos, con los Mayas).

Ahora, ¿que hacemos con los romanos? ¿Que es lo que permitió a los romanos pasar de una ciudad estado a dominar todo un territorio? Porque claramente el final de una estructura de ciudades-estado en Italia es que una de estas ciudades-estado fue capaz de asumir todo el territorio. ¿Cual fue la diferencia?

Uno podría decir que la diferencia fue que los romanos al expandir los derechos ciudadanos a los habitantes de las otras ciudades fue capaz de lograr lo que otras ciudades no lograron (al unificar los intereses). Pero no creo que ese sea el caso.

Vamos a comparar la situación con otra ciudad-estado que estuvo cerca de unificar un territorio lleno de ciudades-estado, pero que no pudo lograrlo al final. Venecia. Ahora, Venecia ciertamente no expandió su ciudadanía, y los derechos políticos siempre fueron más restringidos que en la roma republicana. Y, específicamente, el tema de ser descendiente de venecianos siempre fue crucial.

Ahora, uno podría decir, ‘ah, pero ve, otra ciudad que no expandió su base ciudadana y no pudo unificar el territorio’ Pero esto olvida que actores fueron los que impidieron ese desarrollo. No otras ciudades-estado sino estados territoriales mayores (básicamente, la intervención francesa -digamos la Liga de Cambrai). Si toda la oposición que hubiera tenido Venecia a su expansión hubiera sido de ciudades-estado (como lo fue la Romana, que se enfrenta a otro tipo de estados una vez bastante avanzado el proceso), entonces probablemente hubiera logrado la unificación.

Y esto me lleva al punto que creo es más crucial. Porque los venecianos -al igual que los romanos- pero en contraposición con lo que por ejemplo las polis griegas hacían cuando se expandían- permitían un alto grado de autonomía local. Durante mucho tiempo en Roma -por ejemplo- las ciudades aliadas no solo elegían sus propios magistrados sino que decidían su propia constitución. En ese sentido, la elite local mantenía en buena parte el control de los recursos locales (por cierto, no totalmente). Algo parecido se puede decir en el caso Veneciano -donde de hecho, no resulta tan raro que las clases populares tuvieran mejores derechos que en la misma Venecia.

Entonces para estos grupos locales la incorporación dentro del estado mayor (dentro de esta ciudad-estado que está unificando el territorio) implicaba, a cambio de una perdida pequeña en el control de recursos locales, la incorporación a un estado que manejaba una red de recursos mayor. En ese sentido, representa una ampliación de las oportunidades. No deja de ser interesante que en la Guerra de los Aliados (I siglo AdC), las ciudades que se rebelan contra Roma no se están rebelando contra un poder central atosigante, se están rebelando contra un poder central que no les entrega a ellos una parte sustancial de los recursos conseguidos a través de la expansión del Mediterráneo. No estaban reclamando por la perdida de su poder local, sino por la repartición injusta del botín. Y, en ese sentido, sigue nuestro argumento: El ‘contrato’ de incorporación implicaba el poder acceder a ese botín, era eso lo que hacía la perdida de autonomía total más que razonable.

Y por tanto, para concluir esta idea, las limitaciones de las ciudades-estado para expandirse y unificar territorios no tienen que ver con la expansión de la ciudadanía (que en el caso romano, difícil era de ejercer fuera de Roma), sino con una negociación de prerrogativas que, manteniendo en alto grado la autonomía local permitía el acceso a una red de recursos más amplia. En ese sentido, para la elite de una ciudad pequeña en Italia no resultaba tan mal negocio: Seguían siendo los señores de la ciudad, y los privilegios que acompañaban a lo anterior, pero ahora podían disfrutar de los recursos que la pertenencia al Estado Romano permitía.

Acerca de lo conservador de los chilenos

Este fin de semana -de largas inauguraciones presidenciales- Carlos Peña publicó un artículo en El Mercurio acerca de lo conservador de los Chilenos. Para ser precisos, acerca de lo poco conservador que somos. Una ‘acusación’ de la que Peña quiere salvarnos (porque, claramente, ser conservador es mala fama, como nos dice Peña al final del artículo).

Y Peña nos dice que los chilenos no son conservadores porque: ‘Si nos atenemos a los datos -la tosca y fea realidad- la verdad es que de conservadores los chilenos tenemos poco. Por el contrario, la evidencia disponible muestra que hace tiempo dejamos de orientar nuestra vida por el ayer y por la tradición (que es, detalles más o menos, como la literatura define una actitud conservadora).’ Porque la familia es más pequeña, el matrimonio es menos estable, la sexualidad no está atada al matrimonio y muchas cosas más. Y todo ello ‘-hay que subrayarlo- se ha normalizado. Ya no merece repulsa social’

Supongo que nadie que piense que Chile es conservador -una opinión que no sólo es compartida por ‘foráneos’ a los que hay que explicarles como funciona nuestro país- no sabrá que esas cosas pasan en Chile. Y por tanto uno podría concluir prontamente que no es por ello que se plantea que Chile es un país conservador.

Veamos la siguiente cita -que me dice que Peña vive en otro país: ‘Ser gay ya no es una conducta vergonzante y hace poco vimos, sin ningún escándalo, a una madre lesbiana reclamar el derecho a educar a sus hijos’ He de decir que debe ser una novedad para muchos homosexuales saber que no es una conducta vergonzante, y que los chilenos dejamos de ser homofóbicos. No habrá que confundir el hecho que no es de rigor decir que son una abominación con el que sean aceptados como personas normales. Y recuerdo bastante bien que, incluso en ámbitos supuestamente ‘progresistas’ el tema de la madre lesbiana resultó bien complejo.

O nos dice que el parentesco es casi electivo. En lo que creo es una mala lectura de lo que pasa en las familias ‘quebradas’ con multitudes de parientes. Porque, desde el punto de vista de los hijos, lo que pasa es una expansión de la familia, no una elección: Ahora usted tiene dos conjuntos de tíos no uno. Peña nos dice que ‘el parentesco se hace casi electivo y en una vida humana no es raro encontrarse con dos o tres vínculos’ por lo que me parece que está pensando como figura central del parentesco en la pareja. Las familias chilenas nunca se han organizado en torno a la pareja, ese nunca ha sido el eje central. El tema central era (y es) la relación madre-hijo. Y desde ese punto de vista, siguen siendo tan poco electivas, y valoradas precisamente porque no lo son, como siempre.

Las dos disquisiciones anteriores lo que nos muestran es, fundamentalmente, el hecho que los liberales en Chile en realidad no tienen mucha idea de como funciona la sociedad (en lo que creo están acompañados por casi todo el mundo, porque a pesar de tener muchos sociólogos, la sociedad chilena no es muy conocida).

En cualquier caso, el tema central es que -sencillamente- los atributos de conservador y liberal que usa la discusión de la elite publica no tienen ninguna aplicación a la sociedad chilena. Los chilenos no son conservadores, tampoco son liberales, y menos están en el medio. Sencillamente la distinción no tiene sentido. Y eso es lo que se olvida, y muestra que no se conoce muy bien como funciona nuestra sociedad.

Pensemos en los homosexuales, en los embarazos adolescentes, en las parejas separadas. Todo estudio en el que he participado me indica que los chilenos (digamos, el pueblo al menos) siempre usan el mismo esquema mental:

  1. He aquí que tenemos un problema
  2. He aquí que dedicarnos a la monserga moral es una pérdida de tiempo, porque no nos soluciona el problema concreto
  3. Bueno, ¿que hacemos para solucionarlo?

Los chilenos, es cierto, puede que no usen la ‘tradición’ en la forma en que enfrentan estas situaciones. Lo cierto es que tampoco hablan de ‘derechos’ o de ‘libertades’. Usan una aproximación concreta de algo que ven como un problema.

Ahora, y con esto volvemos a porque los chilenos se ven a sí mismos y son vistos como conservadores, el esquema que hace que todas estas cosas sean problemas, el mundo que se asume como ‘ideal’ corresponde a una visión tradicional. Es cierto que los padres pueden llegar a asumir que su hijo sea homosexual. El caso es que claramente preferirían que no lo fuera. Es posible que los parentescos son ‘casi electivos’, el caso es que no se desea que sea así.

El modelo que tienen los chilenos de la buena vida sigue siendo tradicional, a pesar de que vean que el modelo no es muy asequible. No por nada, y esto es para mí una muestra muy clara de la fuerza del conservadurismo, los valores conservadores y tradicionales no son los valores tradicionales y conservadores, son ‘los valores’.

En cualquier caso, no debiera extrañar que, en una sociedad tan segregada como la chilena, las elites hablen en un idioma que es, francamente, inentendible para el resto de la población.