El reconocimiento del límite. A propósito de la reacción ‘neoliberal’ a la pandemia

Los romanos, es sabido, detestaban el poder unipersonal. La palabra rey era execrada y uno de los pocos momentos en que la plebe miró negativamente a César fue cuando se sospechó que tomaría ese título. El que los cargos ejecutivos romanos, partiendo por el más importante, los cónsules, fueran múltiples, también nos muestra esta sospecha permanente a concentrar el poder. Es una característica fundamental de la forma en que se acercaban a estos temas que las cosas públicas tenían que ser discutidas y decididas entre todos (y eso incluso se mantuvo algún tiempo durante el imperio)

En momentos de crisis, sin embargo, ellos mismos -quienes odiaban al poder unipersonal- pensaban que era necesario salir de ello y nombrar a un dictador. Por cierto, preocupados por esos temas ponían límites a ese poder ilimitado (seis meses máximo); pero es claro que era una disrupción de los principios normales, un peligro (Dionisio de Halicarnaso en su Antigüedades Romanas hace notar que durante siglos ese peligro no se realizó, y que ello era admirable; pero al fin, como todas las cosas se corrompió). El caso es que comprendían que llegado al caso, las ideas más importantes para ellos debían de ser dejadas de lado.

Todo pensamiento tiene su límite, las situaciones donde deja de operar. Esa conciencia del límite del propio pensamiento, del cual hemos dado un ejemplo, es algo que resulta complejo. Y es algo que en las presentes circunstancias de pandemia de Covid-19 ha sido efectivamente difícil.

Del mundo ‘neoliberal’ (sí, ya sé que es nombre discutido, pero es el que tenemos disponible) podemos decir que tiene, entre otros, estos rasgos: (1) Una fuerte preferencia por la libertad individual, y por lo tanto por no limitar las decisiones de cada quién; (2) una fuerte preferencia por intervenciones limitadas (‘quirúrgicas’), buscando el máximo de resultado por la mínima acción: cualquier intervención ha de limitar lo menos posible la decisión personal.

Ello ha llevado (al nivel de gobierno, pero también al nivel social) a ciertas características que se repiten, una y otra vez, en el debate. La idea que cada quién decide qué riesgo está dispuesto -olvidando que se pone en riesgo a otros (pero eso desaparece de la visión). La idea que toda restricción ha de ser mínima y levantado tan rápido como se pueda, bajo la idea que hay que compatibilizar economía y salud -olvidando que no hay economía que funcione bien bajo pandemia (pero ello también se olvida).

Esto incluso lleva, y uno nota su aparición tanto en ciertas declaraciones públicas como en la conversación, a la aceptación de la muerte: Que hay que aceptar cierto número de muertos, así lo exige el bien de la sociedad; y que, en particular cuando la enfermedad se concentraba en las personas de más edad, que eran vidas menos valiosas para proteger (¿cuántas veces no se dijo que igual morirían en poco tiempo por su edad?). Hinkelammert en varios textos (recientemente en Totalitarismo de Mercado, 2018, en particular pp. 156-8, citando a Mises y Hayek) que el liberalismo es al fin un cálculo de muertes; y por todo lo que habla de libertad individual sí justifica la muerte por sus resultados sociales.

Esto es lo que lleva el no aceptar los límites: Que incluso si la lógica neoliberal fuese lo más adecuada (y no hemos discutido para nada ese asunto aquí), habrá situaciones donde no corresponde aplicarla. Y la salud pública en pandemia unas de esas situaciones que tal amerita. El olvido de los límites redunda además en otro resultado: Aceptar el límite bien puede implicar que se puede volver a la situación donde aplican los principios sobrepasados en ese límite. Los romanos no concluían del hecho que en ciertas situaciones el mando unipersonal (el dictador) fuera necesario que fuera algo mejor, y volvían a su estructura definitivamente no unipersonal en cuento la crisis era superada. Era para poder vivir normalmente de acuerdo a ese rechazo al mando unipersonal que reconocían que en ocasiones éste era necesario.

No reconocer el límite de ciertas ideas dificulta, entonces, el poder vivir en general de acuerdo a ellas. Pretender que una idea aplica siempre y en todo lugar debilita entonces al propio principio.

De la sentimentalidad y la dureza. El camino a la crueldad

Una impresión que se ha fortalecido escuchando declaraciones durante este ya largo período de pandemia es lo común de un pensamiento que valida la dureza. Que la persona cabal es la que, frente a los problemas del mundo, los ve sin sentimentalismos, tal como son, y eso implica entonces tanto la necesidad de no caer bajo la fácil emoción y el reconocimiento de la necesidad de tomar decisiones que las personas de corazón débil no pueden hacer. Sólo quien está dispuesto a la dureza puede tomar las decisiones correctas en tiempos de crisis.

Que esta defensa de la dureza frente a una denostada sentimentalidad tiene una larga tradición es algo que es conocido, y lo recordé al leer la siguiente cita -en una discusión sobre normas en un texto reciente sobre teoría social, en que ello reaparece:

Like H. L. Mencken, whom Lippmann admired, but very much unlike Sinclair Lewis, whose work he detested, the person fully prepared to face the realities of the day would display “toughness” and “abhorrence of cant, sentimentality, and self-pity” and would the qualities to get to the bottom of things (Neil Gross y Zachary Hyde, Norms and Social Imagery en Social Theory Now, Benzecry, Krause y Reed (eds), Chicago UP, 2017, p. 363).

Al examinar esta actitud es importante, creo que es al final lo central, recordar cuál es su consecuencia: El extremo de esa dureza no sentimental es la aprobación de la crueldad. Ver ella como algo necesario, desagradable quizás, pero que sólo corazones fuertes -y por ello nobles- pueden tomar. Es un discurso que ha existido -tenemos varias declaraciones de jerarcas nazis que muestran esa misma actitud.

Sin llegar a esos límites, se puede observar que esta valoración de la dureza es parte de una corriente relativamente común en el pensamiento occidental: La crítica a la ingenuidad de las valoraciones tradicionales. Ya sea en política o en economía, la modernidad busco delimitar espacios donde no operaba (donde no debe operar) la moral tradicional -si se quiere, espacios que deben separarse del mundo de la vida moral, donde el juicio moral ingenuo y directo no debe ser el principio de la acción.

Vivimos, y por eso recordaba declaraciones de la pandemia, en sociedades donde ese discurso es común. Donde se puede presentar como valorable realizar cálculos fríos y duros, no basados en la emoción y el sentimentalismo, para justificar acciones que para el sentimiento no deben ser. Para justificar, como lo hemos visto, la muerte y el dejar morir.

Porque al fin del rechazo al sentimiento está el exterminio.

Salvar a un niño. A propósito de la acción moral en Mandeville y Mencio

There is no Merit in saving an Innocent Babe ready to drop into the Fire: The Action is neither good nor bad, and what Benefit soever the Infant received, we only obliged our selves; for to have seen it fall, and not strove to hinder it, would have caused a Pain which Self-preservation compell’d us to prevent (Mandeville, The Fable of the Bees, An Enquiry into the Origin of Mora Virtue, pp. 91-2 de la edición Penguin)

Hace unos cuantos días atrás empecé a leer la Fábula de las Abejas de Bernard Mandeville. Alguna vez había leído (creo que en Las Pasiones y los Intereses de Hirschman) su relevancia como uno de las articulaciones de argumentos a favor del capitalismo, de la actividad comercial: Que el argumento que los vicios privados (la avaricia, la envidia o la ambición) podían generar, merced a los impulsos que producían, beneficios públicos (una sociedad más próspera y fuerte) era un mecanismo que había sido común en la Europa de la modernidad temprana. Debido a eso me dije que podía ser interesante leerlo para conocer más directamente la evolución de esas ideas.

Al estar leyéndolo me encontré con la frase que cito, que me recordó de inmediato un argumento famoso de Mencio (al otro costado de Eurasia, mucho tiempo antes) para demostrar la bondad innata de los seres humanos: nuestro impulso a salvar a un infante. Pero aquí la misma circunstancia se usa para conseguir un resultado distinto: ese impulso no es prueba de la bondad, puesto que lo hiciste -al final- para tu propio beneficio. Esa divergencia es la que me interesa comentar.

En Mencio un argumento del estilo de Mandeville no tiene sentido. El bien es la benevolencia, y si te sientes bien al ser benévolo (si te generó el beneficio de evitar una pena personal), eso es parte de cómo funciona el bien. Mandeville (y en ello sigue una tradición ya existente, y más cercano espacial a temporalmente a él y con la misma intención de desenmascarar la virtud, están las Máximas de La Rochefoucauld) piensa que el bien ha de ser desinteresado, completamente falto de egoísmo -el bien se hace para hacer el bien y no por tu bien. Luego, basta con mostrar que algo tuvo una motivación personal, incluyendo aquí el sentirse bien al hacer bien, para que la acción ya no sea virtuosa.

Dado ese estilo de argumentación, es claro que se facilita la idea que la comunidad humana se basa en vicios, y que toda virtud tiene su origen en vicios. En Mandeville esta transmutación de los vicios en virtudes es producto de la acción de hábiles políticos, no del funcionamiento automático del mercado; y los vicios siguen siendo vicios, no llega a la versión de ‘greed, for lack of a better word, is good’; pero está cerca de los orígenes de una forma de pensamiento que llevará a ello.

¿Qué permite que eso tenga sentido? ¿Qué automáticamente toda sensación de placer por hacer el bien marque algo como vicioso, o al menos como algo que ya no es plenamente virtuoso? (Y esta idea ha seguido por largo tiempo, sigue en Kant por ejemplo). Mi impresión es que es herencia del cristianismo. Como muchos que han criticado a las iglesias, o que han buscado la moral fuera de la religión (y ambas cosas hace Mandeville), al final en el continente Europeo el razonamiento moral está teñido por el cristianismo, y su insistencia en una moral completamente falta de ego y al mismo tiempo que lo evalúa todo desde la intención (que ya decía Arendt tiende a producir hipocresía).

Eso es lo que explica, entonces, que la misma circunstancia -el impulso a salvar un bebé- sea en un caso insuficiente para determinar lo moral de un acto y pueda estar contaminado de vicio, y en otro -ajeno a toda idea cristiana- sea la señal más inequívoca del profundo enraizamiento del bien en los seres humanos.

El comentarista al Sumario de la Historia General de Rosales o la eterna visión de un país sin problemas.

La reciente edición en la colección Letras del Reino de Chile del Sumario de la Historia General del Reino de Chile de Diego de Rosales hace notar que en el manuscrito hay una serie de notas de comentario al texto. El editor se pregunta por quién es el autor de esas notas y estima que ellas corresponde a una voz crítica de la obra y perspectiva del jesuita Rosales. El examen de qué es lo que critica nos permitirá comprender la permanencia de una voz conservadora (y profundamente acrítica de la propia sociedad) desde el siglo XVII en adelante. La voz de la élite.

La Historia General, como todo texto escrito en el siglo XVII, se centra en la guerra de Arauco y, por lo tanto, en la relación de los españoles con los mapuche. Ese es el problema central de la colonia y el eje de todas sus decisiones políticas.

En relación a estos temas, entonces nuestra voz crítica plantea que todo dato que implicaría un maltrato por parte de los españoles a los mapuche es mentira y falsedad. El trato, por lo tanto, siempre ha sido correcto, nada que criticar a los españoles conquistadores. Rosales refiere, durante el gobierno de García Hurtado de Mendoza (gobernador entre 1557 y 1561), que un indio después que se le restituyera su mujer declara que ‘estos sí son buenos españoles; si tales hubieran sido los primeros, ya todos fuéramos cristianos” (Libro 4, Cap. 11), a lo que nuestra pluma comenta:

En eso miente; todos fueron iguales [id est, buenos], y ellos ya eran todos cristianos

Nos dirá, por lo tanto, que todo problema existente se debe a la rebelión como tal. Y la única causa de la rebelión son los agentes externos a los mapuche (y en particular, los propios jesuitas). Es sólo por agitadores que soliviantan al pueblo que suceden las rebeliones. Es sólo porque repiten lo que dicen los agitadores externos que los mapuche pueden reclamar (contra tan noble dominación como la española). Así, entre otros varios ejemplos, Rosales escribe sobre las primeras rebeliones mapuche con Valdivia (Libro 3, Cap. 16) y la pluma en cuestión escribe:

Todo lo que dice [Rosales] en este número contra los españoles fue soñado por los jesuitas y inventado por ellos, de que llegaron a formar el gran rebelión del año de 1598, pues ahora no hubo más queja que de algunos yanaconas

La rebelión de 1598, por cierto, le permite al anotador llenar de notas marginales al texto siguiendo esas líneas (así, Libro 5, Cap. 2: subraya la frase de Rosales ‘los trataban peor que esclavos’ y reacciona con ‘Ya comienza a vomitar lo que ellos inventaron para su rebelión’ o Libro 5, Cap. 5 sobre trabajo en minas dice: ‘inventado de los de su ropa, pues antes y después sacaron los caciques el oro, y los indios iban gustosos por la doble paga’)

Una sociedad sin problemas donde sólo de manera exógena aparecen agitadores. Pero que internamente es un jardín sin problemas. Lo que implica, por cierto, el buen carácter de la dominación. Es el mismo tipo de discurso que la élite usará (no sólo en Chile en cualquier caso) a lo largo del tiempo. El siguiente caso que narra Bengoa en su Historia Rural del Valle Central (vol. 2, p. 27) resulta de interés. Luego de un reclamo campesino en una hacienda cerca de Santiago en 1921, su dueño escribe en El Mercurio:

Primero, que en julio pasado hubo una huelga provocada por agitadores que venían de Santiago, que reunió en un mitín a los inquilinos para hablarles de la reivindicación social (sic), de la destrucción del capital y del reparto de las tierras.

El problema nunca es la naturaleza de la dominación, los problemas sólo aparecen con los que reclaman por ella (que siempre vienen de fuera).

Por otro lado, esto contrasta con otro debate que está en juego en la época: guerra defensiva o guerra ofensiva; pactar con los mapuche o seguir en el intento de conquistarlos. En última instancia: paz o guerra (es el problema central de política que se discute en el Resumen a partir del Libro 6). La idea que la guerra defensiva fue un fracaso (encapsulado en el asesinato de los jesuitas misioneros en territorio mapuche) es parte del discurso de la época, parte de la defensa de la guerra ofensiva y de continuar en el intento de conquista (y eso quedó en la literatura posterior, por ejemplo como Barros Arana se refiere a ello, casi como sueño sin sentido). Ahora bien, la defensa de la guerra defensiva, de la necesidad de pactar, proviene de otra interpretación de fracaso: Del hecho que todo el esfuerzo realizado no ha podido derrotar a los mapuche. Y es esa interpretación la que al fin gana desde la perspectiva de la Corona española (y de los gobernadores, que son sus representantes). Como nos refiere Rosales, el Marqués de Baides (gobernador entre 1638 y 1646) después de escuchar en consejo sobre si otorgar o no dar la paz a los mapuche (Libro 7, Cap. 10)

Quedó el marqués confuso y en toda la noche siguiente no pudo dormir, luchando su espíritu marcial, que le inclinaba a la guerra, con su generosidad y los repetidos encargos del rey, que le llamaban a la paz. Levantose temprano y se encontró con don Alonso de Figueroa, a quien semejantes pensamientos habían desvelado; y, comunicándose sus sentimientos, Figueroa, hombre de gran prudencia y experiencia, le dijo que el talar aquellos campos ni ganaba tierra ni vasallos al rey, ni fruto considerable a la gente; que la guerra se hace para adquirir la paz, y era infeliz cosa, cuando se ofrecía la paz, despreciarla por seguir la guerra; que de no haberla admitido don Luis Fernández de Córdoba se siguieron muchos infelices sucesos, que le refirió, y que en mano de los españoles estaba hacer que durase la paz con tratar bien y según justicia a los indios. Este mismo dictamen era el del marqués, y llamando a los caciques hizo juntar los indios amigos par oírlos sobre esto.

Después de eso vienen las paces de Quilín (1641) que son el inicio de una política general de apaciguamiento de la frontera (aun cuando su efecto no es inmediato y todavía vendría la crisis de 1655, con rebelión general mapuche y motín en Concepción para derribar al gobernador). Al fin, la lógica imperial (recordemos los repetidos encargos del rey) que la guerra no tiene ya sentido debido a la resistencia continua se imponen.

Se imponen al actor que se resiste a la paz: la élite local de la colonia. Al fin, el actor que plantea que lo que fracasó fue el intento de paz es la élite local (y el comentarista no puede menos que anotar al margen sobre la referencia a dependía de los españoles: ‘de los jesuitas estaba dejar de fomentar a los indios’). Ellos son los que prefieren la guerra, para ellos la paz es un desastre (así en un momento en que un gobernador decide atacar nos dice ‘de que lo recibieron gran gusto los soldados’ Libro 6, Cap. 6). Lo cual nos dice bastante entonces sobre la imagen inicial que defienden de un país pacífico que otros (en particular, los jesuitas) vienen a conflictuar.

El tema no es la paz, no es la defensa de la tranquilidad. Para la élite, siempre, la paz equivale a su propio dominio sin límites ni obstáculos. Cualquier cosa que disminuya la dominación es un atentado contra esa paz. Sí, hay que implementar la guerra y la violencia para así lograr la única paz que les interesa: la de poder explotar a los otros sin problema.

Un discurso y una lógica que todavía nosotros podemos observar, y que ya se encuentra plenamente desplegada a lo largo del siglo XVII. Nunca está d más recordar que Chile ya exista, ya está conformado antes de la independencia.

La crisis de la idea de representación

A veces es necesario recordar que la democracia y la idea de representación no estuvieron asociados en su nacimiento. No me refiero solamente a la idea de democracia directa en la antigüedad. Ya durante los siglos XVII-XVIII cuando la idea de democracia reaparece, no necesariamente se lo asocia a representación. Es sabido que Rousseau se opone claramente a la idea de representar la voluntad general (la elección puede a lo más mostrar la voluntad de todos, pero el esquema teórico de Rousseau en El Contrato Social consiste en diferenciar ambas nociones). Se puede hacer notar también que Spinoza, que declara a la democracia la forma de gobierno más cercana a la idea misma de un Estado, tampoco piensa en términos de representación.

Thomas Paine, publicista del siglo XVIII, defensor de las dos revoluciones que inician la modernidad en el modelo tradicional (EE.UU. y Francia), plantea que la gran revolución política de sus tiempos, el cambio fundamental es el gobierno representativo. No es la idea de democracia como tal, sino la representación (y la idea de la novedad del gobierno representativo aparece también en varios textos de nuestros tiempos de la independencia), lo que es visto como lo fundamental. Son los mismos años en que la idea misma de la representación política moderna (la Carta a los electores de Bristol de Burke, el mismo Burke contra quien escribirá Paine su defensa de la revolución en Francia), la idea que el representante desarrolla su propia opinión, y no es meramente un mandatado por sus representados (que es como funcionan varios cuerpos colegiados previamente), aparece y se desarrolla.

Veamos entonces como entiende Paine la mecánica de la representación. Porque la representación, la elección de representantes, funciona y da cuenta de la voluntad popular. Porque al principio ello no era evidente (no era algo obvio como lo fue durante un buen tiempo) y había que explicarlo. Y el tema central e inmediato es ¿qué pasa con la voluntad de los que ‘pierden’ la elección? Porque la representación funciona mediante una elección, y por definición el representante no da cuenta de las opiniones de quienes fueron derrotados.

Frente a ello Paine observa lo siguiente:

He may happen to be in a majority upon some questions, and in a minority upon others; and by the same rule that he expects obedience in the one case, he must yield it in the other (Paine, Dissertation on First Principles of Government, p. 404)

A eso podemos agregar que en general si bien nadie está con la mayoría en todas las ocasiones, es muy probable que en buena parte de las ocasiones sí esté en la mayoría (la posición de quien sistemáticamente se encuentra en la minoría será a su vez muy poco común). Lo cual quiere decir que ese juego de ‘permitid que mi voz mayoritaria mande y acepto entonces que cuando sea minoritaria no lo haga’ tiene sentido para casi todos, puesto que casi todos se encuentran buena parte de las veces en la posición mayoritaria.

El modelo funciona relativamente bien como argumento bajo condiciones en que no existe un grupo importante que sistemáticamente pierde. Puesto que de ser así entonces la idea que la representación da cuenta de la voluntad (o las preferencias) de la sociedad se pierde. En condiciones de representación esa condición es, además, doble: Que en la elección no suceda que una parte importante de la población sienta que siempre pierde; que una vez elegidos los representados no suceda que ellos voten usualmente distinto de las opiniones de sus representados. Bajo ambas situaciones entonces sucede que se rompe la idea inicial (el contrato que Paine expone y que sonaba tan razonable). Si siempre pierdo, o si mis representantes no responden a sus electores, ¿en que queda ello?

El desarrollo del sistema de partidos, hijo de la lógica representativa, fue algo no previsto por los impulsores del sistema (sabido es que, por ejemplo, los líderes de la independencia de EE.UU. desconfiaban del espíritu de facción). Y uno puede observar que los partidos pueden magnificar los peligros anteriores. Lo que hacen los partidos cuando funcionan como se supone deben hacerlo es articulando diversas ideas e intereses.

Ahora bien, como esa articulación siempre deja partidos en competencia (siempre son varios partidos en democracias reales) entonces cabe la posibilidad de un partido que pierda sistemáticamente. Puede decirse que eso no ha sido un problema tan grave, de alguna u otra forma -ya sea a través de alternancia efectiva o a través de algún nivel de poder de partidos minoritarios- eso se ha evitado. Ahora bien, sigue siendo una posibilidad inherente en el hecho de organizar y articular.

La otra posibilidad que genera es la distancia entre representantes y representados, que está inscrita en el sistema. Ahora bien, es cierto que (del mismo modo que como con la sociedad en general) nadie puede pretender que un partido sea una copia exacta de sus opiniones y preferencias. Por el mero hecho de amalgamar ha de existir cierta distancia. Ahora bien, mientras ocurra que el partido más o menos en buena parte de sus posiciones esté de acuerdo con uno todavía puede funcionar esa lógica. Esta distancia se acrecienta por el mero hecho que los representantes en su lógica moderna son agentes con voluntad propia (y esa es toda la idea: que dado que uno no tiene más que ideas muy generales, porque no se dedica a esos temas; entonces el representante que sí se dedica a ello es el encargado de traducir las orientaciones generales en votación particular) aparece un segundo momento de posible diferencia, puesto que el representante bien puede votar de manera diferente a como lo pensaba el representado.

Mientras esas dinámicas estuvieran bajo ciertos límites, entonces los procesos políticos bajo representación de partidos están dentro de lo que permite que el juego de Paine funcione: Que tenga sentido ese demandar que como soy mayoría gobierne, dado que acepto que cuando no lo soy, son otros. Todo ello permite que casi toda la población sienta que, finalmente, ‘gobierna’ la mayor (o buena) parte del tiempo.

Ahora bien, esas son condiciones que se dan empíricamente. Se puede argumentar que esas condiciones están en crisis y que, por ende, la lógica del contrato de Paine pierde su validez.

Un dato básico, creo, es el hecho que estamos ante sociedades más individualizadas y además con individuos con mayores confianzas en sus propias capacidades. Esto implica que tanto la tolerancia al hecho mismo de la diferencia de opinión (que siempre tiene que tener frente a un partido que organiza diversas opiniones) es menor, y la sensación que delegar el juicio tiene sentido también es menor. Ambas cosas hacen que se genere una sensación de distancia más fuerte, y esa distancia es vista de manera más negativa. Luego, no me representan.

Del mismo modo, como la molestia por la divergencia entre mi opinión y la del partido aumenta, entonces la sensación que se gobierna cuando el partido por el que se ha votado gobierna (que es lo que permite entonces justificar obedecer cuando se esté en minoría) disminuye. Las personas entonces empiezan a suponer que nunca gobiernan. Más aún, disminuye la sensación que la mayoría se ve representada (‘votamos por ellos, pero de todas formas no hacen lo que nosotros queremos’). La articulación y unión de intereses que debe hacerse en toda representación colectiva es en sí misma vista con desconfianza, y como muestra que no se me representa.

Si se quiere: Hay un problema estructural con la idea en sí de representación en las sociedades contemporáneas. Las lógicas que lo fundamentaban, las instituciones que la representación hizo aparecer, empiezan a perder sentido y legitimidad entre quienes viven en sociedades que son diferentes a las que la vieron nacer.

Del mismo modo que en la época de Paine la mera idea de un gobierno por herencia empezó a perder sentido (y que un gobierno de ese tipo fuera compatible con la libertad, algo que para Montesquieu aparecía como claro, para él la Inglaterra del siglo XVIII era ya una sociedad libre, resultaba poco plausible); la representación empieza a perder su sentido entre nosotros.

Si algo pueda reemplazarla, y qué lo hiciera de ocurrir ello, sería asunto de otra reflexión; y ahora no tengo -a decir verdad- ideas muy claras al respecto. El que la crisis de representación es un tema estructural, y no solamente al nivel del desempeño de roles y funciones, es algo que me resulta cada día más plausible.

Del consumo en Chile

La idea que la relación con los bienes es un aspecto básico de la vida social aparece en varias ocasiones en la sociología del consumo (y en algunas incluso en la teoría social). Y en nuestras propias vidas cotidianas ese hecho es también claro. No tiene nada de extraño, por lo tanto, que usemos la relación con el consumo como señal de la relación de las personas con la sociedad.

Es así que en nuestro país el consumo ha sido usado como señal de aceptación del modelo socio-económico. Como índice objetivo (‘mira cuanto más se consume, ha aumentado el estándar de vida’), y como índice subjetivo (‘al final, más allá de lo que dicen, quieren y les gusta ese consumo, mira como van al Mall’). En esta entrada discutiremos algo sobre ese uso del consumo como señal subjetiva; puesto que ahí se muestra con cierta claridad las debilidades del discurso de los comentaristas.

Varios estudios cualitativos muestran que en relación al consumo existe un cierto resquemor. En las entrevistas y focus (y recordemos, esta es habla de personas comunes y silvestres, esto no es sólo una reacción de la élite) aparece la preocupación y la crítica al consumismo y al materialismo de la sociedad. Por otro lado, las personas efectivamente consumen y han aumentado su consumo. ¿Cómo dar cuenta de ambos elementos?

Una posibilidad es pensar que lo primero es una simple declaración separada de la acción. Y que lo que importa es el acto. Lo cual sería cometer el error de pensar que el significado del acto es evidente, y es evidente para un observador externo. Pocas veces ocurre así; y muchas veces se cometen errores de análisis, y prácticos, por no reconocer el que la subjetividad tiene diversos niveles, no es algo plano que puede comprenderse (y evaluar a partir de ello que puede suceder) a partir de una simple observación externa.

Mi impresión es que lo que está en juego en esa dinámica es lo siguiente. Las personas sí desean aprovechar las oportunidades del consumo, disfrutar del aumento del estándar de vida, y al mismo tiempo no quieren verse a sí mismos como presos de ‘materialismo’ o en una vida orientada hacia el consumo. En otras palabras, que el hecho de disfrutar de tal bien o servicio no implique lo que precisamente los que usan el consumo como señal quieren hacer: Que eso implique una aceptación de un modo de vida y un modelo socioeconómico (digamos, que disfrutar un helado no tenga mayor peso que disfrutar del helado; que no por nada los que participaban en marchas contra las AFP podían ir a comer al McDonalds, lo que de hecho ví en varias ocasiones; la población no hacía la conexión que el comentarista daba por supuesta). Y ese prurito no deja de ser relevante -porque esa voluntad se expresa en determinados momentos; y porque el deseo de disfrutar de un mayor estándar de vida se puede expresar en múltiples modelos socioeconómicos: que es la razón por la cual no se puede concluir y decir ‘neoliberal’ cada vez que alguien va al Mall. Al fin, el estándar de vida de los chilenos no es tan alto, no está tan alejado de vidas limitadas que el deseo de disfrutar de las cosas buenas de la vida no resulte bien natural (y no requiera de estructuras más complejas para incentivar mayores consumos).

La importancia de reconocer los diversos elementos que están en el consumo se puede observar en los siguientes ejemplos (que debo a Carlos Catalán). El acceso a la lavadora automática fue importante en muchos hogares porque implicó un aumento de dignidad (comparado con lavar en batea, en casas que muchas veces tenían suelo de tierra y todo ello, el hecho de poder lavar apretando botones se sintió como algo muy positivo). La compra de televisores de gran tamaño -uno de los ejemplos más usados para hablar de consumismo (lo es, de hecho, en las propias entrevistas cualitativas- debe entenderse en el marco de un esfuerzo por crear al interior del hogar un espacio atractivo y acogedor, frente a los peligros que se observan afuera (‘en la calle’). Uno puede decir que esos son meros trucos para esconder ese deseo por lo material, pero en la vida social la existencia de esos trucos, y de esos esfuerzos para crearlos, sigue siendo significativa.

El consumo es relevante porque es parte importante de la vida cotidiana, de como generamos nuestro modo de vida. Por eso mismo, recoge todas las complejidades de ello; y es importante dar cuenta de ellas si es que se quiere describir bien (y actuar sobre) la vida social.

Un par de notas sobre la aristocracia al fin del Medioevo en las crónicas de Froissart

Las Crónicas de Jean Froissart (1337-1410) pueden discutirse mucho como fuentes de la guerra de los 100 años y en general sobre los conflictos y eventos que narra, aunque yo tiendo quizás a darle crédito a los viejos cronistas(*), pero como ilustración de las actitudes y prácticas de la aristocracia del fin del Medioevo, en al menos Europa occidental creo que son bien insuperables. Están escritas desde y para ese público al fin.

Hay muchas cosas que se podrían destacar, pero ahora quisiera concentrarme en las siguientes.

(1) Existe una tendencia en ciencias sociales a disminuir el impacto per se de las tecnologías (de las tecnología físicas) -que cómo se usan y su impacto depende de cómo se integran en contextos sociales. Es una perspectiva que me resulta cercana, ahora bien tampoco corresponde disminuir lo que el cambio tecnológico puede hacer (incluso si es mediado socialmente).

Froissart está lleno de referencias a hechos de armas donde la destreza en el combate individual es crucial, y muchas de las prácticas aristocráticas (desde la justas a la práctica del rescate) se basan en ello. Un caso cualquiera (es una batalla entre ingleses y escoceses)

The fighting passed beyond where the Earl of Douglas was lying, now dead. In the final big clash, Sir Henry Percy came face to face with the Lord of Montgomery, a very gallant Scottish knight. They fought each other lustily, untroubled by any others, for every knight and squire on both sides was hotly engaged with an opponent. Sir Henry Percy was handled so severely that he surrendered and pledged himself to be the Lord of Montgomery’s prisoner (Libro III, p. 345 de la edición Penguin Classics que tengo).

En unas cuantas décadas las armas de fuego se expandirán y volverán todo esa práctica de combate imposible. Es cierto que la lucha individual, decidida por destreza en combate uno-vs-uno, se volvió obsoleta en diversos contextos, sin necesidad de armas de fuego (así, por ejemplo, con el desarrollo de combate colectivo de hoplitas). El arma de fuego no es una causa necesaria de ese resultado, pero también es cierto que con su despliegue ese tipo de combate no puede proseguir. Y en particular la lucha aristocrática entre pares no pudo retornar.

(2) Otra cosa que queda clara con Froissart es que las aristocracias no pasan de ser un grupo de gángsters (lo cual ha sido dicho múltiples veces, Froissart simplemente lo pone muy en claro, precisamente porque no observa esas prácticas de forma negativa). En uno de los episodios del libro, Froissart cuenta los recuerdos del Bascot de Maouléon, que había sido parte de una compañia de freebooters en la guerra de los 100 años. Y lo que cuenta son cómo usaban la guerra para ganar dinero, tanto extorsionando las zonas que podían dominar militarmente como a través del rescate de prisioneros nobles. Así:

There were no great lords in France to lead forces into the country districts, for the King was young and had to attend to too many different parts of his kingdom. There were Companies everywhere and troops roving about or settling on the country and no one could get rid of them. The great lords were hostages in England and meanwhile their people and their country were being pillaged and ruined and they could do nothing about it because their men had no stomach for fighting or even for defending themselves (Libro III, p. 291)

Se podría decir que el personaje en cuestión no es un señor tradicional (y que ese tipo de élite aparece como protectora en la cita). Sin embargo, es un sujeto aristocrático, y así se presenta él y así es tomado por Froissart. Y si bien esta es una de las citas más claras, Froissart también nos muestra casos de disputas entre aristócratas (el Conde Foix y el Rey de Navarra por ejemplo en el mismo libro III) que muestran las mismas prácticas mafiosas.

El mundo señorial es un mundo dominado por la posibilidad de extraer por medios violentos recursos y es ello algo que se realiza sin tapujos.

Y ello, por cierto, tiene que ver con la primera de las características: Es el acto de guerra el que se ve valioso (y por lo tanto se honra la hazaña individual) lo que está asociado a un mundo basado en la violencia y que depende del valor de cada guerrero. Así, de hecho, parte el prólogo del libro:

In order that the honourable enterprises, noble adventures and deeds of arms which took place during the wars waged by France and England should be fittingly related and preserved for posterity, so that brave men should be inspired thereby to follow such examples, I wish to plae on record these matters of great renown (p. 37)

La admiración por el coraje en batalla es común y el llamado a imitarlo también. En otros contextos ese llamado se hace en torno a algún fin (la patria o Dios o etc.), aquí el puro honor y renombre. Porque la dominación señorial es una dominación desde la violencia.

Es eso lo que está detrás de los sueños de una conducta caballeresca.

(*) Hay una vieja costumbre de criticar por baja credibilidad a los cronistas españoles de la Conquista. En viejos tiempos, leí a varios que planteaban que exageraban y que era imposible la grandiosidad de Tenochtitlán que describían. Ahora sabemos que no lo hacían. En general: los cronistas pueden equivocarse muchas veces, pero tengo la impresión que descreer sistemáticamente de su honestidad es sólo muestra del cinismo moderno.

Las estrategias del terrorismo intelectual (o leyendo a Bourdieu y Luhmann)

Por esas cosas de la vida estaba leyendo, al mismo tiempo, textos de Bourdieu y de Luhmann y apareció de nuevo una vieja impresión que tengo con ambos autores: El continuo uso de lo que se puede denominar terrorismo intelectual como argumenta. Ambos suelen simplemente declarar, para decirlo en palabras sencillas, la idiotez de ciertas posiciones de forma de eliminar la posibilidad de posicionarse ahí (porque ubicarse en ellas automáticamente implicaría defender una posición absurda).

La cita de Luhmann que me recordó este rasgo fue la siguiente:

Comparado con la intensidad en la que aquí se viven y representan esperanza y necesidad, vanguardismo y supervivencia y comparando también con la forma en que la sociedad moderna trata de autodescribirse en en ese ámbito, la sociología ha hecho poca cosa. Los clichés -no se puede hablar de conceptos- que produce tienen todos los rasgos de una forzada unilateralidad. Piénsese tan sólo en sociedad del riesgo o sociedad de la información. Falta -abstracción hecha de viejos temas como diferenciación y complejidad- una idea de los caracteres estructurales que distingan a la sociedad moderna -y a largo plazo y no sólo para el momento- frente a formaciones sociales anteriores (La Modernidad de la sociedad moderna, p. 18 en Observaciones de la modernidad, original 1992)

En el caso de Bourdieu es una larga exposición en su Sociologie Générale vol I (clases en el Collège de France entre 1981 y 1983) sobre lo que denomina el ‘efecto Montesquieu’, nombrado a partir del caso de la teoría del clima que usa Montesquieu para explicar diferencias sociales entre el ‘Norte’ y el ‘Sur’:

Pour arriver à faire croire à sa scientificité, Montesquieu avait élaboré toute une réthorique. Il avait fait des expériences, il avait mis una langue de bœuf au froid et avait vu ques les fibres étaient plus resserrées, d’où il tirait des conclusions sur les gens du Nord, il citait un médecin anglais… Bref, il avait mobilisé tout un appareil \ (au sens de Pascal) scientifique pour faire croire qu’il était capable de prouver ce qu’il avançait (Clase 23 noviembre de 1982, p. 418-9)

Y finaliza de esta manera:

Le paradigme de cette fausse science, de cette mythologie scientificisée que j’ai trouvée chez Montesquieu, pourrait être la graphologie ou la physiognomonie (Clase 23 noviembre de 1982, p. 420)

Las citas, entonces, muestran el mismo tipo de retórica: Los que postulan otras cosas son claramente inferiores y no merecen siquiera el gesto de un argumento retrucador. Es obviamente equivocado. Ello busca generar en el lector una anulación de toma postura crítica: Defender lo que es trivial (‘que ni siquiera alcanza el nivel de concepto’) deja a quien lo postula de inmediato, por el mero hecho de hacerlo, fuera del nivel intelectual para participar de la discusión. Si al lector le baja el temor (el temor de quedar marcado de manera evidente como un idiota) entonces se ha logrado lo que el argumento quería buscar.

El tema no es la postura defendida, ni siquiera la denostación bien basal que se realiza (bien puede ser que la sociología haya hecho poca cosa y que la teoría de Montesquieu del clima merezca el calificativo de errónea). La corrección de la posición no está en discusión aquí. Lo que queremos marcar es el gesto argumentativo que propele a devaluar una posición y anular el intento de defenderla.

Y en ambos casos eso no se sostiene más que en el gesto desdeñoso del autor. ¿A propósito de qué la idea de la sociología del riesgo no merece siquiera el nombre de concepto? ¿A propósito de qué el ‘aparato’ usado por Montesquieu -a mediados del siglo XVIII- merece ser tratado como seudo-científico, como mera pretensión? (uno puede recordar la aproximación bien distinta usada por Durkheim en El Suicidio, en el cual siendo igual de crítico de la idea, lo que hace es proceder a su demolición sistemática, porque al fin el que la idea fuera equivocada no era algo evidente).

La estrategia descrita se usa porque es efectiva. Al fin, y usemos términos del propio Bourdieu, son formas de violencia simbólica en el cual se usa el propio capital simbólico en el campo (en este caso, de la sociología) para imponerse y para devaluar a los otros. El gesto dominante y dominador (casi aristocrático) de mirar en menos a los adversarios, de hacerlos ver como que ni siquiera valga la pena tomarlos en cuenta, es una forma de reproducir y acrecentar el propio capital cultural.

Realizar esos intentos de promover la propia posición no son el problema -uno cree en lo que cree se supone-, pero la estrategia del terrorismo intelectual no debiera ser aceptable. Y uno como lector debiera estar atento con su aparición.

El error de la sociología sociologista (y de lo que comparten Bourdieu y Parsons)

Una de las ideas más extendidas en lo que se puede llamar la sociología sociologizante es que el orden social se produce por algún mecanismo por el cual las personas interiorizan lo social; y una vez producido ello, esa dinámica produce estabilidad del sistema.

El locus classicus de ello es el Parsons del Sistema Social de 1951. El mecanismo concreto usado en ese texto es la socialización de los valores, pero la lógica supera a cualquier mecanismo.

Así primero nos dice que:

El problema del orden y por ello el de la naturaleza de la integración de los sistemas estables de la interacción social (o lo que es igual, de la estructura social), se centra en la integración de la motivación de los actores con los criterios normativos culturales que integran el sistema de acción, en nuestro contexto interpersonalmente (Parsons, El Sistema Social, Cap. 2, p. 55)

Y un poco más adelante nos enfatiza la segunda parte de este sociologismo:

ESta integración de una serie de pautas de valores comunes con la estructura de la disposición de necesidad internalizada de las personalidades constituyentes es el fenómeno central de la dinámica de los sistemas sociales. Se puede decir que el teorema fundamental de la sociología es el siguiente: la estabilidad de cualquier sistema social, exceptuando el proceso de interacción más evanescente, depende hasta cierto punto de esa integración. Este es el punto principal de referencia de todo análisis que pretenda ser un análisis dinámico del proceso social (Cap. 2, p. 60)

Este sociologismo sigue siendo bastante influyente. Uno escucha una voz muy similar, solo que cambiando de mecanismo, en Pierre Bourdieu. Así en su Sociologie générale (hay traducción al castellano en Siglo XXI) nos dice que:

la notion d’habitus permet de proposer une philosophie de l’action dans laquelle le sujet des actions -pour le moment je ne peux pas développer complètement parce qu’il me manque encore le champ…- est du côté des agents apparents, c’est-à-dire des individus biologiques, le sujet de láction n’étant pas l’individu mais cette sorte d’incarnation biologique du social que j’appelle habitus (Volumen I, Clase 9 noviembre 1982, p. 370)

Y luego, siguiendo el mismo orden de Parsons, que:

Dans le cas de la politique et de l’ordre politique, la notion d’habitus apporte une chose triviale, mais importante, à savoir qu’un certain quantum d’adhésion à l’ordre est immédiatement donné dès lors qu’il y a un ordre; tout ordre social tend à produire, pour une part, par le seul fait qu’il existe, les conditions de sa propre perpétuation (Volume I, Clase 16 noviembre 1982, p. 383)

La estructura básica es la misma y tanto Parsons como Bourdieu caen entonces en este sociología sociologizante. Por cierto que es una idea muy común en sociología pensar en un actor a través del cual se expresan las estructuras es una observación de mucho tiempo (está en críticas de la concepción sobresocializada del actor de Wrong en 1961, Dubet hace lo mismo en su Sociología de la Experiencia en 1994 y se podrían dar otros ejemplos). Lo que nos interesa aquí es la común conjunción de esta concepción social del agente con la idea que así se logra la reproducción social: que logrado ello se ha solucionado buena parte del problema de la reproducción.

Los mecanismos no son idénticos, y esas diferencias son relevantes. El habitus no son valores y el carácter más dinámico del habitus al ser una predisposición general o su capacidad de evitar a ‘los idiotas culturales’ del funcionalismo implican una mayor habilidad para dar cuenta de la vida social. Al mismo tiempo, en ambos casos es posible introducir elementos de cambio y transformación. Muchas veces se olvida que en el capítulo ’empírico’ del Sistema Social, cuando Parsons analiza la profesión médica, ahí un análisis concreto y detallado de cómo la socialización de valores se integra en dinámicas de cambio. Del mismo modo Bourdieu tiene múltiples análisis de lo que produce el hecho que un habitus quede desajustado a nuevas condiciones del campo (lo menciona explícitamente en el texto que citamos y el Homo Academicus es un caso donde esta dinámica resulta crucial para el análisis de la situación de las Universidades en Francia en los ’60, y de los procesos que ahí se generaron). En ambos casos el origen del cambio es más bien exógeno, y en este sentido no son explicaciones completas de las dinámicas de transformación social, pero tampoco se puede decir que ese tema les sea ajeno.

Buena parte de las críticas a esta concepción se han centrado en su concepción del actor. Son críticas que comparto (el actor no puede reducirse a su elemento social), pero no habría que olvidar que el actor tiene elementos sociales (que está al mismo tiempo fuera y dentro de la sociedad como ya decía Simmel). Sin embargo, creo que hace falta enfatizar el problema de la segunda parte: Que ello no es suficiente para la reproducción social.

La vida es lo suficientemente compleja y variada que la realización del habitus o los valores, o el que sea el mecanismo de interiorización de lo social, siempre implica un trabajo práctico por parte del actor. No es una mera repetición ritual, sino que hay que ir generándolo de manera diferente. Y ello hace, si a eso sumamos que ningún actor puede conocer todas las consecuencias de sus acciones, que la posibilidad de transformación -incluso si se cumple la condición de plena socialización- es ineludible. Como la vida no opera al nivel de la pura socialización, sino que implica una relación concreta entre actores en un mundo (y con objetos) que a su vez concreto la pura socialización no puede garantizar la reproducción plena de la vida social.

Para usar un ejemplo que creo ilustrativo. Por mucho que interioricemos una práctica que requiere usar madera, si no hay más árboles dicha práctica no puede continuar. Si producto de nuestro involucramiento pleno en una práctica se modifican las condiciones materiales y sociales en las que opera entonces su continuación no es tan evidente (¿no es el argumento de Weber en la Ética Protestante que fue su éxito el que hizo difícil que se mantuviera?).

La sociología sociologizante no sólo tiene una insuficiente concepción del actor, tiene también una insuficiente concepción de los procesos sociales. Esa última falla es la más dolorosa.

De las expectativas. La revolución francesa y el ejemplo de EE.UU

En On Revolution Arendt insiste en varios momentos en cómo hemos olvidado (ahora quizás menos que en décadas recientes, sigue siendo común en todo caso) que para los contemporáneos la independencia de Estados Unidos fue una revolución; y que la revolución moderna nace ahí, que Francia no es la primera revolución. Es fácil para nosotros disminuir el impacto de lo sucedido en Estados Unidos (‘fue sólo una revuelta de independencia’, ‘había otras repúblicas’, ‘fue sólo un asunto político’) y -más allá de las correcciones de dichas reflexiones- vale la pena destacar lo que representó para sus contemporáneos.

Y ello no tan sólo por un asunto de realzar la novedad de los Estados Unidos, sino que la conexión entre ambas revoluciones permite comprender la actitud sobre la revolución en Francia.

Thomas Paine, publicista liberal que defendió tanto la revolución en Estados Unidos (Common Sense) y la revolución francesa (Rights of Man) servirá de ejemplo. Así al final de la primera parte de Rights of Man publicado en 1791 las menciona como parte del mismo proceso revolucionario.

From what we now see, nothing of reform in the political world ought to be held improbable. It is an age of Revolutions, in which every thing may be looked for. The intrigue of Courts, by which the system of war is kept up, may provoke a confederation of Nations to abolish it: and an European Congress, to patronize the progress of free Government, and promote the civilization of Nations with each other, is an event nearer in probability, than once were the revolutions and alliance of France and America

La comparación tiene, eso quiero insistir, sus efectos. La expectativa de Paine sobre una resolución relativamente sencilla de los temas constitucionales en Francia y en general de perspectivas exitosas para la revolución se basan en su experiencia en Estados Unidos. Allí una revolución había cumplido todos sus objetivos y había implantado de manera exitosa lo que para Paine constituía una total novedad (lo que constituía una revolución): un gobierno representativo, único basado en principios racionales y respetuoso de los derechos universales. A eso dedica el capítulo 3 de la segunda parte de Rights of Man, a poner la distinción basal entre los gobiernos hereditarios y representativos y a insistir en la novedad revolucionaria del gobierno representativo -lo que sucedía en Estados Unidos para Paine no tenía parangón alguno. Y, por lo tanto, ¿por qué no debiera funcionar en Francia?

La concepción universalista y ahistórica (ambas cosas no necesariamente van de la mano, pero en ese caso sí) de los revolucionarios facilitaba eso. Los derechos y los principios del gobierno son válidos siempre y en toda situación y el ejemplo de Estados Unidos mostraba que efectivamente eran posibles. Luego, ¿por qué no en todos los lugares?

En ese sentido, la experiencia de Estados Unidos -más allá de nuestra evaluación de su carácter- sí resulta crucial para comprender lo ocurrido en Francia. Al fin, sólo podía ser pensado como ejemplo (no necesariamente como modelo, pero sí como ejemplo que una revolución era posible y relativamente sencilla) sí es que se lo reconocía como una revolución.