Hora 11 del día 11 del mes 11. El día del Armisticio

100 años atrás se cerró la Primera Guerra Mundial. Sabido es su importancia, y no por nada el evento ha sido usado desde ese momento como el cierre de una época y el inicio de otra.

También es conocido que el nombre no está muy bien puesto. Muchos historiadores han pensado la Guerra de los Siete Años, por ejemplo, como el primer caso de ‘guerra mundial’ (con teatros de operación en Europa, América del Norte y la India por ejemplo). Y al menos desde que los ibéricos llegaron a América, muchos conflictos tenían largos alcances: Los Otomanos mientras peleaban contra los europeos en Europa recibían delegaciones de soberanos musulmanes en India e Indonesia que les pedían apoyo para resistir los embates de los portugueses. Por cierto, no el mismo conflicto, pero es claro que la visión de la política exterior se globalizaba.

Al fin y al cabo, en términos de teatros de operación la Primera Guerra Mundial es de hecho menos global que la Guerra de los Siete Años: Casi todos los frentes en Europa: Las colonias alemanas fueron prontamente tomadas, con la sola excepción del África Oriental Alemana, actual Tanzania, donde von Lettow-Vorbeck se las arregló para defender la colonia por años. El conflicto con el Imperio Otomano incluyó campañas en Mesopotamia, en Palestina y en el Cáucaso. Pero todas ellas relativamente menores. Es más bien en términos humanos que la ‘guerra’ es global. Producto de los imperios coloniales de la Entente, en los campos de Francia lucharon soldados de los cinco continentes. Eso es algo nuevo.

Pero a decir verdad, lo realmente nuevo es la guerra industrial total: Cuando todas las fuerzas de un país industrializado se dedican al esfuerzo militar, y con objetivos de derrota total del adversario. Todo ello es relativamente nuevo (en algunos sentidos la Guerra Civil de los Estados Unidos se acerca a estas características). La capacidad de unificar el esfuerzo nacional es nueva -la capacidad de reclutamiento, de dirección de la producción y etcétera, la división entre lo civil y lo militar que había sido una de las conquistas de la civilización europea previa empieza a desvanecerse. La capacidad industrial que se pone en juego, y que permite la conducción de operaciones militares de manera constante por meses, algo que era imposible previo a la revolución industrial. Y el carácter total, que el objetivo es la derrota total del enemigo sin límites, y sin preocupación mayor que lo que sucede después, también lo es. Los países europeos se habían dedicado en el período tras la Guerra de los 30 años de manera continua a la guerra, pero lo que les había permitido hacerlo sin destruir sin civilización era precisamente el reconocimiento de límites a la actividad bélica (lo que de hecho es común en situaciones permanentes de guerras entre peer polities).

De hecho, ese tipo de guerra es, hasta ahora, una anomalía. La única que siguió ese modelo fue la Segunda Guerra Mundial, y de hecho se puede considerar ambos conflictos como uno sólo -no es la primera ocasión en que se reúnen varios conflictos en un solo conjunto cuando se los piensa históricamente (la Guerra de los 100 años por ejemplo, o incluso la ya mencionada Guerra de los 30 años). Mirado de esa forma sólo ha existido una guerra total industrial. En parte, porque la capacidad de destrucción de ese tipo de guerra fue de nivel tal que su repetición se volvió inconcebible.

Lo cual nos lleva a lo último que quería mencionar hoy: el cambio en las actitudes sobre la guerra que implicó la Primera Guerra Mundial. Hay varias ideas que uno puede observar circulan en la actualidad que aparecen como sentido común sólo a partir de esta guerra. En particular, la idea que nadie que ha experimentado la guerra puede quererla. Así, por ejemplo, la idea que los líderes envían a otros a pelear sus guerras (porque nadie podría querer ir a ella), o que quienes han experimentado lo que implica una guerra no la buscarían de nuevo. Ambas ideas son incorrectas, en general en los conflictos previos a la Primera Guerra Mundial e incluso en ella. Las aristocracias europeas (y muchas otras, uso el ejemplo porque su aplicación es más directa al caso) durante siglos de manera recurrente participaron en conflictos y murieron en ellos -era parte esencial del rol que las permitía ser aristocracias, o en general de ser élites de un determinado estado. Lo mismo se puede decir de esas mismas élites en el mismo caso de la Primera Guerra Mundial.  Lo cual nos lleva a que participar en conflictos armados era experiencia común en las élites dirigentes europeas durante varios siglos y no por ello dejaban de participar en ellos. Y nuevamente, esto sigue siendo cierto en la Primera Guerra Mundial. Se ha hecho notar que en la Segunda, los dirigentes ingleses que estaban dispuestos a luchar contra el nazismo tenían experiencia militar (así lo ha hecho J. Lucaks, en su Five Days in London).

La experiencia de la guerra y la batalla siempre se puede decir ha sido cruel y horrible. La naturaleza de la guerra pre-industrial la convertía en algo que todavía estaba dentro del campo de lo humano. Su duración y sus características, sus miedos, pero también la exaltación del triunfo, todo ello estaba dentro del campo de la experiencia humana. Quienes la habían vivido no por ello pensaban que fuera sólo algo negativo, y podían pensar que valía la pena, o que la idea de gloria militar tenía pleno sentido.

Dulce et decorum est pro patria mori es una frase de Horacio que fue usada en un poema famoso de William Owen en 1917. Para Owen, en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, la frase sólo podía ser mentira y falsedad. Y sin embargo, para las generaciones anteriores a esa experiencia la frase no les parecía tal falsedad, sino que podían reconocer su experiencia en dicha frase. La guerra industrial fue, precisamente, el paso de lo humano a lo inhumano.

 

NOTA FINAL.

Escribir sobre la Primera Guerra Mundial desde Chile, y en general desde América Latina, me obliga a cierto agradecimiento. Por las razones que fueran, nos libramos de toda esa locura y espanto. En mi familia, como en muchas en nuestros lares, no se cuentan muertos de la guerra ni hay rastros de trauma por la experiencia de la guerra -como es muy en común en familias en Europa y en América del Norte. Volviendo a lo que ya dije: No deja de ser algo a agradecer.