El feminismo y el discurso sobre la moral en la izquierda

A propósito de la reciente Ola feminista, y el discurso sobre el macho de izquierda, y después de conversar con varias personas, llegué a la siguiente hipótesis:

  1. El discurso tradicional de la izquierda sobre la moralidad es un discurso de la transgresión. Frente a la moral conservadora y tradicionalista, lo que se veía apropiado era denigrar y quebrar dicha moral. Y esto llevó, en general, a un discurso en el cual se criticaba en general la moral y la aproximación moral en general (todo ello era ‘moralina’, ‘pechoñería’ etc.). Los héroes culturales de la izquierda eran quienes estaban más allá del influjo de la moralidad ‘burguesa’, ‘conservadora’ etc., y lo mostraban en la agresión frente a ella. En el límite, prohibido prohibir.
  2. El discurso feminista de los últimos años, y el que se muestra en la reciente ola, es un discurso intensamente moral. Frente a la moral conservadora lo que hace es proponer otra moral: En otras palabras, es instaurar nuevas normas y nuevas prohibiciones. Alguna vez en este blog hacíamos la observación que el discurso moral había pasado de uno centrado en la virtud a uno basado en el consentimiento (link aquí) -donde la diferencia entre lo moral y lo no moral se centra en la noción que todo aquello que es consentido es bueno, y todo aquello que no es consentido es incorrecto (y el límite del sujeto moral es el límite de quien puede o no consentir). Más aún, se puede observar que es una moral que enfatiza un ideal de autonomía (donde toda irrupción externa debe ser, en principio, justificada, no puede irrumpirse sin más en la vida de un otro).
  3. Entonces, el discurso tradicional de la izquierda queda en contradicción con esa transformación. Su discurso, que era el que parecía ‘liberal’ y ‘progresista’ queda -entonces- atrapado junto a su odiado conservadurismo como resistencias frente a un nuevo hecho moral.

No es la primera vez, en cualquier caso, que un discurso de talante ‘liberal’ (que critica la moral tradicional) queda contradicho por un nuevo discurso moral (que ve a ese viejo discurso transgresor como defensor de algo que se observa como inmoral). Sabido es que el ilustrado siglo XVIII era bastante más ‘relajado’ que los revolucionarios que los siguieron.

En última instancia, toda transformación moral -y es a ello a lo que nos vemos enfrentado- sólo puede instaurarse a través de un momento de alta preocupación moral y de búsqueda y rechazo a lo que se ahora se ve como inmoral. Solo así lo que antes se observaba como no representando una falta, o siendo una falta de menor cuantía, puede pasar a ser observado a una falta moral importante. Los cristianos no cambiaron el discurso moral de la antigüedad sin un rechazo abrupto y muy profundo de los discursos paganos (a niveles que los cristianos de futuros siglos observaron como exagerados). Así es como operan los discursos morales.

Un momento de rigorismo moral

En la entrada anterior planteamos que la percepción de corrupción implicaba la re-emergencia de un lenguaje moral para observar la vida social. En esta entrada abundaremos en esa interpretación para aducir que lo que experimentamos en el Chile de este último período es una fuerte re-instauración de criterios éticos y morales para la evaluación de la vida social.

Esto requiere, por un lado, darse cuenta que la interpretación conservadora de los así llamados temas valóricos, bajo la cual una creciente liberalización en el ámbito moral implicaría una pérdida de los valores, no permite entender lo que ocurre en la sociedad chilena y resulta más bien ciega a lo que ocurre. Una sociedad en la que se observan reacciones como lo ocurrido con el recientemente asumido obispo de Osorno o con la creciente discusión del acoso callejero -para dar ejemplos de muy distinto tenor- no es una sociedad donde simplemente dejen de existir las normas morales, es una sociedad cuyas normas morales han cambiado. Para dar otro ejemplo y exagerando tendencias: Estamos pasando de una sociedad lo moral y de rigor era discriminar y violentar hacia quienes se salían de la norma a una sociedad donde la discriminación y la no aceptación son lo inmoral. Y entonces en el mismo movimiento en que ciertas acciones dejan de ser relevantes moralmente, otras aumentan su relevancia moral y dejan de ser situaciones moralmente neutras. La sociedad no ha dejado de imponer normas y de hecho ha adquirido nuevas formas de llamados a la normalidad moral (las redes sociaels, Twitter es un buen ejemplo, pueden ser fácilmente mecanismos de ese llamado, ‘viralizando’ el rechazo moral a ciertas conductas y operando como formas de socializar y fortalecer las nuevas normas morales).

El fenómeno de una creciente observación moral sobre la sociedad nos lleva también, si se quiere, a mostrar las limitaciones de la observación sistémica de la vida social. Bajo este esquema, en las sociedades contemporáneas, plenas de complejidad sistémica, pierde importancia la observación moral: ¿Cómo podría siquiera ser pensado que las coordinaciones del sistema económico operaran bajo la moral? Los sistemas son, precisamente, lo que se esconde de una observación moral. Lo cual podrá ser en general una buena observación, no discutiremos eso aquí y ahora, pero no obsta para que en determinados momentos precisamente ocurra que la vida social en sus diferentes sistemas es observada y juzgada moralmente, y esos juicios tienen consecuencias operativas.

El hecho que estemos ante la emergencia de nuevas normales morales y que, al mismo tiempo, estemos ante la re-emergencia de una mirada moral sobre los sistemas sociales ha implicado una dinámica en que ellas se desarrollan con fuerza y rigor. Una nueva norma no se implanta si parte con laxitud en su aplicación, debe implantarse con fuerza e insistiendo en la necesidad de comportarse de acuerdo con ella y en la completa falta de justificación de no hacerlo. La laxitud es un lujo de lo establecido, de aquello sobre lo cual no hay fuertes dudas sobre su validez. Lo mismo puede plantearse ocurre cuando se vuelve a observar moralmente lo que se había dejado de observar de ese modo: la reintroducción requiere ser planteada con fuerza, con indignación hacia las faltas que ahora se descubren, para que esa reincorporación pueda efectivamente aplicarse.

Los períodos de rigor moral son, usualmente, relativamente transientes. Pero no dejan de tener su relevancia. No estará de más recordar que, por ejemplo, un fuerte rigorismo moral suele caracterizar a los períodos revolucionarios. Chile no parece estar cercad e esos períodos, falta buena parte de las condiciones estructurales, pero en lo que dice relación con algunas de la actitud de la población hay ciertos paralelos. No estará de más recordar que una ausencia de legitimidad de las élites, una pérdida de la autoridad como tal, es algo que quizás no esté tan lejano.