Una expansión sobre las tesis

En un post anterior desarrollamos las, muy no humildemente tituladas, ‘Nueve tesis y una nota’. Ahora, supongo que hay que hacer una modificación. En fin, que se le va a hacer.

Una de las ideas centrales de ese post es que el rechazo al sistema se basaba en un rechazo moral que coincide con una aceptación cognitiva (i.e se piensa el mundo de la economía en los términos que corresponden al sistema). Y a la vez que este rechazo moral era un rechazo a las exigencias del sistema sobre la persona, y en una reivindicación de independencia. Esto en parte se relaciona, entonces, con el hecho que el núcleo duro de rechazo en términos de modelo cognitivo es el mundo del trabajo. Del trabajo hablamos de justicia, de otras cosas (digamos) los precios ya no hablamos así.

Pero de hecho hay otros elementos en los que seguimos realizando un rechazo casi visceral: Todo aquello a lo que asignamos el estatus de derecho (educación es el ejemplo más claro en estos días, pero en principio también se aplica a salud). En el mundo de los derechos no corresponde hablar de mercado.

Y por tanto el rechazo que ocurre en el mundo del trabajo estaría relacionado entonces con esta visión de derechos. Derechos contra mercado (digamos, ciudadanos contra consumidores para usar una dicotomía usada con anterioridad). Pero he de reconocer que no me termina de convencer.

La oposición derecho / mercado ocurre al nivel ideológico, por decirlo de algún modo. Opera en el nivel de concepciones reflexivas, abstractas y que están relacionadas con opciones políticas. Lo interesante de la idea del rechazo como basada en una reivindicación de independencia, de no responder a exigencias de otros, opera a un nivel mucho más concreto y cercano a la práctica. Por decirlo de algún modo, es un rechazo que se vive cotidianamente; mientras que lo otro es una reivindicación que se vive en la movilización social (que nunca es cotidiana finalmente). Algo que se vive contra algo que se piensa.

Por lo que me atrevería a decir que:
a) La oposición al sistema basada en el tema de derechos es más débil, más intermitente, más distanciada de las decisiones cotidianas. En otras palabras, que llevado a cómo se vive la educación cotidianamente (desde elecciones de colegio hasta cómo se hacen las tareas en la casa) sencillamente no aparece. El rechazo a la idea que e dinero compre más o mejor educación sólo aparece cuando se piensa como parte de lo público, jamás cuando se piensa como privado. Mientras que el rechazo basado en la reivindicación de independencia / tranquilidad opera a todo nivel.
b) Que correspondería a un discurso que estaría más acotado, mientras que la reivindicación de independencia / tranquilidad debiera ser más extendida (aparecer en todas partes).

Pero, con todo, e incluso aceptando que no es el núcleo del rechazo, es un aspecto que no debiera dejar de aparecer en una descripción sobre la sociedad chilena. Que nos lleva a la obligación de cambiar el texto anterior. En fin, hay peores cosas en la vida supongo.

De la manía de negar la complejidad en la historia por parte de los sociólogos.

Hace poco me ha tocado la nunca muy agradable tarea de revisar pruebas en el curso de Sociología de Consumo que estoy dando. Y entre las diversas cosas que me llamaron la atención está una que tiene relación con mi tema preferido -la historia.

Una de las preguntas de dicha prueba tenía que ver con que podía caracterizar especialmente y diferencialmente, si es que acaso algo puede caracterizar (*), a la sociedad moderna de consumo. Y muchos indicaron una diferencia en términos de créditos: que en la sociedad actual el crédito está a disposición de los pobres y no solamente de los ricos.

Y entonces uno recuerda que la esclavitud por deudas es conocida en muchas sociedades, y que no eran precisamente los ricos los que caían en esclavitud debido a ellos. Que en muchas sociedades, el método más común por el cual los campesinos pierden sus tierras es debido al crédito. Y para usar un ejemplo de mi período histórico favorito: Una de las primeras cosas que hacía un nuevo rey mesopotámico para congraciarse con su pueblo era, claro está, declarar nulas las deudas. Eso era implantar la justicia. Y claro está, las deudas en cuestión eran comunes a lo largo de toda la sociedad. Los campesinos, siempre, han vivido en el borde de la subsistencia.

Bien pudiera defenderse que el tipo de deudas es diferente, y eso sonaría razonable. Pero que históricamente el crédito estaba sólo disponible para las clases altas suena extraño, por decir lo menos.

En cualquier caso, este tipo de cosas no afectó las notas. Uno no puede suponer que los sociólogos, supuestos estudiantes de las sociedades, tengan muchos conocimientos de historia, que no es más que el examen de otras sociedades.

(*) A nadie se le ocurrió, claro está, que en una de esas nada caracteriza a la sociedad contemporánea de consumo. O para decirlo de otra forma, que nada lo caracteriza estructuralmente y que las diferencias son del modo ‘más y más’ de esto. Y aunque ya Stalin sabía que la cantidad tiene una cualidad propia, el caso es que definitivamente al parecer el único dogma que todos los sociólogos comparten es que las sociedades modernas son efectivamente cualitativamente diferentes a todo el resto.

De la diferencia de perspectivas

Leyendo un texto -no importa cual, bueno Five Days in London de Lukacs, no, no ese Lukacs- que planteaba la gigantesca importancia de unas discusiones de gabinete en el gobierno británico en Mayo de 1940, en que básicamente se planteó que no habría negociaciones con los alemanes, me empecé a preguntar, y bueno ¿cuan importante es ese hecho?

Y, como todas las cosas, como es evidente por lo demás (ni siquiera me queda claro porque estoy escribiendo esto a decir verdad), depende del contexto.
¿Importante para determinar que pasó en la II Guerra Mundial? Sin muchas dudas.
¿Importante porque las vidas de los europeos hubieran sido muy diferentes si la II Guerra Mundial hubiera terminado de manera distinta? Más que probable.
¿Importante para las tendencias globales de la historia del siglo XX? Probablemente no (No es que, por decirlo de otro modo, las sociedades hubieran sido menos urbanizadas, hubieran demandado menos combustibles fósiles, o el impacto de los medios masivos hubiera sido menor).

Ahora lo anterior puede parecer, y es, sólo desarrollar un punto trivial. Pero por una parte sirve para ver por qué un planteamiento como el de Lukacs (si otra hubiera sido la decisión en ese punto, viviríamos en un mundo muy distinto) es demasiado general (depende mucho de qué queremos decir con mundo). Pero, por otra, nos sirve para darnos cuenta de otro asunto: la tendencia a que, cuando pensamos en las tendencias globales y en el largo plazo, a dar sólo las tendencias globales y el largo plazo como relevantes. Esa decisión no es importante para las tendencias generales del siglo XX, entonces no es importante.

Pero eso implica olvidar que no todo en la historia son las tendencias generales, y que por cierto la experiencia de las personas no es las tendencias generales. Efectivamente para las generaciones que vivieron esos días, esas decisiones bien pueden haber sido cruciales.

Para poner un ejemplo muy distinto, y de mi período histórico preferido. En un momento determinado, y como parte importante del punto es que a nosotros no nos importan esas fechas no las voy a decir, las diversas ciudades y estados arameos de la zona de Siria y Palestina se enfrentaron al Imperio Asirio. Qarqar creo que es el nombre de la batalla. No está muy claro el resultado, pero dado que los asirios no llenaron de tributos ni de deportaciones el área, podemos darlo como una victoria de los sirio-palestinos. Ahora, años más tarde, los asirios efectivamente conquistaron el área.

Ahora, ¿cual es la importancia de Qarqar? Para las tendencias a largo plazo de la historia universal, nula. Para el imperialismo asirio en general y la independencia de esas ciudades en el futuro, también nula, al final fueron derrotados. Pero en el corto plazo implicó la ausencia de tributos, deportaciones y todas las otras barbaridades que hacían los asirios por, digamos, unos 30-40 años, una generación completa. Mirado desde el punto de vista de los habitantes de las ciudades que lucharon en esa batalla, esos años bien eran toda la diferencia.

O para decirlo de otro modo, los sociólogos (y en particular los sociólogos interesados en la historia y en el largo plazo) no debieran olvidar que los pequeños efectos, aunque sean a corto plazo, sí son relevantes y sí marcan diferencias en la vida de las personas. La historia de eventos, para usar el viejo término de Braudel, tiene su lugar cuando pensamos que las experiencias son asuntos de corto plazo, eventos al fin y al cabo.

Nueve tesis sobre la sociedad chilena y una nota final

Ninguna muy brillante, pero las tengo hace un tiempo y dado que estoy pensando en hacer un proyecto FONDECYT basado en estas ideas, mejor que las empiece a escribir de una buena vez:

  1. Que a los Chilenos les disgusta, profundamente, el actual modelo económico.
  2. Que, producto de ese disgusto, los chilenos se refugian en sus familias (que, por cierto, entran en crisis porque nada puede resistir todo lo que los chilenos demandan de sus propias familias)
  3. Que producto de ese refugio, y para que las familias puedan tener mejor ‘calidad de vida’, entonces los chilenos trabajan y consumen como brutos.
    Que es lo que el modelo, básicamente, demanda de ellos; que muestra que el modelo no requiere apoyo desde el mundo cultural. En otras palabras, que el modelo no requiere de refuerzo ideológico.
  4. Que lo anterior se nota por el tipo de defensa que aparece, cuando aparece, en la opinión pública. Los viejos modelos socialistas, que fueron inculcados a punta de escuelas de cuadros, de enseñanza popular y otros -que operaban en el modo de la discusión, la conversación, el convencimiento. Para decirlo de otro modo, el modo en que operan los evangélicos, que es finalmente lo que requieren las conversiones al parecer. Pero nada de eso resulta necesario aquí.
  5. Que el disgusto es un disgusto moral. Cuando los chilenos miran la economía en términos morales, de justicia, no les queda otra conclusión más que plantear que el sistema refuerza hábitos perversos.
  6. Que el disgusto se basa en una incompatibilidad con las exigencias demandadas de la persona (de la cantidad de trabajo, de relaciones que se viven como poco humanas). Lo que el chileno desea es que lo dejen tranquilo (i.e por eso el sueño es siempre vivir en provincia, donde uno puede almorzar con tiempo). Sus deseos de independencia, finalmente, son deseos de tranquilidad, no de emprendimiento (En otras palabras, de verdad son deseos de independencia: de poder rechazar las demandas de otros).
  7. Que los Chilenos, en todo caso, recogen la lógica del sistema cuando hablan en términos cognitivos. Y así dirán que en tal mercado no funciona porque no hay suficiente competencia.
  8. Que el peso de lo cognitivo/moral varía entre ámbitos, pero hay uno que por excelencia sólo se discute en términos morales. El discurso sobre el mundo del trabajo es siempre en términos de justicia (de los salarios se habla en términos de justos/injustos, del empleo como derecho, de las condiciones laborales como dignidad).
  9. Que ningún chileno común y silvestre jamás se ha sentido tocado por la idea del desarrollo o por las oportunidades históricas de convertir a Chile en un país desarrollado.

Ultima acotación: Que posiblemente varias de esas tesis tengan mucha mayor aplicación que solamente Chile.

(Y ahora esperemos que efectivamente funcione lo del Fondecyt y podamos ver cuanto de lo anterior queda en pie después del contacto con los datos. Que con las ideas debiera pasar lo mismo que Clausewitz decía con respecto a los planes militares, que ninguno sobrevivía el contacto con el enemigo. Espero que no sea necesario plantear que el enemigo de las hipótesis son los datos)

De un olvido.

El otro día -a decir verdad un par de semanas pero no había tenido tiempo- escuchaba la radio en un taxi (apurado como siempre en llegar a una parte) y escuché a Jocelyn-Holt hablar sobre la reciente polémica con respecto a los libros robados de la Biblioteca del Perú con un par de periodistas.

Pero no es de eso que habla este post. En parte de la discusión, el periodista planteaba sobre el comportamiento de las tropas chilenas al tomar Lima y hacía un comentario -basado en cómo había sido la toma de Berlín (*)– que bueno, las tomas de ciudades habían sido siempre asuntos bárbaros, llenos de crueldad hacia los civiles y que así eran las guerras.

Y en ese momento pensé que habíamos llegado tan lejos en el camino del barbarismo que la memoria de una de las características más claras de la civilización occidental, en mi humilde opinión uno de sus mejores aportes, había desaparecido. La idea de una guerra limitada, donde los civiles no son parte, y que sigue sus regulaciones (como que los prisioneros no se asesinan) parece, a finales del siglo XX, sólo parecer una utopía, algo que sencillamente nunca pudo existir.

Y sin embargo, a grandes rasgos, si existió. Las guerras del siglo XVIII y XIX en general fueron efectivamente guerras limitadas, con no demasiados riesgos para los civiles, y donde en buena parte las normas civilizadas de la guerra eran seguidas. En la batalla de Waterloo -peleada luego de décadas de las guerras más totales que había experimentado Europa en mucho tiempo- los campesinos de la zona se congregaron a mirar la batalla en un cerro cercano (es lo que nos cuenta Keegan en The Face of Battle). Donde el mayor daño que estaban pensando era en, bueno, que la cosecha de trigo había sido pisada por algunas decenas de miles de soldados y por centenares de cañones. En otras palabras, la olvidada guerra limitada fue una práctica, por cierto la única práctica que le permitió a los europeos pasársela de guerra en guerra en el siglo XVIII sin destruir su civilización. Los rusos tomaron Berlín en la guerra de los 7 años. Una experiencia nada similar a la de 1945.

En un período en el que, a veces, nos da por dárnoslas de muy progresistas y de superación de las barbaridades tradicionales, no estaría de más recordar que en lo que concierne a conducir una guerra, probablemente la mayor parte de las naciones contemporáneas serían menos civilizadas que, por decir cualquier cosa, la Prusia de Federico el Grande.

(*) ¿Puedo hacer el comentario que Berlín: La Caída de Beevor es absolutamente espectacular como libro? Bueno, no importa, lo hago igual: Berlín: La Caída de Beevor es absolutamente espectacular como libro

Un par de notas sobre el trabajo doméstico y su relación con el remunerado

Dado que estoy haciendo un curso de consumo, estuve releyendo A Theory of Shopping de Daniel Miller y entonces me encontré con las siguientes frases:

‘Here, as is often the case, there is no evident resentment at being identified unambiguously with housewifery. On the other hand, there is a considerable desire that this should be appreciated by the family members, and to taken for granted’ (p 21) Y no mucho después, discutiendo sobre los estudios feministas sobre el trabajo doméstico: ‘This degree of exploitation and the asymmetry of power was reinforced rather than redressed in consumption, where housewives were found to give the best of their labour in meals and comforts to others while ofter denying themselves the pleasure they strove to create for others’ (p 22).

Miller se centra en el punto que las dueñas de casa -inmersas en una cultura de ‘amor hacia la familia’- no ven como explotación lo que las críticas feministas -inmersas en una cultura reflexiva de igualdad (*). Pero lo que me parece interesante es otra cosa.

Es lo cercano que parece el trabajo doméstico al remunerado moderno. Iguales en el hecho que el fruto del trabajo no es propiedad del trabajador, iguales en su demanda de reconocimiento (el gusto y la demanda por el trabajo bien hecho, por la buena obra, que en ambos contextos no es reconocido), e iguales en el hecho que estas características se dan por sentadas y no producen mayor problema (al fin y al cabo, los trabajadores nunca han reclamado por el hecho que el fruto de sus esfuerzos sea para otros). De hecho, aparte de la existencia de una ideología y una cultura que le da más sentido al trabajo doméstico (**) (orientado a lo que sigue siendo el centro ostensible de la vida de las personas -la familia) y de la recepción de dinero en el remunerado, mantienen las mismas características básicas.

(*) Lo que muestra que la cultura de las sociedades occidentales modernas -el trabajo de Miller es sobre hogares ingleses en un suburbio londinense- sigue siendo tan irreflexiva, tan poco racionalizada, como toda cultura siempre lo ha sido. Pero ahondar en este punto sería empezar a criticar a un montón de sociólogos en sus disquisiciones sobre la modernidad.
(**) Aparte del feminismo clásico, ¿quién pudiera pensar, especialmente si pensamos en el tipo de trabajos que la mayor parte de la población realiza, que el trabajo es una fuente de realización personal?

Las reglas del método: El postulado de la igualdad de actores

Alguna vez, entre las innumerables ideas que he tenido y no he seguido, se me ocurrió que sería buena idea escribir un texto análogo a Las Reglas del Método Sociológico. Entre otras razones, porque me parece que lo que falta -extrañamente en una disciplina tan preocupada de asuntos metodológicos- discusiones acerca de lo que constituye un buen análisis sociológico. Tanto falta que en un manual de metodología cuantitativa común y silvestre la parte de análisis será reemplazada por una descripción sucinta de análisis estadístico. Pero tanto el texto de Durkheim (y más el de Giddens) están ordenados por la pregunta de que cosas ha de cumplir un análisis para ser buena sociología.

Y, en ese espíritu, ponemos el primer postulado de un buen análisis sociológico: El de igualdad de actores: Todos los actores han de tener las mismas capacidades, y en lo posible sus diferencias han de provenir de diferencias en sus relaciones sociales, en sus ubicaciones más que de atributos del actor. Y si no queda otra más que correspondan a atributos del actor, entonces que la distribución del atributo sea lo más general posible.

Partamos por lo primero: la exigencia que no existan actores especiales. Básicamente, si postulamos que un actor dado puede hacer X (se puede organizar, puede aprender tal cosa etc.) entonces cualquier actor puede hacerlo. Si encontramos que un actor no realiza la acción, entonces no podemos basar la explicación en que el actor es diferente, sino que su situación era diferente. No hay actores con capacidades especiales, a lo más hay situaciones especiales que les permiten o no realizarlas.

Pensemos por ejemplo en el caso de la acción colectiva y la vieja observación de Olson que no todos los actores con intereses comunes se organizan para su logro. Pero que algunos sí lo hacen. Ahora, el desarrollo conceptual de Olson es en base a descubrir que circunstancias, situaciones, estructuras suceden en los grupos que producen acción colectiva. No es plantear, digamos, que donde hay acción colectiva es porque los actores son diferentes (porque tienen más orientación colectiva o cualquier otra cosa).

Esto tiene, casualmente, ciertas consecuencias interesantes. Todo modelo conceptual (o empírico) que se base en una distinción entre verdad / falsedad (desde la falsa conciencia hasta explicar las diferencias con respecto a un estándar racional mediante un término de error) que es conocida para el analista pero no puede ser conocida para los actores es inaceptable. Los analistas son, al fin y al cabo, actores; y por tanto si ellos tienen la capacidad de detectar la ‘verdad’, entonces esa capacidad está disponible para los actores. La idea de la clase intelectual como ocupando un lugar libre en la sociedad y por ello estando en condiciones de conocer la realidad (a la Mannheim) no funciona.

Pero no es sólo que si los investigadores pueden encontrar la verdad está debiera estar disponible también a los actores. El siguiente caso, en principio, cumple con ese requisito: Cierto texto (del cual no diré el nombre ahora) plantea, basado en teorías económicas contemporáneas y la idea del rent-seeking que las explicaciones del mercantilismo dadas en ese tiempo no corresponden (o sea, que el mercantilismo tiene otros efectos) y que es otra la explicación. Luego, entonces no puede ser que las elites dirigentes europeas hayan considerado ser mercantilistas por las razones esgrimidas en las teorías de su tiempo, sino que tienen que haber sido mercantilistas por las razones que plantea la teoría contemporánea. Para decirlo de otra forma, el barómetro de racionalidad lo tiene un actor en particular (el investigador), para que un actor sea considerado racional ha de pensar como lo hace él. El hecho que una persona pudiera mantener efectivamente las creencias del mercantilismo y, por tanto, actuar en consecuencia, sencillamente no parece posible.

El postulado implica, en última instancia, reconocer que los investigadores son, finalmente, actores sociales. Con las mismas características, limitaciones y posibilidades que cualquiera. E implica, por otra parte, pensar en que las diferencias entre actores han de explicarse a través de diferencias en su entramado social, que en tanto actores tienen las mismas capacidades. En otras palabras, no es en el actor donde ha de buscarse una explicación sociológica.

De las posibilidades electorales de la derecha

Desde, digamos, 1938 la derecha ha ganado una sola elección presidencial en Chile (Alessandri). La derecha ha gobnernado más tiempo (no sólo durante la dictadura, sino dentro de los gobiernos radicales), por cierto ha sido una fuerza electoral y política bastante poderosa. Pero no puede ganar elecciones presidenciales. En algunos casos, como lo estudió Moulian hacie tiempo, de puro bruta, como en el caso de la elección de Gonzáles Videla.

Ahora, ¿por qué la derecha no puede vencer ahora en Chile? Al fin y al cabo, no parecen estar tan lejos de estarlo (han mostrado capacidad para acercarse a un 45%-48% en elecciones presidenciales de los votos válidos, que son los únicos que importan en estos menesteres).

Respuesta número 1: Bueno, no necesitan vencer. Ya tienen suficiente poder y con los porcentajes que tienen bien pueden actuar limitando lo que hacen las fuerzas políticas en el poder. Para un sector que, presuntamente, defiende los intereses de los grupos dominantes, sería todo lo necesario. Ahora, he de reconocer que no me termina de convencer. Independiente de lo anterior, las fuerzas políticas desean ganar en el sentido de ocupar los puestos de gobierno. Y si bien es cierto que adquieren ciertos puestos (parlamentarios, comunales) los puestos del centro del Estado siguen estando fuera de su alcance. Para una colectividad política no poder tocar un ministerio en un tiempo largo ha de contar como derrota. En particular, una colectividad política que sí tiene una cantidad de votación adecuada.

Respuesta número 2: La derecha tiene un problema estructural con la opinión pública. Por cierto, cuando uno plantea dos respuestas, la segunda es la que uno prefiere, así que elaboremos y defendemos esta opinión.

En parte, la derecha tiene un discurso más bien limitado. Aparte de seguridad, ¿en qué otro tema han logrado posicionarse como mejor que el gobierno? Creo que en ninguno. Y básicamente, no basta con un tema para lograr el gobierno.

Pero creo que lo fundamental es otra cosa. Básicamente la sociedad chilena piensa que el actual modelo probablemente es la única /la mejor alternativa; que otros caminos no van a funcionar muy bien. Pero al mismo tiempo, rechaza profundamente el modelo, para decirlo más claro no le gusta para nada. En ese sentido, la Concertación que administra un modelo con el cual claramente tiene resquemores representa, casi idealmente, su propia posición. En otras palabras, reconoce el disgusto. Ese disgusto, aunque pueda no tener consecuencias prácticas, pareciera ser, en ese sentido, relevante.

En otras palabras, lo que le falta a la derecha para ganar una elección presidencial es una distancia corta. Pero, al parecer, extremadamente difícil de cruzar.

De la regimentación metodológica

El hacer clases tiene varias consecuencias. Una de ellas es que uno se enfrenta a cosas que, quizás ya sabía, pero quedan mucho más patentes al tener al frente alumnos.

Ahora que estoy haciendo clases de metodología en una carrera de sociología, me enfrenté a una de ellas. La idea del curso es que la metodología se aprende caminando, y por tanto el curso se organiza en torno a la realización de una investigación. Y como el curso es de metodología cuantitativa, entonces la investigación requiere cuantificación.

¿Y cómo fue leída la demanda de cuantificación? Cómo una exigencia de encuesta. Todas las propuestas tenían como parte cuantitativa el realizar una encuesta (y habitualmente una encuesta de actitudes). Los comentarios que hicimos en clase sobre que la metodología cuantitativa no se reduce a encuestas, sino que incluye otro tipo de fuentes, al parecer no fueron oídos o no parecieron relevantes.

Y eso es algo que encuentro preocupante. Porque la metodología cuantitativa no es encuestas. De hecho, las encuestas (y en particular de las actitudes) no son más que una forma algo bastarda de cuantificar aspectos subjetivos que, en realidad, son mejor estudiados con metodologías cualitativas. Y no es que la sociología tenga como único método y como único tema cosas que pueden ser mejor estudiadas si se le pregunta que piensa a la gente. La observación puede cuantificarse, se pueden analizar comportamientos, ya sea algunos que quedan registrados por la índole misma de la acción -como las votaciones- o de los que pueden preguntarse -como uso del tiempo. O sea, lo cuantitativo no consiste solamente en ir y preguntarle algo a alguien.

Pero parece que todas esas posibilidades nunca se piensan y hemos reducido el campo de lo cuantitativo (y dada la fuerza y aparente ‘cientificidad’ de lo cuantitativo, la sociología) a encuestas de actitud: ¿Ud. que opina sobre X? ¿Le gusta Y? Y eso no deja de ser lamentable.

De hecho, pero esto es más bien mi personal prejuicio, para cualquier pregunta de real interés sociológico, nunca será el método de preguntarle a la gente su opinión el método más adecuado.

Una nota sobre la proyección de los grupos bajos

Se me hizo notar el otro día que había un problema con mi comentario sobre el PNUD y su olvido de la vocación proyectiva de los sectores bajos: Que el proyecto de los grupos bajos (educar a sus hijos) no parece tan ‘proyecto’. Al fin y al cabo, los sectores medios también lo hacen. Y si es por ‘subjetividad’. ¿no sería el proyecto de los indigentes el conseguir dinero para el día? Básicamente, que el argumento usado lo que hace es quitar a la idea de proyecto toda utilidad.

Ahora, creo que el argumento no es suficiente. Porque el tema es que para los grupos bajos el educar a sus hijos (el darles la mejor educación) es un proyecto porque es algo difícil, que requiere planificar y programarse, que si no se planifica lo más probable es que no resulte. O sea, es algo posible que requiere esfuerzo. Para los sectores medios, la educación de los hijos no es proyecto porque, finalmente, no es un tema, no es algo que se ponga en duda. Por algo en los grupos medios, al preguntarsele por proyectos el tema de educación no aparece. Lo que constituye proyecto (algo complejo que depende de una buena organización para que pueda suceder) depende de las circunstancias. Para mí varias cosas son proyectos que para alguien en una situación económica más acomodada (digamos Piñera) no requiere de proyecto, es algo cuya factibilidad sería obvia.

Y esa es la diferencia entre los grupos bajos y medios. Los sectores medios se moverían entre lo que se da por descontado y lo imposible. No hay lugar para un proyecto, y menos para proyectos que logren orientar la propia vida. Los grupos bajos tienen, aparte de lo que se da por descontado (i.e que no se morirán de hambre) y lo imposible, el espacio de los proyectos: lo que s es posible de lograr si uno se planifica para ello. Y eso sería lo que habría olvidado el PNUD.