Una nota sobre la perfección

En la mayor parte de las ocasiones buscar la perfección es una empresa algo insensata. No es casual que abunden refranes y frases que nos llamen a no intentarla (lo perfecto es enemigo de lo bueno, si no está roto no lo arregles), como regla de vida rehuir de aquello que es inalcanzable y dedicar nuestros esfuerzos -siempre finitos, siempre teniendo que resolver varias cosas- a otros menesteres aparece como claramente preferible.

Más aún, y ello es para nosotros en sociedades que privilegian el movimiento asunto de algún peso, la perfección bien puede ser vista más bien como un peligro, como una forma de muerte -donde no hay nada que hacer. El momento de perfección si no es mero estancamiento es el momento de reflujo (François Jullien dice algo similar en Philosophie du Vivre, 2011, en particular en el capítulo 2, L’évidence et le retrait, que si la vida es movimiento no se deja atrapar en una determinación, que es algo que deviene; pensada la plenitud como aquello que el fin de ese movimiento, entonces ya no es la vida). Es al menos algo sospechoso. La perfección no da frutos, y cuando pensamos en términos de desarrollo, al final, lo que nos interesa es el fructificar.

Todo lo anterior es cierto. Y sin embargo, en aquellos momentos en que vislumbramos o nos acercamos a la plenitud, ello resulta incomparable.

Aquello que produce ese efecto puede variar entre las personas. Las ocasiones en que uno siente que ha logrado producir algo pleno también varían, e incluso si uno no lo ha tenido uno sabe que existen (ya me gustaría alcanzar la perfección de algunas músicas y algunos textos, y si bien puede que ellos estén más allá de mis capacidades, sé -dado que existen- que son alcanzables por capacidades humanos). La experiencia existe; y en esa experiencia ocurre -muchas veces- que se quiebran todas las contradicciones: la plenitud se experimenta como algo sin dificultades o como puro estar en el movimiento.

No se puede vivir en la plenitud y en la perfección, nuestra finitud nos afecta también en ello, y sin embargo siempre está ahí, y entonces nos atrapa: como toda experiencia real, es algo que nos pasa. La perfección sólo resulta asequible cuando hacemos olvido de sí.

De la bondad y de la justicia. O de lo irrazonable de la conducta moral.

A veces uno se da cuenta que el propio pensamiento se acerca a la contradicción. Algunos años atrás reflexionaba sobre La Peste de Camus y concluía, en alabanza de Grand, que aspirar a ser alguien como Grand, alguien simplemente buena, resultaba ‘una de las más altas aspiraciones posibles’ (link aquí). Hace pocos días, pensando en otros textos, planteaba más bien que la búsqueda de la simple bondad razonable era quizás bien para personas razonables, pero lo que correspondía más bien era la búsqueda insostenible de sentir la responsabilidad por el mal que existe en el mundo, que eso es lo que hace el justo (link aquí).

Cuando me percaté de esta relación entre la bondad de un texto y la justicia en el otro, tenía varias posibles reacciones. Una de ellas era decir que, simplemente, había cambiado de idea. Pero ello sería falso puesto que siento que ambas entradas son verdaderas. Otra sería la ecuménica de plantear más bien que ambas se refieren a aspectos distintos: Grand para la vida cotidiana, asumir la responsabilidad del mal para buscar la justicia solo puede sostenerse por breves momentos. Lo cual podría funcionar si no fuera porque la frase es que ser Grand está entre las aspiraciones más altas, y en la otra entrada lo razonable de ser simplemente bueno no es ubicado en tal alta posición. Habrá que buscar otra solución, otra forma de reunir la bondad y la aspiración a la justicia.

La vida ética es, creo, al fin, profundamente poco razonable. Cuando sentimos que es lo que hay que hacer, la acción ética a la que somos llamados, una cosa que nos damos cuenta al experimentar ese llamado es que no corresponde a lo razonable. Ahí radica la dificultad del comportamiento moral. En ello no radica toda la moralidad, y habrá ocasiones en que lo razonable y lo ético se amoldan sin problemas; pero cuando ello sucede la dimensión moral no se nos aparece con claridad. Cuando ella refulge es cuando se nos muestra en toda su irrazonabilidad.

Mirado desde ese punto de vista es que se puede comprender entonces la compatibilidad de las dos ideas. Porque Grand puede ser simplemente bueno, pero no es razonable en su bondad. Ninguno de los protagonistas en La Peste es simplemente razonable, sienten que lo que hay que hacer es enfrentarse a la plaga, pueda servir de algo o no; y Grand en sus otras relaciones es una muestra perfecta de una pura bondad que no se preocupa de ser razonable ante este mundo, y así aparece a ojos del mundo algo ridículo e ingenuo. La verdadera bondad no es razonable. Tampoco lo es, y de forma más clara, simplemente porque lleva su heroísmo casi como bandera, el intolerable asumir el mal del mundo como responsabilidad propia.

La bondad razonable que operaba como contrapunto en la segunda entrada, aquella bondad reducida que no se preocupa mayormente de la existencia del mal, que no siente el espanto de la existencia del mal, no es ni la pura bondad que alababa de un Grand ni el llamado insostenible del justo que asume la responsabilidad del mundo. Estas formas de enfrentarse al mal son distintas, y quizás la elección entre ellas no sea tanto una decisión tanto un efecto de quién se es; lo importante, lo que los transforma entonces en modelos a aspirar, es no aceptar ni adaptarse sin problemas al mal del mundo. En esa negación a aceptar dicho mal, que es -como todos bien sabemos- parte del funcionamiento del mundo, está la raíz del carácter irrazonable del bien y de la justicia.

La Responsabilidad del Mundo.

Sabemos, no hay manera de evitar la conclusión, que el mundo es mayor que lo que podemos afectar. Actuamos en el mundo, padecemos lo que en él sucede, pero bajo ninguna forma podemos ser considerados -como decía Arendt- sus autores.

De la anterior verdadera consideración es fácil caer en tentación: No soy autor del mundo, no soy responsable de él; los males que en él acaecen, a menos que esté directamente involucrado, no me atañen. O incluso, si me atañen lo es por decisión mía, una muestra de mi valía moral, una muestra de mi buen carácter; pero no me puede ser exigido asumir responsabilidades por asuntos que no son mi culpa. Basta para ser buena persona con no generar daño de manera activa. No cabe la menor duda que es una posición razonable; y que dado que lo razonable es a su vez medida razonable de lo que se le puede exigir a las personas, no merecería mayor crítica. Incluso se podría decir, yo estaría dispuesto a proclamarlo así, que la mayoría de las personas son buenas personas en ese sentido.

Y sin embargo, no puedo evitar la sensación que ello es, en definitiva, una tentación; y que ser razonablemente bueno no es suficiente. Primo Levi relata así en La Tregua su encuentro con los soldados rusos al momento de ser liberado de Auschwitz

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla (p. 8)

Levi se refiere al justo en la sublime cita anterior; y la palabra es exacta. La persona buena quizás no sienta dicha culpabilidad, pero para ser justo ella se requiere. Sentir el mal del mundo como algo del cual te sientes responsable; no porque seas autor de éste, porque no lo eres, sino porque el mal existe y ello es intolerable.

Como todas las exigencias irrazonables, y de ello se ha criticado por ejemplo al cristianismo y como creando una conciencia hipócrita, tiene el problema que es en sí intolerable e insostenible. Nadie puede estar a su altura, y medido contra ella no queda más que reconocerse lejano. ¿Cómo entonces ser justo?

Pues recordando lo mismo que se hizo, mucho tiempo atrás, en relación a otra meta inalcanzable, otra meta frente a la cual nunca damos la talla: Nadie puede ser sabio, sólo podemos intentar buscar la sabiduría. Nadie puede ser justo, aunque muchos sí puedan ser buenos; pero lo importante es buscar la justicia.

Hacia el final de La Misión, la película de Joffé sobre las misiones jesuitas en Paraguay, y su final, que recordaba a propósito de la espléndida música de Morricone hace un par de días, uno encuentra el siguiente diálogo, entre quienes han sido parte de dicha destrucción:

Hontar : We must work in the world, your eminence. The world is thus.

Altamirano : No, Señor Hontar. Thus have we made the world… thus have I made it.

La idea central de este escrito puede resumirse sucintamente: No ser Hontar. Nunca escudarse en la complejidad y en la desmesura del mundo para justificar tu falta de acción. En el caso de la película, la frase del Cardenal Altamirano es correcta -fue su decisión-; pero incluso cuando no lo es, cuando es falso que sea un mal que uno haya producido, lo que corresponde es sentir como si así fuera. Quienes vivimos en el mundo no podemos escamotear lo que implica participar de él (la culpa por el mal cometido que pesa por el mero hecho de existir reusando las palabras de Levi).

Asumir la responsabilidad del mundo es, ya dije, insostenible; y es evidente que nadie, menos yo, está a esa altura. Asumir esa responsabilidad no es algo que se pueda hacer de manera permanente, para ello está lo razonable de ser bueno. Y sin embargo, sentir esa responsabilidad aplastante, aunque sea por momentos, algo que debiera ser ineludible.

¿Por qué lo pensamos que lo universal es biológico y lo social es particular?

Leyendo On Sociology (2007) de Golthorpe, una muy robusta defensa de una sociología científica en el molde tradicional, hay una discusión sobre el rol de la teoría de la acción racional en sociología (cuya primera versión fue publicada en 1998 en el British Journal of Sociology) donde se dice:

Action that follows from an unconditional commitment to ‘immanent’ as opposed to ‘instrumental’ values is, Hechter argues, most likely to cut across patterns of rational action where immanent values are neither universal (e.g, biologically determined) nor merely idiosyncratic (p. 159).

En la cita hay una asociación que es bastante común entre procesos universales de la vida social y biología. Hay que hacer constar que la cita usa la biología como ejemplo, no está diciendo que todos los casos de valores universales inmanentes sean biológicos; sin embargo, la cita ilustra una asociación que es mucho más general.

Pensemos en lo común que ha sido en ciencias sociales defender la primacía de lo social usando como argumento la variación entre culturas y sociedades: Dado que tal y tal práctica varía entre sociedades entonces se sigue que no puede tener basamento biológico. Nuevamente, aquí tampoco estrictamente se niega que algo universal pudiera ser social, pero ello no aparece como central ni principal.

Y frente a ello cabría destacar que bien podemos tener procesos y dinámicas que emergen del mero hecho de como se constituye una socialidad como la que tenemos los seres humanos (digamos, que opere a través del lenguaje o que opere a través del sentido o que opere a través de la racionalidad, o cualquier otro rasgo que quiera usarse) y que esas dinámicas pueden ser, por lo tanto, universales. Al fin y al cabo, la socialidad es una característica universal de nuestra existencia.

Dos prestidigitaciones. Tecnocracia y compromiso

En esta entrada sólo presentaré de manera breve un argumento que espero desarrollar en un artículo los próximos meses. Esquemáticamente:

La tecnocracia se presenta a sí misma como una consecuencia de una ciencia neutral. De ahí deriva entonces la idea de una acción técnica (de una política sin política, de una política científica). Bajo esa idea, entonces lo que debe ocurrir es que se sigan las instrucciones emitidas por los poseedores de la verdad. La consecuencia es entonces anti-democrática.

La idea es una prestidigitación porque se obtiene una consecuencia falsa de la idea inicial: Se hace pasar como si la idea que las afirmaciones cientificas sobre la realidad son neutrales fuera equivalente a la idea que se puede derivar sin ideas políticas, ideológicas, morales una acción de una afirmación. Y ello es incorrecto.

La ciencia comprometida se presenta a sí misma como un rechazo a la tecnocracia, recordando que no hay posible separación entre la realidad y el valor. De ahí deriva entonces la idea de una ciencia comprometida (de una ciencia que intrínsecamente tiene una postura política). Bajo esta idea, entonces los científicos denuncian una realidad e indican sus males y lo que hay que hacer. La consecuencia es también aquí antidemocrática.

La idea es una prestidigitación porque se obtiene una consecuencia falsa de la idea inicial: Se hace pasar como si la idea que toda postura de acción implica la unión de afirmaciones empíricas y posturas políticas fuera equivalente a plantear que la ciencia como tal nos permite establecer qué es lo que hay que hacer.

En estas dos prestidigitaciones se intenta esconder lo que tienen en común: en ambos casos se elide el que están en contra de la deliberación política democrática del común (del que no es experto) como fundamento de las decisiones comunes. En ambos casos se pretende que los científicos (ya sea presentada como neutral o presentada como comprometida) son los que dicen lo que hay que hacer.

Frente a ello (y frente también a la denostación de la ciencia) habrá que defender que el científico es también ciudadano, y en tanto ciudadano tiene el mismo derecho a hablar de las cosas comunes que todos, puesto que tiene el fundamento -es también alguien con algo que decir. El cientifico, en tanto científico, tiene un saber particular y que como todo saber especial ha de ser reconocido (así como lo tiene el que ha experimentado algo por ejemplo o el que tiene una visión moral nueva etc.), pero de ese saber no se deriva ninguna consecuencia directa -es a través de la deliberación, donde todos tienen igual derecho a hablar, que se puede extraer alguna conclusión. Los científicos tienen un papel que jugar en la deliberación pública, un papel que no reemplaza a dicha deliberación y que no reemplaza su rol como ciudadanos.

NOTA. Se puede retrucar que no todos quienes plantean posiciones tecnocráticas o comprometidas hacen la prestidigitación mencionado. Que hay tecnocrátas que reconocen que de la ciencia sola no se pueden derivar acciones -que eso requiere política y valores. Que hay comprometidos que reconocen que el compromiso no es una consecuencia de la ciencia sino una opción. A lo cual cabe responder que quienes dicen esto, están planteando exactamente lo que se dice en esta entrada. Sus posiciones son formalmente idénticas y lo que varía es un tema más personal sobre la disposición a participar en la palestra pública, que puede ser mayor o menor.

Lo anterior no quita que, sin embargo, sí hay muchos que caen en las prestidigitaciones que hemos dicho. Y no estará de más, entonces, mostrar esa prestidigitación.

In Memoriam Carlos Catalán B.

Este fin de semana murió Carlos Catalán. Podría escribir varias cosas, pero creo que en este blog lo que corresponde son algunas reflexiones en torno a la sociología. Al fin y al cabo, habiendo trabajado en varios estudios junto a Carlos durante varios años, creo haber aprendido algunas cosas sobre el oficio. En realidad, los oficios -lo que aprendí de Carlos se aplica a dos actividades diferente.

El primer aprendizaje es sobre el oficio de consultor. Quizás lo más evidente fue constatar que el oficio de consultor es bien distinto del oficio del investigador de mercado. Cuando uno está en esa última actividad, uno hace el estudio, hace unas recomendaciones (e incluso, a veces, ni siquiera eso) y cierra el asunto. Pero ser consultor es otra cosa. Y lo que aprendí observando a Carlos hablar en múltiples reuniones, es que el consultor hablar en primera persona plural: Que al hablar de la organización cliente se habla usando el nosotros.

Esto no era solamente un asunto de terminología, sino implicaba una actitud -que era la que estaba detrás que Carlos fuera, a mi entender, un buen consultor. Es la actitud de involucrarse con la organización, de asumir sus problemas como tus problemas; de preocuparse de su situación futura; de conocer lo mejor posible el campo donde se mueve. Solamente así se puede cumplir con la tarea, y sólo así -creo- se puede entregar algo que tiene valor. Algo que me ha llamado por mucho tiempo la atención es que la investigación de mercado, que supuestamente entrega información a un ciente para que éste pueda agregar valor, es una industria que no es tan valorada (ni por clientes ni por oferentes). Y creo que parte de la diferencia es la actitud que mencioné al inicio.

A su vez, y esto no siempre queda tan claro, lo anterior tiene consecuencias éticas. Si para ser consultor necesitas hablar en nosotros e involucrarte de verdad con quien es tu cliente, se sigue que estás asumiendo los fines y la actividad de ese cliente. No te es ajeno las consecuencias éticas de esos fines y ya no puedes refugiarte en la excusa (que es siempre mentirosa, pero aquí lo es más) que se ofrece un conocimiento neutro o sólo una opción técnica. Quien trabaja de forma tal que favorece la realización de ciertos fines, está apoyando esos fines. (En términos concretos, asesora a quienes no te parece que sea problema su actividad).

El segundo aprendizaje es sobre el oficio sociológico. Y fue quizás el más sorpresivo de todos: Que la sociología es útil, que la mirada que entrega la disciplina es relevante, y permite observar elementos importantes que otros pasen más fácilmente por alto.

No me acuerdo cuando, pero era un estudio sobre el consumo de vino. Y justo para esa época estábamos discutiendo el libro de Douglas e Isherwood, The World of Goods, y el caso es que los conceptos del texto (sobre el uso de bienes para marcar y diferenciar situaciones) fueron usados de manera directa para comprender los resultados que estaba dando la investigación. Y así en múltiples ocasiones en que ideas y conceptos provenientes de las ciencias sociales eran usados no sólo para analizar resultados, sino para orientar recomendaciones e ideas para la acción.

La capacidad de Carlos para poder leer desde la sociología casi cualquier asunto, y para sacar conclusiones prácticas desde el conocimiento sociológico siempre me llamó la atención. Hay ciertos espacios donde eso ocurre más habitualmente, en particular en lo que dice relación con la política; el caso es que esa habilidad de aplicar la sociología -y ello de manera fuerte, usando el instrumental conceptual de la disciplina- a casi cualquier realidad no deja de ser una habilidad importante.

Esto del uso de la sociología me lleva al hecho que Carlos siempre estaba, en cierto sentido, investigando: Conversando, preguntando, a todo el mundo; siempre preocupado de tener una impresión de cómo otros vivían o estaban pensando o sintiendo. Sociólogo se es, si se quiere, a todo momento.

Carlos participó en muchos estudios en distintos roles, realizó múltiples análisis para diagnosticar el estado de la sociedad -presentados en diversos lugares. Publicó poco. Lo cual refuerza la idea de publicar (en el medio que sea, no me estoy refiriendo solamente a libros o artículos académicos); de otro modo, lo que tenemos son pérdidas. Y en este caso en particular, creo que esa pérdida no deja de ser relevante.

Pensando en los territorios (III). El involucramiento colectivo con el territorio

Finalizando la serie de escritos sobre la base del viejo estudio realizado en mis años del PNUD, ahora toca la última dimensión en la cual participé en el análisis: el involucramiento colectivo con el territorio, la politización territorial. Este era un tema perenne en los Informes de Desarrollo Humano, y aquí entonces la pregunta sobre las capacidades para desarrollar acción colectiva desde los territorios se veía como crucial. He de reconocer, sería engañoso el no hacerlo, que dicha centralidad de esta dimensión de acción colectiva siempre me fue algo ajena. La relación cotidiana, la vida de todos los días, me parecía más relevante (incluído ahí su influencia en la construcción del territorio). Pero siendo, de todas formas, un tema relevante y habiendo trabajado en ello y pensando que, de todas formas, es una lástima que se pierda, helo aquí.

El resultado fundamental, a mi juicio, del análisis es la aparición -en proceso tras proceso- de un cortocircuito. Hay elementos que podrían desarrollar un proceso de movilización pero otros impiden que se fortalezca y desarrolle. Es claro (y uno de los análisis específicos lo hacía caso a caso) que hay múltiples acciones y movimientos colectivos en los territorios, la pregunta era por su capacidad de mantenerse activos, de su sustentación.

Aunque debido a la pandemia el movimiento nacido en Octubre del 2019 se encuentra en animación suspendida (incluso considerando el retorno de algunas chispas de movilización), la idea de movimientos sin capacidad de sustentarse no parece muy válida en el Chile actual. La capacidad del movimiento para estar de manera permanente de forma activa (meses con el principal punto de reunión de la capital prácticamente cooptado por el movimiento de manera casi continua) haría estas reflexiones sobre debilidades de procesos de acción colectiva territorial, a lo más, una descripción del pasado.

Dos consideraciones militan contra esa conclusión. La primera es que las capacidades de un movimiento nacional no están, de forma automática, disponibles para movimientos territoriales. La segunda es que no por haber sido sobrepasados en la coyuntura del 2019, han dejado de existir todos esos mecanismos de cierre.

Sea cual sea la corrección de esas ideas, al final estas cosas sólo se saben con meridiana certeza a través de la visión retrospectiva, corresponde poner aquí el link correspondiente.

Pensando en los territorios (II). La relación subjetiva como aparece en la Encuesta Desarrollo Humano 2016

Siguiendo con esta serie de textos del estudio sobre territorios que estuve trabajando en el PNUD años ha, ahora toca lo de la encuesta. La encuesta es de 2016 así que claramente no se puede esperar que los resultados se mantengan en el mismo lugar, por otro lado los temas que preguntaba era más bien generales (no era una encuesta política de opinión pública) así que varias de las cosas todavía tendrán algo de utilidad.

El análisis de la relación subjetiva con el territorio cubría bastante más allá que la mera encuesta, pero como se mencionó en la entrada anterior lo que se trabajó en grupos de discusión ya lo he publicado y las entrevistas no las trabaje.

Esto tiene una consecuencia perversa: Uno de los resultados más interesantes no aparece en el texto porque era un resultado de la comparación de los diversos análisis. Aprovecharé aquí para contarlo: Básicamente, mientras la encuesta (y secundariamente los grupos, aunque ahí era más matizado) entregaba una visión más bien positiva del lugar que se habitaba, en las entrevistas el lugar con el cual la persona se identificaba aparecía en términos negativos. ¿Cómo se puede comprender esa contraposición?

Una posibilidad es negar que sean contradictorios. Para las personas que migran su actual lugar de residencia es distinto del lugar donde se identifican y por lo tanto lo positivo y lo negativo aplican a lugares distintos (y una parte importante de la muestra de entrevistas era a migrantes). Sin embargo, ello no era suficiente, dado que la mirada negativa también aplicaba a quienes vivían en los lugares con los cuales se identificaban (y en particular no habían migrado). La contraposición era real.

Así que existía una contraposición que era real. En particular, los territorios no metropolitanos aparecían como buenos lugares en la encuesta y en las entrevistas eran mirados de manera negativa. La hipótesis que defendí en el día, que en cualquier caso no convenció a todo el equipo, era que la encuesta (y los grupos) operaban al nivel de la vida cotidiana. Incluso cuando se preguntaba por proyectos, estos eran más bien del orden de lo cotidiano (digamos, mejorar la casa para poner un ejemplo). Y en la vida, el lugar aparecía usualmente de manera positiva. Mientras que las entrevistas, al ser historias de vida, ponían en juego los sueños y los proyectos de vida de largo plazo -y ahí entonces el territorio aparecía como lugar sin futuro. La diferencia de evaluaciones se basaba en una diferencia en el punto de vista de la evaluación.

No sé si dicha hipótesis es convincente, como dije no terminó de convencer a varios en el equipo, el caso es que la contraposición que intentaba explicar era uno de los resultados centrales.

Ahora, entonces, la descripción de los resultados de la encuesta, incluyendo hacia el final una muy bonita, en mi poca imparcial opinión, tipología de formas de relacionarse con el territorio. El link aquí.

Pensando en los territorios (I). La construcción social

Años ha estuve trabajando en el PNUD y en particular en lo que iba a ser un informe sobre los territorios en Chile. Pasados varios años supongo que no estará de más publicar algo del material que fui produciendo a propósito de ese estudio. El PNUD hizo finalmente una publicación sobre desigualdad territorial, link aquí. En esta serie, por lo tanto, me limitaré a publicar textos que yo haya trabajado que no se refieran a temáticas publicadas por el PNUD

Esta serie tendrá tres entradas. En la primera un texto que muestra algo que es sabido y repetido, que el territorio es socialmente construido, y lo que hace es desplegar lo que implica en la práctica esa afirmación tan general. El segundo se dedica a describir los principales resultados de la encuesta 2016 sobre percepciones del territorio (como siempre en el PNUD estó también implicó análisis cualitativo, y si bien trabajé en lo que dice relación con el análisis de los grupos de discusión, y el documento de análisis puede verse aquí, no lo hice con las entrevistas, así que me limitaré por lo tanto al tema de la descripción de resultados de la encuesta). El tercero es un análisis del involucramiento colectivo con el territorio, tema de continuo interés en el viejo equipo de desarrollo humano, aun cuando personalmente creo que no era lo central. Ahí están datos de encuesta y de grupos, que fueron los que trabajé.

En cuanto a la primera me limitaré a citar dos párrafos de la conclusión:

La construcción social del territorio es compleja. Cada actor y cada proceso construye una forma de territorios, las dinámicas de construcción incluyen muchas dimensiones -al menos son simbólicas y materiales al mismo tiempo-, y generan un complejo mosaico de heterogeneidades y homogeneidades territoriales. No hay un solo territorio, y es necesario evitar la tentación de creer que una forma de construcción es privilegiada por sobre las otras. La complejidad de la construcción es parte del fenómeno territorial

(…)

La sola definición del lugar, el hecho que hay múltiples definiciones del lugar, genera un espacio para las disputas políticas. Iniciamos esta parte haciendo notar que la delimitación es parte de la definición del territorio y que ellas no son únicas; la concluimos recordando que las disputas son también parte de la definición del territorio, y que entre las cosas que pueden estar en disputa está, precisamente, qué y quienes están incluidos bajo un determinado territorio. La multiplicidad de la construcción territorial tiene una implicancia política.

El link al PDF aquí.

Contra la Sociología vulgar.

Por estos días estaba escribiendo un texto sobre algunas afirmaciones que creo son básicas para cualquier ciencia de lo social (que la vida social es construida, que es imprevisible y que es plural). El texto además intenta defender la idea que lo bueno de la tradición sociológica se basa precisamente en una reflexión sobre esas afirmaciones.

Al escribirlo hubo una reflexión que dejé fuera, y que quedó para esta entrada: Que al mismo tiempo existe una tendencia en sociología a tratar esas afirmaciones de una forma muy inadecuada: Al mismo tiempo, enfatizando y reduciendo el peso de la primera (construcción social); e intentando pasar por alto la primera (imprevisibilidad). Llamaremos a esa visión sociología vulgar, y a continuación procederemos a describirla.

En esta visión, la vida social es solamente un juego de poder entre distintos grupos que realizan ciertas demandas: Todo lo relevante que determina si esas demandas funcionan es si se tiene el poder para lograrlo. Ahora, una de las jugadas básicas en esa lucha por parte de los dominantes es hacer pasar la realidad social como algo natural, lo que es en ese momento como lo que siempre ha sido y siempre será. Frente a ello se reivindica el carácter construido de lo social. El sociólogo, el analista social en general, es quien desenmascara ese carácter construido -dado que el actor común y silvestre vive ingenuamente- y al mostrar que es construido, entonces se desvanece el control de dicha construcción -que sólo se basa finalmente en que es creído como natural.

La anterior descripción es una exageración, como suele ocurrir cuando se critica una posición en general. El caso es que aunque pocos defenderían abiertamente tales posiciones, y en general puesto así pondrían algunos límites y otros mecanismos, no deja de ser un tipo de argumento algo común, con el cual uno se encuentra con cierta regularidad.

Ahora bien, la vida social no opera de ese modo. Por cierto, si hay conflictos de poder, y claramente hay demandas, y las luchas políticas por que demandas se realizan es algo relevante; y también hay dinámicas de naturalización y el desnaturalizar algo suele producir crisis. La descripción de la sociología vulgar erra porque limita la vida social a ese tipo de procesos, porque finalmente niega que existan (o tengan relevancia) otros procesos; no lo hace cuando declara que ese tipo de procesos existen.

La sociología vulgar pasa por alto el tema de la imprevisibilidad de la vida social. Si todo se reduce a cuáles demandas son las que se realizan, si todo es asunto de tener poder suficiente para imponer la propia demanda, ello requiere -para que tenga sentido- que la vida social sea previsible: Que entre imponer una demanda y la consecución de sus objetivos no haya nada. No existen, o no son relevantes, cosas como las consecuencias inesperadas, o el hecho que los otros actores nunca terminan de comportarse de acuerdo a lo previsto, o que siempre está la probabilidad que se creen nuevas alternativas de acción, y así con todo lo que hace opaca la vida social. Hay plena transparencia.

La sociología vulgar reconoce que la vida social es construida, pero como hemos dicho limita la fuerza de esa construcción. Es una construcción que solo opera cuando hay un error categorial: Cuando se cree que lo social es natural. Cuando ello desaparece, entonces la construcción pierde fuerza. La construcción social es un mero truco de prestidigitación. Ahora bien, no es así: Sabemos que el lenguaje es construido socialmente, no por ello deja de operar, no por ello deja esa construcción de imponerse a los hablantes. El dinero es también una construcción social (una tecnología social en el sentido más estricto) y no por ello deja de operar, no por ello el no tener dinero deja de tener consecuencias por ejemplo. Los actores construyen la realidad social en un sentido fuerte, no tan sólo como creencia; y por ello, no basta con desenmascarar la construcción para que ella deje de operar.

Pasaremos por alto ahora (porque no se critica recordando las afirmaciones básicas que estábamos desarrollando, y requiere de otro abordaje) el rol que en este relato de la sociología vulgar juega el sociólogo: muy similar al del filósofo en la alegoría platónica de la caverna, es el único que conoce la verdadera realidad y entonces tiene que convencer al resto, que está sin su ayuda condenado a pensar que la ilusión es la realidad. Esa no es la posición de un analista social, quien no tiene poderes especiales para acceder a la verdad. Pero eso es asunto de otra entrada.

Más allá de la sociología vulgar, hay todo un campo de estudio y preguntas a responder y reflexionar. La sociología vulgar es un facilismo, una forma de ponerse en una posición sobre otros teniendo siempre una respuesta simple y evidente a las complejidades del mundo. Y como todo facilismo, algo a lo cual resistir.