La Racionalidad de la Acción Racional

Ese es el título, ¿quizás debiera pensar como mejorar los títulos que escribo?, de una ponencia que presenté ayer en el Coloquio de Sociología Económica. Para describirla, nada mejor que su resumen:

La teoría de la acción racional tiene la paradójica condición de ser al mismo tiempo dominante y fuertemente criticada. Por un lado, se dice que sin un concepto de racionalidad resulta imposible entender la acción; por otro lado, aparece como obviamente incorrecta. En esta presentación abordaremos discusiones recientes sobre el tema de la racionalidad a la luz de esa paradoja.

Muchos estudios experimentales han mostrado de forma muy clara las limitaciones de lo que podemos llamar acción racional estándar. Frente a ello cuatro reacciones básicas pueden establecerse: 1) Pensar en términos de racionalidad limitada -asumiendo esos descubrimientos como desviaciones, pero manteniendo el mismo estándar de lo que es racional. 2) Depurar el concepto de la acción racional a su base de racionalidad formal, lo que permite reinterpretar como racional mucho de lo que presuntamente queda fuera. 3) Ampliar la idea de racionalidad, incluyendo otros modos de racionalidad (en lo que quedan autores tan distintos como Boudon y Habermas). 4) Recuperar otros modelos de acción que van más allá de la racionalidad o la decisión, ideas de creatividad o de expresión quedan cubiertas aquí. Lo que resulta común son los límites de la idea estándar de acción racional.

Sin embargo, aquí es necesario volver al inicio: ¿Por qué a pesar de sus insuficiencias se vuelve siempre a esta idea? ¿Bajo que condiciones y qué estructuras puede aparecer un espacio para una acción que se acerque a la racionalidad? Esbozamos una respuesta basada en la combinación de unicidad de criterios y de castigo a la conducta que se sale de él: En situaciones que operan de ese modo puede aparecer la racionalidad.

El link aquí.

Thaler y el Premio Nobel de Economía

El día de ayer, se otorgó el premio Nobel de Economía (en realidad, el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas) a Richard Thaler. Buena parte de los comentarios se ha centrado en la importancia de la economía del comportamiento, tema al cual Thaler ha dedicado su investigación; y en que este campo, y Thaler en particular, ha mostrado que las personas son racionales, rompiendo con todo un importante dogma en la economía.

Me permitiré disentir de esa celebración. No en lo que se refiere a que se premie a la economía del comportamiento: Que la economía se dedique, como cualquier ciencia empírica, a analizar lo que las personas efectivamente hacen no puede ser más que celebrado. Pero es lo segundo, lo relativo a la racionalidad, lo que es incorrecto.

El  dogma más crucial de la economía no es tanto insistir en que las personas se comporten racionalmente, sino en la definición de lo que es comportamiento racional. Pensemos en todos las paradojas que son tan comunes en el rational choice -por ejemplo, el que las personas voten aun cuando racionalmente no debieran hacerlo (porque su voto no afecta el resultado). Todas esas paradojas lo son sólo desde la perspectiva de una forma bien concreta de pensar la racionalidad, no es que falten razones esgrimibles sobre el hecho de votar que vayan más allá del impacto en el resultado -pero es la economía la que decide que esas razones son irracionales. Lo mismo pasa con múltiples de las paradojas que describe la economía del comportamiento, como la famosa de Allais, en la cual las personas no se comportan de acuerdo a la utilidad esperada. Usemos la descripción de Wikipedia al respecto:

Primer experimento

  • Opción 1A: recibir 1 millón de dólares con probabilidad 100%.
  • Opción 1B: recibir 1 millón de dólares con probabilidad 89%, o 5 millones con probabilidad 10%, o nada con probabilidad 1%.

Segundo experimento

  • Opción 2A: recibir 1 millón de dólares con probabilidad 11%, o nada con probabilidad 89%.
  • Opción 2B: recibir 5 millones de dólares con probabilidad 10%, o nada con probabilidad 90%.

En varios estudios se halló que la mayoría de la gente elige las opciones 1A y 2B. Esto es inconsistente con la teoría de utilidad esperada, que indica que una persona debería elegir 1A y 2A, o bien 1B y 2B. Ello porque la teoría de la racionalidad dice que hay que descontar aquellas cosas que son iguales entre opciones -y tanto en la opción 1A y 1B hay un 89% de probabilidad de recibir 1 millón, por lo cual eso no cuenta; y tanto en la opción 2A como 2B hay un 89% de probabilidad de recibir nada, y ello no cuenta. Al descontar lo que la teoría dice que hay que descontar, entonces la opción 1A es igual a 2A (11% de probabilidad de recibir 1 millón) y la opción 1B es igual a 2B (recibir 5 millones con probabilidad 10% y nada con probabilidad 1%). Luego, si se elije A en una, se debiera elegir en ambas; si se elije B en una, se debiera elegir en ambas.

Pero, ¿por qué definir la racionalidad de acuerdo a esos principios? Siguiendo con el ejemplo de Allais,  él  mismo al diseñar esa paradoja lo hizo para mostrar que lo que era problemático era la concepción de racionalidad que estaba detrás de la racionalidad esperada. Allais estimaba que las elecciones de las personas eran perfectamente razonable (elegir 1A y 2B no es, en realidad, irracional). El lector puede pensar que elecciones le parecían razonable antes que se expusiera la descomposición y se planteara ese axioma de la racionalidad que pone la teoría de la utilidad esperada. Aceptar que la racionalidad puede ser algo diferente de lo que ellos pensaban que era, ha resultado difícil de aceptar para la economía. Al final, es la economía la que decide que es lo racional y que es lo irracional.

En otras palabras, la economía del comportamiento (con Thaler) comparte con la economía tradicional la misma concepción de lo qué es racional. Difieren en su visión de la empiria. Ahora bien, esto implica que ambos prefieren mantener la teoría de la racionalidad incólume, y unos niegan que la gente no se comporte así y otros dicen que las personas no se comportan racionalmente y que ello es, más bien, un problema con las personas (a las cuales se les podría llevar a que se comporten racionalmente, como dice la teoría que deben comportarse), pero ello jamás como un problema de la teoría que debiera cambiar la concepción sobre qué es la racionalidad. La razón es lo que los economistas dicen que es, no algo sobre lo cual se investiga.

No es tan ‘revolucionario’ entonces lo de la economía del comportamiento. Peor aún, se basa en la idea -que en realidad es bien peregrina- que son los economistas (u otros que también manejan esa racionalidad) quienes saben lo que es racional, y quienes juzgan al resto.  Que la racionalidad sea algo claro sobre la cual no existen debates es erróneo; que existan sus sacerdotes que deciden que es y que no es racional es algo impresentable.

Anotaciones a Economía y Sociedad VII: Racionalidad, cálculo y el socialismo en Weber

No deja de ser notorio al leer el Capítulo II de Economía y Sociedad las repetidas referencias que realiza Weber al tema del socialismo. No sólo ello sino que en diversas ocasiones las distinciones conceptuales (y recordemos que el capítulo es un vasto catálogo de distinciones) se construyen, en parte, para poder dar cuenta de la distinción entre socialismo y capitalismo (ver por ejemplo el § 14 donde es con base en esa distinción que se realiza la discusión sobre la cobertura de necesidades). Pero quizás lo más crucial, que es bastante conocido, es que buena parte de los éxitos predictivos de Weber dicen relación con sus declaraciones sobre el socialismo. Lo cual habrá que decirlo no deja de ser relevante. Weber escribe las páginas de la primera parte de Economía y Sociedad al final de su vida, en 1920, o sea a pocos años de la Revolución Rusa (y, a decir verdad, cuando no era claro que el nuevo régimen pudiera sostenerse), y a pocos años de las oleadas revolucionarias de la Europa central y oriental. Lo cual explica lo atingente del tema en sus páginas, pero al mismo tiempo nos muestra que las tendencias que Weber estaba declarando no eran para nada obvias en ese momento.

Habiendo dado varias razones para fundamentar el interés en lo que Weber dice al respecto, no quedará más que -entonces- dedicarse a mostrar que es lo que dice.

1. La imposibilidad del cálculo racional sin precios.

Uno de los primeros temas que Weber menciona en relación con su análisis de la economía es la importancia del cálculo para la acción racional. En ese sentido, distingue el cálculo natural (lo que se puede hacer sin tener un equivalente universal de valor como el dinero), y el cálculo racional formal que se puede realizar cuando hay dinero. Sólo en este último caso se cuenta con la posibilidad de tener un cálculo racional puro (la necesidad del dinero para la acción racional con arreglo a fines lo discutimos en una entrada anterior). El bien conocido argumento de von Mises al respecto ya está en ciernes en Weber, y ambos son contemporáneos: Si el socialismo, como era entendido a principios del siglo XX, era un sistema económico que no usaba dinero, entonces la planificación racional -que era una de las promesas del socialismo- sería imposible:

No se arregla nada con la creencia de que, una vez se enfrente uno de un modo decidido con el problema de la economía sin dinero, “ya se encontrará” o se inventará el sistema de cálculo apropiado: el problema es fundamental de toda “socialización plena”, y no puede hablarse, en todo caso, de una “economía planificada” racional en tanto que no sea conocido en este punto decisivo un medio para la fijación racional de un “plan” (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 12)

Más aún, para poder aprovechar el potencial de racionalidad formal del dinero requiere además las condiciones de la economía capitalista (Cap II, § 13): la lucha de mercado de economías autónomas; la posibilidad del cálculo de capital y luego sobre la libertad de mercado lo más amplio; que sea el deseo con mayor poder adquisitivo el regulador material. El dinero permite el cálculo racional, pero sólo lo puede hacer plenamente bajo ciertas condiciones -que son las que el socialismo eliminaba.

En algún sentido, la práctica de los socialismos reales en las siguientes décadas mostró que sin dinero y sin precios efectivamente no se podía administrar una economía compleja: Todos ellos debieron ocupar dinero para sus operaciones (no entraré aquí como esto afecta a la versión von Mises del argumento, dado que aquí queremos comentar a Weber). Aunque el rol de los precios en las economías del socialismo real claramente no era el del capitalismo moderno, si al menos permitía los elementos mínimos para lograr una administración racional. Pero como el mismo argumento de Weber lo establecía, incluso si resultaba necesaria su re-inclusión para una planificación racional, no podía cumplir plenamente su papel. Se podría decir que la experiencia del socialismo real (las décadas de funcionamiento del sistema) mostraban al mismo tiempo (a) la necesidad del uso del dinero para planificar y (b) la imposibilidad de lograr el máximo de racionalidad fuera del contexto capitalista.

2. La necesidad de la burocracia.

Un segundo tema que Weber discute con relación al socialismo es en el de la burocracia; en la cual se repita la dinámica de presentar una afirmación que iba en contra de lo que se esperaba del socialismo que a su vez se cumplió posteriormente. La utopía socialista, en particular a principios del siglo XX, era una que pensaba en la disolución del Estado, o que -para usar una frase de Engels- se podría pasar de la administración de los hombres al de las cosas. El peso de la organización sería menor para permitir el desarrollo libre de las capacidades. La sociedad actuando y decidiendo sobre ella no era vista como una organización burocrática que actuara sobre otros.

A este respecto, lo primero que hay que recordar  es que Weber establece que la dominación burocrático-legal (o sea, tener organizaciones) es lo que permite la racionalidad en el capitalismo -véanse sus reflexiones sobre lo necesario del trabajo libre, y dispuesto libremente, para la actividad capitalista; y sobre la separación de propiedad y gestión-. Así concluye que:

De igual manera que el capitalismo en el estadio actual de su desarrollo exige la burocracia -aunque uno y otra provengan históricamente de distintas raíces- asimismo constituye el fundamento económico más racional sobre el que puede subsistir aquella en su forma también más racional porque desde el punto de vista fiscal aporta los necesarios medios en dinero (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

La burocracia no es un elemento anti-capitalista (no estamos ante quien cree en la oposición de relaciones organizacionales y relaciones de mercado). Pero siendo algo plenamente establecido como capitalista, al mismo tiempo nos dice (y esto en el siguiente párrafo al que acabamos de citar) que:

En esto [está hablando de los requisitos técnicos de la burocracia] ninguna alteración podría introducir un orden socialista. El problema radicaría en si éste sería capaz de crear condiciones parecidas a una administración racional, que precisamente en este caso significaría una administración burocrática rígida, sometida a reglas aún más rigurosamente formales que las existentes en el orden capitalista (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

Weber no sólo enfatiza la necesidad -recordemos no obvia en ese momento- de la burocracia para el socialismo; sino además insistirá en la necesidad de una administración autoritaria en el socialismo (Cap II, § 41). Porque hacerlo de otra forma haría que los intereses contrapuestos de las personas salieran a la luz, y esto produciría ‘violentas luchas de poder’. No es sólo una regulación burocrática, sino además una ajena a cualquier forma democrática, lo que Weber piensa en afinidad electiva con el socialismo.

Nuevamente, bien se puede insistir en el hecho que la experiencia de los socialismos reales puede tomarse como un éxito predictivo de Weber.

3. Racionalidad material y racionalidad formal.

En toda la discusión anterior nos hemos basado en una ambigüedad del concepto de racionalidad. En nuestra defensa bien podemos defender que es una ambigüedad existente en el propio Weber. Examinarla nos permitirá observar de mejor forma los fundamentos y límites del argumento weberiano.

Básicamente, hasta ahora hemos usado como equivalente lo racional con la racionalidad formal, la que se define solamente en términos del grado de cálculo. Pero Weber además distingue la racionalidad material, cuando el abastecimiento está orientado por ciertos postulados de valor (Cap II, § 9). Como ya dijimos, en cierto sentido es una trasposición de la división entre acción racional de acuerdo a fines y valores. Luego, plantear que algo no es plenamente racional formalmente no quiere decir que no sea racional, dado que hay otra forma de racionalidad. Sin embargo, el mismo Weber tiende a hacer equivalentes la idea de racionalidad con la idea de racionalidad formal, y luego lo que hace inviable la racionalidad formal como cercano a lo irracional.

Ahora bien, lo central de la diferencia entre ambas formas de racionalidad dice relación con la posibilidad del cálculo. Es la racionalidad formal la que requiere dinero, porque la racionalidad material bien puede usar un cálculo natural (ver Cap II, § 9). Éste último no operar de una forma sencilla como reducción a un simple estándar de valor formal, dado que eso es precisamente lo que le suelte faltar: Tiene que combinar diversas producciones heterógeneas  sin un marco único. Pero ello vuelve al cálculo natural algo difícil de realizar, más no imposible (toda gestión de hacienda se basa finalmente en cálculos naturales, y gestión de hacienda es algo que las familias siempre hacen con relación a su abastecimiento); y no por ello irracional.

No es sólo que ambas formas de racionalidad sean efectivamente formas de racionalidad distintas; sino además Weber enfatiza que están usualmente en conflicto. Lo que es racional formalmente suele no serlo materialmente; lo que es racional materialmente suele no serlo formalmente. Y ello constituye una irracionalidad irrebasable:

Las racionalidades material y formal (en el sentido de un cálculo exacto) se separan cabalmente entre sí en forma tan amplia como inevitable. Esta irracionalidad fundamental e insoluble de la economía es la fuente de toda “problemática social” y especialmente de todo socialismo (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 14)

Aunque Weber suele enfatizar, dada la equiparación común entre racionalidad formal y la racionalidad, el hecho de la irracionalidad de la racionalidad material, tampoco olvida lo contrario. En la siguiente crítica es desde un punto de vista de racionalidad material que se realiza una crítica al mundo racionalizado formalmente:

En conjunto todo el esfuerzo de una generación no ha consistido en otra cosa que en una crítica de los resultados que para la provisión natural de bienes ha tenido una orientación de la economía por la idea exclusiva de rentabilidad (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 12, 2)

Con lo cual entonces podemos volver al punto de inicio: ¿Cuán irracional tiene que ser el socialismo, en particular, cuan irracional tendría que ser la administración sin dinero? El carácter de irracional asignado al socialismo es válido para la racionalidad formal, más no necesariamente para la racionalidad material. Más aún,  sabemos que existen administración de hacienda bajo cálculo natural, o sea sin dinero; y que ella bien puede ser racionalizada. No permite llegar al cálculo formal, pero sabemos que esa forma de administración existe.

La asignación de irracionalidad requiere, entonces, algo más que la simple ausencia de cálculo forma de acuerdo a los planteamientos del mismo Weber. Para resolver este tema, podemos observar un argumento de Schumpeter (a quién supongo nadie acusaría de socialista) sobre la posibilidad de la planificación socialista.

NOTA: Al hablar de las diferencias del cálculo natural y el monetario, Weber hace mención que las estadísticas disponibles en su época suelen ser estadísticas naturales (por ejemplo, de producción). Lo que no existe es la operación que transforma toda la economía en algo monetario, que Weber dice sólo puede tomarse en serio para intereses fiscales (está pensando específicamente en la transformación del patrimonio en dinero, ver Cap II, § 12, 2). Las cuentas nacionales en la época de Weber sólo estaban en su infancia, y sólo en décadas posteriores se creó el PIB -o sea, el transformar toda la producción en una sola cifra determinada por el dinero. Y si bien no fueron estrictamente intereses fiscales lo que la crearon, fueron intereses estatales; y con ello la posibilidad de pensar en una gestión global de toda la economía bajo el canon de la racionalidad formal. El que los gobiernos, por ejemplo, se pongan como objetivo, y monitoreen, el crecimiento de la economía es, en ese sentido, una ampliación de la racionalidad formal que Weber no conoció.

Y, por cierto, las críticas al PIB como forma de medición de la economía siguen con exactitud la diferencia entre racionalidad formal y material. En algunos sentidos, todavía no hemos superado para nada a Weber.

4. El argumento de Schumpeter.

El argumento de von Mises, que como hemos dicho ya estaba en Weber, sobre la imposibilidad de la planificación racional en el socialismo, ha tenido una importante difusión al interior de quienes han seguido a la escuela austríaca. Pero no tuvo, uno podría decir, tanto impacto en la economía neoclásica; y también fue rechazado por integrantes de la escuela austríaca. En el caso de la economía neoclásica es clara la razón: Para esta última la racionalidad maximizadora es una condición universal del comportamiento humano, y luego ponerle una condición social (requiere dinero) no era conducente. Los argumentos anti-socialistas al interior de esa vertiente tienen otras figuras (enfatizando no que no se puede ser racional, sino que no es eficiente como arreglo). Más interesante es el argumento al interior de los austríacos.

Schumpeter escribiendo en 1942 Capitalismo, Socialismo y Democracia, declaraba no entender la idea (y recordemos que él escribe tras décadas de socialismo real, o sea sabiendo que era posible que se mantuviera, no era una entelequia). Para él si resultaba posible la planificación bajo el socialismo. El argumento de Schumpeter no es propio (sigue a Enrico Barone en esto), pero siendo conocido, parte del mismo medio en que aparece el argumento anti-racionalista del socialismo y partiendo de la base en que encuentra el carácter racional del socialismo evidente (así lo dice en Parte III, Cap XVI, 1) resulta de interés.

El argumento es alambicado (está en el Cap XVI) pero: (a) En una sociedad socialista sería necesario un mecanismo político para asignar un criterio de distribución (no sería posible el automático de una sociedad mercantil), pero aunque fuera arbitrario permitiría el cálculo de los agentes económicos, (b) la distribución a las personas de un resguardo de derecho al consumo de bienes, y ello permitiría formar precios (al menos, permite formar demanda y a que precios las personas estarían dispuestas a adquirir productos), (c) el problema de cuanto generar de cada producto, lo que estaba asumido en lo anterior, se puede resolver a través de generar condiciones, y ello permite que para cada industria se le genere el mismo tipo de decisión que resuelve en una sociedad capitalista (y si la última es racional, a fortiori la primera también lo es), (d) ello requiere establecer un precio por la junta central de planificación, pero ello es el mismo que ocurre en una sociedad capitalista: aquel que permite vaciar el mercado. En última instancia, una economía socialista planificada puede replicar todos los elementos que permiten la racionalidad de la acción capitalista.

En suma, aún sin mercados

tendría que haber una autoridad para hacer la evolución, esto es, para determinar los índices de significación para todos los bienes de consumo. Siéndole dado un sistema de valores dicha autoridad podría hacer esto de una manera perfectamente determinada, igual que puede hacerlo un Robinson Crusoe (Capitalismo, Socialismo y Democracia, Tercera Parte, Cap XVI, 6)

Pero he aquí entonces el punto central. La visión de Schumpeter podría refutar una argumentación à la von Mises, pero en el caso de Weber existe una contra-réplica importante: Robinson Crusoe puede hacer un cálculo natural (una administración de hacienda) pero no un cálculo formal, precisamente porque le falta un estándar común de valor. El dinero es precisamente ello (y el argumento de Schumpeter hace uso de equivalentes a dineros y precios, de transformar todas las demandas naturales de bienes en equivalentes); y a falta de dinero no se puede hacer un cálculo racional formal. Lo que explica, siguiendo a Weber, como ya dijimos porque las economías socialistas reales tuvieron que ocupar dinero finalmente.

Existe un argumento ulterior también basado en Weber: la necesidad de una burocracia autoritaria. Schumpeter observa la necesidad de una burocracia pero la ve más que nada como un equivalente a la función ‘cognitiva’ del mercado (à la Hayek): la de reunir información. En última instancia, es la personalización real del subastador de Walras. Pero en Weber una burocracia centralizada no puede limitarse a ello. El argumento de Schumpeter se basa en un alto grado de libertad de los agentes (i.e es cada industria la que toma decisiones, al igual que cada consumidor; la agencia de planificación lo que hace es reunir la información que generan esas decisiones y distribuirla a los agentes económicos), pero ello -en Weber- implicaria volver a recrear el conflicto de intereses, que eliminaría la posibilidad de una planificación efectiva.

En suma, aquí las dos hebras de la argumentación de Weber se reúnen El modelo que plantea Schumpeter, que permitiría evitar la imposibilidad de cálculo racional sin precios, sería imposible porque implicaría un modelo no-autoritario, y es ello lo que, finalmente, no resulta posible.

5. El carácter abierto de la vida social.

¿Es esa la conclusión final? En general, los textos de Weber son relativamente caústicos sobre las presunciones existentes sobre el socialismo, y plantea que -de mantenerse- requiere una motivación extra-económica, en particular, más allá de los intereses. Pero que ello, resulta difícil de esperar para la masa de la población (Cap II, § 41). Quien todavía desee socialismo por consideraciones de valores (de racionalidad material) nada tiene la ciencia, nos dice Weber, que decirle sobre ese deseo, pero al mismo tiempo que se haga sin ilusiones incorrectas.

Pero hay algo más. La dificultad se debe, en última instancia, a una ausencia: A la ausencia de un instrumento que permita un cálculo preciso en condiciones de racionalidad material. Weber mismo cree, como plantea la cita inicial, que buscar ese cálculo no es posible. Pero al mismo tiempo:

Pero tampoco debe olvidarse nunca que las formas de empresa y de explotación, como todo producto técnico, tienen que ser “inventadas” (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 39).

Tampoco debe olvidarse que no conocemos el límite de las capacidades de invención de los actores. Las posibilidades del mundo no están cerradas, sino que están abiertas. A estas alturas, toda la larga literatura sobre planificación socialista puede verse como un ejercicio en la futilidad, y plantear que nunca pudieron resolver los límites que planteaba Weber al principio (nunca pudieron resolver el tema de la racionalidad fuera del capitalismo). Pero la existencia de esa literatura mostraba que había mucho paño que cortar más allá de la simple declaración inicial de imposibilidad; y nos muestra, además, que los límites de esa literatura no necesariamente son los límites de lo que podría descubrirse. Que el mundo sea abierto no implica que todas lo pensable sea posible, pero sí implica que no sabemos plenamente que es lo posible.

La racionalidad más allá de la maximización. Los conceptos económicos de Weber

Aunque el texto se llama Economía y Sociedad, y todo el segundo y largo capítulo es ‘Las Categorías Sociológicas Fundamentales de la Vida Económica’, en general la interpretación de Weber no le ha dado una importancia central a su pensamiento sobre la economía. La sociología weberiana ha sido pensada como una sociología de la dominación o como una sociología normativa, o finalmente como sociología de la racionalización. Pero ahí puede decirse que está la conexión con la economía: ¿La noción de racionalidad con arreglo a fines no es equivalente a la usada en economía? En esa fácil equiparación hay una serie de saltos en los que conviene pararse para poder efectivamente comprender qué es lo que nos dice Weber sobre la racionalidad y la economía.

Entre las nociones estándar de racionalidad en economía y la discusión weberiana, que recordemos conocía y se basa en parte importante en las disquisiciones conceptuales del marginalismo, existen diferencias notorias. Weber no centra su descripción de la actividad económica racional en un rasgo que resulta central para la economía: la idea de maximizar u optimizar (de hecho, ni siquiera la noción más débil de satisfacer). Lo que enfatiza Weber es algo similar pero que no es idéntico: lo que enfatiza es el cálculo. Veamos su descripción de lo que considera son las actividades económicas racionales:

Las normas típicas de la economía racional son:

  1. distribución con arreglo a plan, entre el presente y el futuro (ahorro), de aquellas utilidades con las cuales, cualesquiera sean sus fundamentos, creen poder contar los sujetos económicos:
  2. distribución con arreglo a plan, entre las varias posibilidades de empleo, de las utilidades disponibles, siguiendo el rango de la estimada importancia de aquellas; según su utilidad marginal (…)
  3. obtención con arreglo a plan -elaboración y acarreo de aquellas utilidades cuyos medios de producción se encuentren todos dentro del poder de disposición del sujeto económico
  4. adquisición con arreglo a plan de los poderes de disposición o de codisposición sobre aquellas utilidades (Economía y Sociedad, Primera Parte, Capítulo II,§ 4)

Es la idea de arreglo a plan lo que resulta crucial. Pero en ninguna parte se hace mención al tema de maximizar u optimizar. Ahora bien, se podría decir que lo de maximizar está implícito. Weber define la acción económicamente orientada por el ‘deseo de obtener ciertas utilidades’ (Economía y Sociedad, Primera Parte, Capítulo II,§ 1); y en esa búsqueda de utilidades bien se podría decir ya está el tema de maximizar. Pero el mismo Weber nos recuerda que esa búsqueda de utilidades puede tener sentido más bien tradicional y no racional, por lo qué no se debe deducir de la idea de buscar utilidades noción alguna de maximizar.

Resulta necesario recordar aquí la vieja admonición: La noción de racionalidad en Weber es compleja, y nunca se olvida nuestro autor de recordarnos que racionalidad se dice de múltiples formas. En este contexto ello no sólo se refiere a la racionalidad con arreglo a valores (y su cercano, la racionalidad material, ver la definición en el § 9 del capítulo citado). Sino incluso cuando estamos hablando de racionalidad con arreglo a fines, no toda ella es racionalidad  económica. Weber se cuida de diferenciar a esta última de la racionalidad técnica (en estricto rigor está diferenciando el punto de vista técnico del económico, pero aplica a sus versiones racionales). El ejemplo que usa Weber es si una máquina debiera construirse con hierro o platino

En cuanto de aquí [preocupado del menor gasto de energías] se pasara a considerar la diferencia de escasez del hierro y del platino en relación con la demanda total -como hoy día todo “técnico”, ya en el laboratorio químico, está acostumbrado a realizar- no  tendríamos una conducta “exclusivamente técnica” (en el sentido literal adoptado) sino también económica. Desde el punto de vista de la “gestión económica” los problemas “técnicos” significan esto: que deben tenerse en cuenta los costos (Economía y Sociedad, Primera Parte, Capítulo II,§ 1, n 5)

Nuevamente, a partir de la diferencia entre la racionalidad técnica y la económica se podría buscar la idea de maximizar u optimizar: Que es a través de ese tomar en cuenta el costo que se introduce dicha noción. Y sin embargo, también de nuevo, se puede retrucar que Weber sigue sin mencionar el tema de la optimizar u maximizar. Lo que nos dice es que la actividad económica toma en cuenta los costos, no que está buscando maximizar la utilidad. La actividad económica tradicional está orientada por la utilidad, pero no por ello es racional.

Uno se puede acercar a una conducta maximizadora en Weber a través de la discusión que hace del dinero. En primer lugar, nuestro autor hace notar que:

Considerado desde un punto de vista meramente técnico, el dinero es el medio de cálculo económico “más perfecto”, es decir, el medio formal más racional de orientación de la acción económica.
El cálculo en dinero -no el  uso efectivo mismo- es por eso el medio específico de la economía de producción racional con arreglo a fines (Economía y Sociedad, Primera Parte, Capítulo II, § 10)

Y esto porque el dinero simplifica el cálculo: Mientras que el cálculo ‘natural’ (o sea sin dinero, § 12) es complejo, cuando éste se realiza a través del medio dinero la búsqueda de la utilidad marginal (Weber mismo usa el término) se facilita. Lo que permite que el dinero realice esa simplificación es el hecho que éste (como todos los medios de pagos cartales, a los que pertenece): ‘ se pueden dividir en trozos; es decir, que llevan un determinado valor nominal o un múltiplo o fracción del miso, de tal suerte que con ellos es posible un cálculo puramente mecánico’ (Capítulo II, § 6).

La posibilidad de maximizar en realidad aparece cuando contamos con un medio que nos permite reducir todos los valores a una sola medida. Lo que en la teoría económica estándar se asume que es operación disponible para todos los actores (i.e que todos los actores pueden calcular como lo hace el propio teórico economista); Weber nos dice que socialmente sólo aparece cuando se desarrolla un medio específico. Se puede pensar en maximizar en abstracto sin dinero (suponiendo funciones de utilidades), en la vida real ello se puede realizar sólo si hay dinero de por medio.

Lo que nos dice Weber finalmente es que la posibilidad real de la racionalidad económica de la teoría estándar depende de situaciones sociales concretos: Aquellos en los cuales se tiene disponible el cálculo monetario. Incluso ampliando a Weber e insistir que lo que dice del cálculo natural, que siempre tiene su dimensión tradicional (en el mismo § 10 antes citado) se puede ampliar a todo cálculo: El no todo es contractual en el contrato de Durkheim uno podría obtener un equivalente weberiano, de no todo es calculable en el cálculo. Más allá de ello, lo que nos queda es la otra conclusión: Lo que puede haber de racionalidad económica maximizadora en la realidad depende de la aparición de dispositivos sociales; y que la racionalidad no se reduce a sólo maximizar u optimizar.

NOTA. Cito de acuerdo a la recientemente publicada 3a edición en español (revisada por Francisco Gil Villegas) del Fondo de Cultura Económica del 2014.

NOTA II. Como no hay forma mejor de estudiar un texto que trabajarlo, imitaremos a los buenos estudiosos medievales y nos dedicaremos este febrero a una serie de anotaciones a Economía y Sociedad.

ADDENDUM. Calculabilidad y optimización.

Quizás no esté de más recordar que hay pasajes en Economía y Sociedad donde se hace mención de una equiparación entre calculabilidad y optimizar: calculabilidad óptima para el cálculo de capital (§ 11), plantear como explicación en parentésis de caculabilidad lo óptimo (§ 25, I). Ninguna de esas frases, y otras similares, elimina la diferencia que hemos puesto. En la primera la equiparidad entre cálculo y optimizar se hace en el contexto de cálculo de capital, pero es precisamente la tesis de esta nota que es el dinero lo que permite esa equiparidad (no es algo universal). Y en la otra referencia la pregunta inicial es sobre maximizar, lo que hace que en ese contexto se puede hacer equiparable: calcular para obtener el óptimo.

Sin embargo, en general no se puede hacer equiparable la idea de cálculo con la de optimizar o maximizar. Es precisamente la complejidad del cálculo natural lo que nos habla de situaciones en que se calcula sin tener criterio único para maximizar.

Las funciones del criterio de racionalidad en la investigación social

El criterio de racionalidad, la diferencia entre la acción racional y la irracional, es parte importante de varias tradiciones teóricas. Habermas, que abre La Teoría de la Acción Comunicativa como una teoría de la racionalidad. Más recientemente, y en otra tradición muy distinta, discutiendo sobre la recepción de diversas ideas que flexibilizan los requerimientos de las teorías del actor racional Gianluca Manzo menciona que:

As remarked by Abell, the understanding of preferences and actions in terms of reasons implies that the distinction between rationality and irrationality is blurred. As a consequence, a priori, without any restriction on the kind of reasons that actors can mobilize, prediction is difficult (Manzo, Data, generative models and mechanisms, Cap 1 en Analytical Sociology, Wiley, 2014, p 25)

¿Por qué ciencias empíricas debieran darle importancia a esa diferencia? En el caso de Habermas, y similares, que se ubica en la frontera entra filosofía y ciencias sociales, se puede plantear que la racionalidad ocupa otros papeles y que la importancia de la racionalidad es menos discutible. Pero para un análisis empírico de la realidad, ¿cuál es la relevancia de la categoría como tal?

El texto de Manzo nos presenta un argumento: Que sólo el criterio de racionalidad nos permite predicción. Sin embargo, el argumento parece más bien débil: Hay múltiples teorías individuales del actor que han hecho predicciones sin usar ideas de racionalidad; y bien sabemos que la teoría del actor racional no presenta necesariamente predicciones claras (como la amplia familia de soluciones en teoría de los juegos atestigua, cada una de ellas una forma distinta y presuntamente racional de limitar el número de soluciones aceptables). Con lo cual volvemos a la pregunta inicial: ¿Por qué debiera ser relevante la racionalidad?)

Una perspectiva en torno al tema es la de insistir que todas las acciones son racionales. Gary Becker, para dar un ejemplo, dedicó toda su carrera a ello: a mostrar que cualquier conducta que a primera vista parecía irracional podía mostrarse como racional. En cierto sentido, es un procedimiento algo vacío: No hay conducta para la cual no pueda inventar un modelo bajo el cual sea racional. Sin embargo, tiene utilidad, si se quiere, en un sentido heurístico: como un principio bajo el cual buscar explicaciones (así es como trata la idea de la acción racional Granovetter en su célebre Economic Action and Social Structure de 1985). En todo caso, no funciona como un principio empírico, no es una hipótesis contrastable ni refutable, sino a lo más una máquina para generar hipótesis que sí podrían ser contrastables.

Frente a ello, lo otro es insistir en que la diferencia entre acción racional y acción irracional es una diferencia empírica: Que corresponden a diferentes tipos de acciones. Es un procedimiento de raigambre clásica si se quiere: Weber y Pareto lo usaron ambos en sus clasificaciones de acción. Pero este camino produce problemas incluso más fundamentales.

Es común en la tradición que enfatiza la idea de la acción racional plantear que una de las ventajas de la explicación racional es que ‘se explica a sí misma’: una vez que alcanzamos una explicación racional no necesitamos nada más para comprenderla (Coleman y Elster han dado argumentos de esa índole). No estará de más recordar a Weber quien en los Conceptos Fundamentales al inicio de Economía y Sociedad nos plantea, en repetidas ocasiones, que la acción racional con arreglo a fines tiene la máxima comprensión. Ahora, si ello es cierto y además la acción racional es sólo un tipo de acción, entonces nos encontramos con que muchas acciones quedan fuera de lo comprensible: Weber dice eso de forma casi explícita al referirse a la acción tradicional o afectiva; un autor como Elster tiene que reconocer que existen normas y valores pero no tiene forma de explicarlos o comprenderlos (en The Cement of Society de 1990 por ejemplo ello es muy claro). Si recordamos que la alternativa de pensar que todas las acciones son racionales tiene la virtud de escapar lo anterior al precio de la imposibilidad de la prueba empírica.

En cualquier caso el principal problema de quienes piensan que es una diferencia empírica es más bien otro: ¿Cómo podemos diferenciar una acción racional de una irracional? Ello requiere, indefectiblemente, un criterio externo a los actores: El investigador conoce lo que es racional y a partir de ello puede medir la diferencia de la acción real (lo que Popper llamaba el método cero). En algunas ocasiones lo anterior puede tener sentido. Por ejemplo, en las investigaciones de sicología cognitiva, donde el investigador conoce la respuesta correcta (porque conoce efectivamente todos los datos de la situación que le presenta al investigado) puede, en principio usarse.

Ahora bien, el criterio externo no es algo universalizable. En buena parte de las situaciones -específicamente, en todas aquellas situaciones que no son de laboratorio- no conocemos la respuesta racional, por la simple y sencilla razón que no conocemos las reglas del juego. O para decirlo de otra forma, cuáles son las reglas del juego es algo que hay que investigar, es desconocido tanto para investigadores como para investigados. Al fin y al cabo, nunca hay que olvidar que los investigadores no son más que simplemente un tipo de actores, que no tienen ningún acceso especial al mundo. La dificultad para en contextos empíricos reales de establecer cuál es la acción racional lo debiera dejar en claro las discusiones entre los mismos investigadores sobre, por ejemplo, criterios de racionalidad. Conocer el mundo no es una actividad trivial. Cualquier revisión de la literatura sobre la racionalidad en torno al conocimiento nos recordará, por cierto, que se puede ser perfectamente racional y tener creencias objetivamente falsas (y lo contrario también es cierto). Lo cual hace que no sólo conocer el mundo no sea trivial, y por tanto determinar que es lo racional no lo sea; sino que incluso sabiendo cómo es el mundo en determinado ámbito con ello tampoco es suficiente para determinar qué es lo racional.

En última instancia, no se puede generalizar ni universalizar una idea que requiere un criterio externo sencillamente porque no tenemos criterio externo genérico. Los investigadores no son una población distinta de los investigados y ello vuelve imposible que ellos tengan un criterio externo establecido para diferenciar entre los investigados que es lo racional y que es lo irracional.

Con lo cual volvemos al punto de partida: Al parecer no hay uso para el criterio de racionalidad, en particular no hay uso para la distinción entre acción racional y acción irracional, en las ciencias sociales empíricas. Podemos usar heurísticamente un criterio universal de acción racional para crear hipótesis de modelos de comportamiento. Y más en general, podemos usar el criterio que las acciones tienen sentido -son ‘razonables’ y comprensibles por otros, aun cuando para entenderlas tengamos que salir de la idea de racionalidad y abandonar el criterio.

Pero la diferencia entre acción racional y acción irracional resulta inusable. Quizás a los investigadores les gusta usarla porque ella permite mantener una diferencia clara entre ellos (que acceden y determinan qué es la racionalidad) y los investigadores (que para que sus acciones sean racionales deben superar las pruebas que los investigadores ponen).

 

Los límites de la razón instrumental. Cierre y apertura al otro.

Como se ha dicho en diversos lugares, y en este mismo sitio, la razón instrumental presenta varios límites en tanto razón -o sea, desde un criterio interno. En esta entrada discutiremos una de ellas.

Desde el punto de vista de un actor racional instrumental -de acuerdo a los lineamientos del rational choice– lo único que interesa a un actor es adecuar sus medios a los fines que tiene dados. Desde ese punto de vista, los otros actores sólo pueden ser tratados como medios -incluso si un actor racional incorpora dentro de sus fines a otro actor, una vez establecido ese fin vuelve a tratar al otro actor como un medio. Estos actores que mutuamente se tratan como medios interactúan, entonces, mediante intercambio y negociaciones. En la autocomprensión de esta teoría, entonces en este intercambio cada uno obtiene beneficios y es por ello que ocurre.

Sin embargo, dicha autocomprensión es limitada porque no da razón de porqué un actor instrumental debiera preferir o intentar negociar e intercambiar cuando se relaciona con otros. El intercambio es, necesariamente, un costo para el actor -tiene que entregar algo, y desde su punto de vista sería mejor obtener algo a cambio de nada. Luego, si intercambia es porque no tiene otra forma de interactuar con otro. Pero, en la medida en que le sea conveniente eliminar esos costos, y forzar al otro actor a entregarle algo sin recibir, lo hará. Lo único que evita ello es la conveniencia de esa acción (los costos que involucra forzar a otro actor vis-a-vis los beneficios que puede obtener de ello), pero no hay nada en la concepción del actor que evite ello.

En otras palabras, desde la perspectiva de la teoría del actor instrumental lo mejor que le puede ocurrir es que el otro no sea un actor, en otras palabras que sea efectivamente sólo un instrumento del actor original. En este sentido, es una teoría radicalmente cerrada a la perspectiva de los otros: el otro sólo puede ser un costo para el actor. La voluntad del otro actor sólo puede ser un costo. En algún sentido, la acción instrumental -al igual que Sartre- plantea que el infierno son los otros.

Esto nos permite entender mejor algo que se planteaba el principio: Que incluso si el otro es incorporado en los fines, sigue operando como medio. Porque una vez que el actor decide incorporar el bien del otro en su propio fin (‘quiero que esté bien’), puede decidir hacer determinada acción o intentar que la otra persona la realiza, y ésta bien puede negarse. Y esta posibilidad de negación al medio establecido lo transforma en costo.

Ahora bien, ¿tiene sentido sólo tratar a los otros como costos de la propia acción? El actor instrumental es, finalmente, un actor cerrado, autorreferente. Ahora en sí mismo la autorreferencia del actor no es tan problemática si se reconoce que es a través de la relación externa que termina de constituirse completamente (la autorreferencia es, digamos, estructural -es la estructura la que establece como es afectado un objeto por algo externo, pero no por ello deja de ser afectado).

Pensemos en el caso del recientemente fallecido Gary Becker. En De Gustibus non est disputandum de 1977, escrito con Stigler, enfatizaba gustos constituidos eternos y universales: todo podía entonces ser explicado por las variables del actor instrumental. Posteriormente matizó su afirmación, estableciendo como los gustos eran producidos -de acuerdo a mecanismos que, por supuesto, eran explicables instrumentalmente. Más allá de la corrección de sus ideas, lo que nos interesa es que sólo a través de las relaciones con entes externos es que se podían, finalmente, construir los gustos concretos -más allá del cierre autorreferente de las estructuras permanentes de la instrumentalidad.

Y pensado así, entonces es relevante establecer la condición de posibilidad permanente que implica la apertura al otro: Éste no es sólo costo a superar sino fuente de alternativas que no serían posibles (o siquiera pensables) para el actor considerado en sí mismo. Los otros están involucrados en acciones, sentimientos, pensamientos etc. que superan en mucho a lo que cada actor podría dar. Y luego, observar al otro sólo como un costo para el logro de los beneficios individualmente concebidos es una forma en que el actor se limita a sí mismo. Estar abierto a las posibilidades que los otros entregan -para bien o para mal- es una forma de potenciamiento del propio actor.

Más allá de la acción como reacción. Otra crítica a la acción racional.

Por todas las limitaciones que tiene la perspectiva de la acción racional sigue siendo (y seguirá probablemente) parte del sentido común básico de las ciencias sociales y de las sociedades contemporáneas. Las razones de ello son en principio interesantes pero por ahora no las abordaremos. Aunque por supuesto es relevante que se mantenga como el sentido común teniendo tantas limitaciones y problemas.

En esta oportunidad nos centraremos en una de estas limitaciones. La racionalidad de la acción racional es, como sabido es, instrumental: Una relación medios-fines. Lo cual implica que, finalmente, siempre ha tenido problemas para pensar la acción expresiva. En otras palabras, tiene problemas para pensar en la acción que es fin como tal (o que es deseada o produce utilidad como tal, si se usa otro lenguaje). Las acciones se presumen realizadas para obtener algo que es distinta de ellas, y las acciones se eligen para maximizar ese algo. Pero cuando ese algo es una acción la situación se vuelve más compleja.

Hay, por supuestos, alternativas a este respecto. Una de ellas era la de Elster, que consistía en minimizar la relevancia de la acción expresiva (‘es menos común’). Otra es la hiper-heroica de aplicar el modelo a esa misma acción (insistiendo en separar la acción del disfrute asociado y por lo tanto permitiendo verla como medio, que en algún sentido era lo que hacía Becker). La situación no deja de ser relevante: Si los seres son racionales y maximizan algo, eso implica que en algún momento han de usar lo que maximizan. Y eso ya sería expresivo en cierto sentido. Si nunca se usa lo maximizado entonces, claro está, la acción racional como tal -y éste es un punto antiguo que ya hacía Weber- queda bajo el signo de la irracionalidad.

El caso es que a pesar de las dificultades, hay formas de incorporar la acción expresiva bajo la idea de la acción racional, y el número y habilidades de quienes siguen tal idea aseguran una diversidad de modelos para dar cuenta de lo anterior.

Lo que nos interesa es otro elemento, que subyace a la anterior discusión. La visión de la acción racional piensa la acción como emergiendo de la carencia: Es para obtener algo que al sujeto le falta (y como las necesidades son infinitas, siempre le falta algo) que se realiza algo. Un sujeto que, presumiblemente, tuviera todo lo que necesitare o desease nada haría. Y sin embargo, ¿es eso cierto? A veces tengo la sospecha, más bien, que la plenitud es activa: Que por puro ser, que por puro placer de desplegar lo que uno puede hacer es que uno hace las cosas (y que ello es, finalmente, el impulso creativo). Que imaginar la acción sólo como carencia es algo típico de una vida carenciada.

La Actualidad de la Dialéctica de la Ilustración

La teoría crítica clásica, y este es uno de sus textos fundamentales, ha conocido tiempos mejores. Quienes tienen el temperamento crítico probablemente no se vean atraídos por una visión que siendo muy crítica del proyecto moderno no es sólo critica de éste; y que más aún, hace la crítica desde ese mismo proyecto. Quienes basan su talante crítico en una defensa de los grupos dominados y de sus resistencias, no se verán atraídos hacia una tradición que nunca creyó mucho en ello y que además sospechaba sobremanera de la cultura popular de masas.

Con todo algunas de sus tesis centrales bien pueden ser útiles para entender el mundo contemporáneo. Una cita en particular nos será útil al respecto:

Ella [la Ilustración] contempla las pasiones “como si fuese cuestión de líneas, superficies o cuerpos”. El orden totalitario se ha tomado esto absolutamente en serio. Sustraído al control de su propia clase, que mantuvo al hombre de negocios del siglo XIX en el respeto y el amor mutuo kantianos, el fascismo que ahorra a sus pueblos los sentimientos morales mediante una disciplina de hierro, no necesita ya guardar una disciplina alguna. En contra del imperativo categórico y en tanto más profunda concordancia con la razón pura, trata a los hombres como cosas, como centros de modos de comportamiento (Dialéctica de la Ilustración, Excursus II: Juliette, o Ilustración y Moral, p 133-134, Trotta).

La Ilustración, así se inicia el libro, es el intento de liberar a los seres humanos a través de una razón instrumental y dominadora, a través del dominio sobre la naturaleza. Pero en su evolución, la razón -que no conoce otros límites que los que ella se pone a sí misma- empieza a traspasa su visión instrumental hacia los seres humanos que inicialmente era la idea liberar y se transforma entonces en barbarie. Adorno y Horkheimer, escribiendo durante la II Guerra Mundial, tenían muy en claro de qué barbarie se estaba hablando.

Ahora bien, la tesis como tal ha sido discutida, y se ha contra-argumentado que la barbarie de los totalitarismos no fue un producto de la Ilustración y de la modernidad, sino de su reacción: Que si pensamos en la razón ilustrada como una razón individualizante, entonces los colectivismos que produjeron la barbarie fueron contra-modernos. Y pensada así la modernidad bien podríamos aducir que no es casual que ellos no ocurrieran en la vertiente más individualizada (y menos racionalista y más empirista si se quiere insistir en ese punto) de la modernidad que es la anglo-sajona (países en los cuales nunca hubo fascismos relevantes en la época).

Lo anterior puede ser suficiente para defender la idea que la Ilustración no lleva necesariamente a las barbaries de mitad del siglo XX, pero sigue siendo insuficiente (un cop-out). Porque esas mismas barbaries sólo son posibles con la razón ilustrada (antes de la modernidad hay otro tipo de barbarie, pero no las experimentadas en esa época). Y más aún, bien se puede aducir que si la razón individualizante no tuvo esos resultados fue debido a la persistencia en ella de moralidades para-racionales, o sea al hecho que no se ha llevado a la pura razón ilustrada a su límite. Pero ello, si esa fuera la razón, resulta insuficiente como límite; como lo muestra el hecho que esas mismas sociedades si bien no cayeron en formas tan explícitas y notorias de barbarie si la usan de forma rutinaria en sus operaciones: El capitalismo se basa en tratar a los otros (clientes, competidores etc.) como medios no como fines. Usualmente ello no produce mayores consecuencias (que quien vende un automóvil sólo vea a su cliente como una cantidad de dinero a ser conseguido no pude producir algo peor que una mala compra), pero en algunos casos sí las tiene (por ejemplo, las acciones de las tabacaleras en relación al cáncer, o de prácticamente toda la industria y todos los consumidores de bienes electrónicos de consumo en relación a quienes producen esos bienes).

En otras palabras, efectivamente vivimos en un mundo en que la razón impele a tratar a los otros como cosas; y esto va desde las situaciones triviales (en que, en realidad, usufructuamos de ser tratados como cosas) hasta las más cercanas a la barbarie. El hecho que, por lo tanto, la Ilustración produce su propia forma de barbarie y que ninguna variante de ella está libre de esa posibilidad debiera a nosotros, a principios del siglo XXI, ser claro y no debiera ser olvidado. No estará de más recordar que los EE.UU -presuntamente uno de los países que no había pasado por esa barbarie- es un país en que hace unos pocos años se discutía sobre la legitimidad de la tortura (y donde candidatos que la defendieron fueron aplaudidos en debates al respecto).

 

NOTA 1. Una respuesta a dichas posibilidades sería abandonar completa la razón ilustrada y moderna, y así sin razón que domine evitaríamos ese problema. Pero eso sería tener la infantil idea que es posible tener garantías contra la barbarie. No hay sistema de pensamiento que pueda evitar esa posibilidad, y no será necesario hacer notar todas las formas de barbarie que no esperaron al despliegue de la razón instrumental. Y por otro lado la razón instrumental no sólo produjo Auschwitz si se quiere, también la penicilina; no creo que, con todas las críticas, sea algo que efectivamente quisiéramos abandonar.

NOTA 2. Hasta aquí hemos adoptado la equivalencia razón=Ilustración. Pero ¿es sostenible? La idea de basar los resguardos morales contra la barbarie en la pura razón no es la única alternativa -aún cuando, desde Kant y el utilitarismo como variantes de ello, haya sido filosóficamente dominante en los últimos siglos. Sin embargo, la Ilustración escocesa es resueltamente una teoría de los sentimientos morales, y muy negadora de la relevancia de la razón en ese ámbito. La Ilustración tenía más alternativas de las que efectivamente fueron tomadas y desarrolladas.

NOTA 3. Hay un límite en la cosificación de la persona. Normalmente lo cosificado son los otros, pero el propio actor no se cosifica a sí mismo. El solipsismo que está tan enraizado en el proyecto moderno (tanto Descartes, desde el racionalismo, como Berkeley, desde el empirismo, para usar autores prominentes en el despliegue del pensamiento moderno, luchan contra ello, y ambos lo resuelven externamente: a través de Dios; pero en sí mismo, el actor no puede salir de su solipsismo) facilita enormemente entonces la cosificación de los otros.

NOTA 4. No tratar a las personas como cosas parece una de las declaraciones morales de sentido común (un sentimiento moral) relativamente obvias. Ahora, ¿no hay forma de tener una visión naturalista de los seres humanos -i.e que son cosas- que no caiga en la barbarie? Creo que sí. Pero esto requiere una conceptualización más amplia de las cosas, de la naturaleza: En otras palabras, lo anterior divide al mundo en cosas (sobre las que se actúa) y personas (que actúan), pero entonces es acertado reconocer que la Naturaleza, las cosas, si actúan y sí reaccionan (y por lo tanto, no son puro espacio donde ejercer una dominación). El problema no es la identificación de las personas como una de las cosas, es la idea que existen cosas inertes; la razón dominadora lo que intenta es que exista un actor (el que domina), y frente a ello oponer entonces la multiplicidad de la acción, que supera y va más allá de sólo lo humano. Para evitar la barbarie entonces un naturalismo debiera reconocer que ‘tratar a lo otro como cosa a ser actuada’ ni siquiera es adecuado para tratar a la Naturaleza no-humana.

Acción y estructura. Un ejemplo de la falsa contraposición ente acción racional y estructura.

En los interminables debates que suele tener la sociología sobre acción y estructura, solemos poner la perspectiva de la acción racional como parte de la perspectiva de la acción y opuesta a la estructura. La acción racional es sobre como las personas eligen y la estructura sobre como las personas no eligen (parafraseando a frase de Duesenberry sobre economía y sociología).

Ahora, esa relación no tienen ningún sentido. Si todas las personas son racionales (y, a la Becker, comparten sus preferencias básicas), entonces ¿qué es lo que genera comportamientos distintos? Situaciones distintas, estructuras de intercambio distintas etc. La diferencia en el comportamiento entre mercados competitivos y mercados monopolicos sólo tiene que ver con la diferencia en el número de oferentes, lo que diferencia el comportamiento de las personas en distintos juegos son los distintos payoffs, si es repetido o no, si es cooperativo o no. En otras palabras, las diferencias las causan las diferencias en estructura.

Por otro lado, una explicación estructural requiere que los actores sean racionales. ¿Por qué? Porque sólo para un actor racional sería posible pasar de la estructura a la acción sin intermedición: el actor lee la estructura, obtiene la acción correcta dada ella y la realiza. Dado que todos hacen lo mismo, entonces puedo olvidarme del actor y pasar de la estructura a los resultados. Si los actores no fueran racionales, entonces requiero analizar el nivel del actor (dado que no lee la acción a realizar desde la estructura, sino que tiene que desarrollarla a partir de él mismo).

Pensemos en un caso concreto: la delincuencia. Entonces tendremos a quienes nos dicen que la acción de los delincuentes es racional -y por lo tanto, se ve afectada si cambiamos los incentivos y los costos, así que subamos las penas- o que es efecto de factores sociales -y por lo tanto, tenemos que cambiar las estructuras sociales y culturales. Pero si observamos las explicaciones, veremos que -de hecho- son traducibles.

Pensemos la explicación de factores sociales. Puedo plantearla de la siguiente forma: Dada las condiciones sociales que enfrenta esta persona (los posibles resultados de sus acciones, los costos de ellas, sus preferencias) entonces tomará acciones delincuentes. O sea, de hecho podría decir que es racional en esas condiciones tomar acciones delincuentes.

Pensemos la explicación de actor racional. Puedo plantearla de la siguiente forma: Para un actor dado es racional tomar acciones delincuentes. ¿Por qué? Porque dadas las condiciones sociales que enfrenta (los posibles resultados de sus acciones, los costos de ellas, sus preferencias) es racional hacerlo.

La diferencia crucial entre ambas no es teórica, sino puramente ideológica. El defensor de la actor racional postulará que lo crucial es aumentar los costos de la acción delincuencial en relación a otras (aumentar las penas). El defensor de los factores sociales nos dirá que lo crucial es aumentar los beneficios y disminuir los costos de las acciones alternativas. En ambos casos, lo que modifico es la situación estructural (el contexto) y luego espero que los actores se comportan racionalmente.

Sobre que a la racionalidad a veces se le exige demasiada racionalidad

La revisión de pruebas es la tarea más ingrata de dedicarse a hacer clases. Ahora bien, sólo tiene una característica redentora: permite darse cuenta de algunas peculiaridades del sentido común sociológico. Que es lo que procederemos a comentar ahora.

En la última prueba de consumo, y dado que los alumnos tuvieron que responder una pregunta sobre Becker (*), resulto notorio que fuera extremadamente común declarar que para que una acción sea racional debe ser sin error. Y no error de juicio (no sacar las consecuencias válidas del conocimiento dado) sino error de conocimiento (no tener todo el conocimiento).

Ahora, ¿por qué resulta tan común una mirada tan tradicional sobre la racionalidad? Pensemos que, por ejemplo, en lo que concierne a todas las disciplinas que analizan el conocimiento, la idea que la racionalidad tenga algo que ver con estar en lo correcto (encontrar la verdad) ha sido abandonada desde hace mucho tiempo. Digamos, desde Popper al menos que eso ya no es mantenido. Porque, entonces ¿insistir en ello para la acción?

De hecho, ni siquiera en economía -que tiene una de las nociones más restringidas y limitadas de racionalidad posible- se usa tal equiparación. O al menos, lo que se requiere es no tener error de juicio. Pero exigir que sin tener todo el conocimiento no se puede tener acción racional implicaría que, por definición, no se puede tener acción racional en situaciones de incertidumbre -que no tiene sentido a decir verdad..

Al final, me imagino, el mantener esa equiparidad tiene una explicación sencilla: Si mantenemos que para que una acción sea racional tiene que cumplir unos requisitos imposibles, entonces podemos desechar toda esa línea de explicación de manera muy sencilla.

(*) ¿Por qué pasar a Becker en un curso de sociología de consumo? La razón ilegítima es que a mí me parece interesante. La razón legítima es que, al fin y al cabo, nunca esta de más conocer al ‘enemigo’ por así decirlo.
(**) 100 entradas. Para algo más de un año y medio. Hmm, el ritmo inicial no fue muy rápido, pero bueno -hay cosas peores.