La inevitable e interminable construcción del orden social

Asumamos entes que en todas sus capacidades enfrentan límites de procesamiento y que son ilimitados en el ámbito de aplicación de dichas capacidades.

Asumamos además que son capaces de aprender y de comunicar, y en ambos casos simbólicamente. Si nuestros entes son seres vivientes, entonces asumamos que tienen preferencias (al menos, prefieren vivir a morir).

Asumamos además que el mundo es abierto: Que las distinciones con respecto al mundo que pueden realizar estos entes componen un conjunto indefinido. En otras palabras, no existe un conjunto limitado de posibles distinciones, sino que tampoco son un conjunto infinito pero determinable de esas distinciones (un ejemplo de un conjunto infinito pero determinado son los números naturales, donde cada uno de sus infinitos elementos puede determinarse). Conste que esto es compatible con un mundo físico finito (con un espacio de estados limitado), dado que el conjunto de criterios a partir de los cuales se generan distinciones no está definido.

Si asumimos lo anterior entonces se concluye que estos entes construirán órdenes sociales de manera necesaria: No pueden evitar construir alguna forma de orden. Y también se concluyen que estos entes construirán dichos órdenes de forma permanente, sin poder cerrar ese proceso de construcción de orden: No pueden asegurar la estabilidad del orden que construyen.

Primero, argumentemos dos afirmaciones previas que nos servirán para defender las conclusiones centrales.

1. Dadas las premisas, se sigue que los actores son mutuamente impredecibles entre sí.

En un mundo abierto la posibilidad que aparezca nueva información (un nuevo objeto, una nueva distinción) que genere un nuevo aprendizaje (una nueva relación entre distinciones u objetos) está siempre presente.

Ahora bien, ese nuevo aprendizaje además no necesariamente es el mismo entre diversos entes. Si los entes tienen diferentes experiencias, y para ello basta con que se muevan por el mundo, entonces incluso si usaran los mismos procedimientos de aprendizaje (i.e teniendo la misma situación inicial generaran la misma conclusión) no generarían el mismo aprendizaje: No experimentarían las mismas situaciones. Si los aprendizajes son estables (i.e que aprender implica que adquiero relaciones estables entre elementos) toda diferencia inicial puede a su vez producir diferencias posteriores: Adquirir ciertos aprendizajes (por ejemplo ciertas distinciones) permite generar aprendizajes posteriores diferentes con respecto a quienes no los posee (por el hecho de contar con ciertas distinciones). Además el supuesto de contar con mismos procedimientos de aprendizaje es improbable: Dado que las capacidades no tienen límite donde se aplican, se sigue que pueden aplicarse a ellas mismas, y luego es posible aprender sobre el aprender. Dado lo anterior, entonces los actores pueden generar diferentes procedimientos de aprendizaje, por las mismas razones dadas anteriormente sobre que pueden generar aprendizajes diferentes.

Luego, los actores generan aprendizajes que pueden ser diferentes, y el proceso de aprendizaje -que no puede cerrarse completamente- es permanente. Dado lo anterior, los actores son impredecibles porque un actor no puede predecir que será lo que aprenderá otro actor de una situación dada.

El conjunto de distinciones a partir del cual genera aprendizajes es altamente probable que sea diferente, y luego no puede simplemente aplicar su propio aprendizaje y suponer que otro actor lo aplicará. Luego, lo que queda como posibilidad es que el actor sea capaz de conocer el conjunto de la información del otro actor (el conjunto de distinciones, el conjunto de experiencias etc.),  los procedimientos mediante los cuales aprende etc. Asumiendo que estamos ante un actor con tanta complejidad como la propia, y entonces que tiene limitaciones en su capacidad de procesamiento de cualquier capacidad (y el mismo nivel de limitaciones), entonces la posibilidad de tener ese conjunto de información y de conocer todas las operaciones realizadas por otro actor sobre ese conjunto son más bien bajas.

2. Dadas las premisas, se sigue que los actores están obligados a simplificar la complejidad del mundo que enfrentan.

Crear reglas (aprendizaje) es una forma de simplificar el mundo: Es establecer relaciones estables entre distinciones. El aprendizaje entonces reemplaza una situación en el cual todo puede ser (cualquier cosa puede relacionarse con cualquier otra cosa) por una más sencilla (en que hay ciertas probabilidades que no existen).

Pero el mundo es abierto: El conjunto de distinciones no es determinable. Un mundo de esa forma tiene la capacidad de ser enormemente complejo (o para ser más precisos, de poder siempre ser más complejo de lo previsto). Más aún, es posible agregar nuevas distinciones, con lo cual entonces el número de posibilidades aumenta.

Sujetos con capacidades limitadas no pueden enfrentarse con un número de alternativas indeterminado, requieren para poder actuar simplificar el mundo al cual enfrentan. En otras palabras, generar reglas que reemplacen un universo en que todo es posible por uno en el cual sólo algunas cosas lo son. Esa simplificación es con pérdida (el mundo no ha dejado de tener distinciones indeterminadas, ni ha dejado de tener la posibilidad de contar con distinciones que el sujeto no opera), y por lo tanto al simplificar se pasan por alto diferencias de la realidad (se trata como lo mismo lo cual no necesariamente lo es).

3. De la combinación de lo anterior se sigue que los actores generan elementos ‘nuevos’, al menos desde la perspectiva de otros actores.

Los actores generan simplificaciones del mundo, estas simplificaciones son elementos que resultan para otros actores impredecibles. O sea, desde la perspectiva de alter, ego ‘crea nuevos elementos’. Más allá de si desde la perspectiva de un actor que conociera todo lo posible (que por suposición de hecho no es posible) todas esas ‘creaciones’ estarían ya pre-dadas (serían una combinación de alternativas que serían previas); el caso es que para los actores de los cuales estamos hablando, los otros actores son generadores de novedad.

 

Procedamos ahora a argumentar, en base a las afirmaciones previas, las dos proposiciones básicas.

Los actores no pueden evitar producir prácticas sociales (que son una forma de orden social). 

Definamos práctica social como un conjunto de relaciones localmente estable en la cual si actores estructuralmente equivalentes (i.e que están ocupando ‘un mismo rol’) son reemplazados entre sí, no se producen modificaciones en el comportamiento de los otros actores. En otras palabras, un actor dado no se relaciona con otros en tanto individuos concretos sino en tanto ejecutantes de un rol. Lo cual quiere decir entonces que una práctica se describe cuando describo las posiciones y las relaciones esperadas entre ellas. El argumento entonces se reduce a mostrar que un conjunto de actores dados no puede evitar producir esa situación anterior.

Para generar prácticas se requiere (a) un conjunto de tipificaciones que (b) posibiliten al conectarse entre sí la formación de una red de roles (que no importe con quién se interactúe). Para probar la proposición se requiere que esos procesos sean automáticos.

En primer lugar, se procede a examinar la construcción de tipificaciones: Supongamos un conjunto de actores en interacción. Estos actores aprenden cosas de esa interacción: Para lograr que ? haga Y tengo que usar tal forma de coordinación; sólo con ? pero no con ? puedo coordinar esta otra acción. Aprender implica un enlace estable, y dado que las distinciones implican acciones, entonces cada actor estabiliza su propia conducta, ayudado por el hecho que al ser limitados podrá manejar mejor el mundo si logra controlar su complejidad. Estos aprendizajes pueden difundirse por comunicación. Se genera entonces una red de interacciones con un cierto nivel de estabilidad.

Para pasar a un práctica social lo que necesito es que esos tipos de interacciones se tipifiquen (pasen de ser con ? logro a al hacer X a con los actores del tipo ? se logra a al hacer las acciones tipo X). Ahora, los agentes siguen aprendiendo, y entre esos aprendizajes puede ser sobre otros actores y acciones, y entonces pueden clasificar y hacer distinciones sobre ellos. Esto genera tipificaciones, pero no todavía tipificaciones comunes. Esta comunalidad proviene de lo siguiente: Cada clasificación puede entenderse como una propuesta para producir y lograr coordinaciones. En la medida en que esas clasificaciones producen coordinaciones que funcionan, esas clasificaciones se difunden; en la medida en que algunos actores actúan sobre las interacciones, y pueden incluso incluir entre las cosas que quiere que haga alter el que use una clasificación, este proceso se expande aún más. En esa situación de competencia entre clasificaciones, algunas empezarán a expandirse más que otras, y al expandirse aumentarán su uso (si todos usan esta distinción y se acomodan a ella; a mí me será más fácil coordinarme con otros usándola). Y debido a ello podemos pasar de tipificaciones a tipificaciones comunes.

En este momento existe una tipificación de una conducta: En un contexto determinado se sabe que para lograr a se requieren hacer acciones del tipo X con actores del tipo ?. Ahora bien, el mismo proceso declarado para esa acción puede ser realizado en otras situaciones. Los mismos ? proceden a realizar otra acción: para conseguir b realizan acciones del tipo Y con actores del tipo ?. Estas diversas tipificaciones aisladas son a su vez observadas por los actores en dicho contexto que pueden entonces reconocer esas conexiones: En tal contexto social, sucede que se realiza A (para lograr a se requieren hacer acciones del tipo X con actores del tipo ?; y los ? a su vez hacen acciones Y con actores del tipo ?. En particular, dado que en esas conexiones lo que se observa no es el actor en particular, sino el tipo; la descripción no varía si se cambia el actor en concreto que la realiza: Cualquier tipo ? es equivalente entre sí, hace lo mismo (se relaciona de tal forma con otros actores). Y para este proceso ocurren las mismas dinámicas de aprendizaje y de estabilización común que en el anterior. Luego, lo que se genera es una red de roles.

La práctica, en concreto, emerge de procesos de tipificación de la acción -necesarios para simplificar el mundo en cada actor-, que a su vez son observados (y comunicados) por los actores; proceso de observación que al generar aprendizajes comunes -posibilidad siempre dada, y que, dado que a su vez también simplifica el mundo, es de alto interés por los actores- estabiliza una red de roles: Una concatenación de acciones tipícas entre actores también típicos.

Si se revisa cada uno de los procesos anteriores se observará que todos ellos operan por la necesidad de los actores de simplificar su mundo, algo que no pueden evitar hacer; y que dados esos procesos, se producen de forma necesaria prácticas, con lo cual se termina de probar la afirmación.

Los actores no pueden seguir produciendo prácticas sociales (y con ello desestabilizar los órdenes ya producidos). 

El argumento aquí es más corto: Los actores no pueden eliminar la posibilidad de nuevos aprendizajes, y en particular que otros actores aprendan: Aparecen entonces nuevas estabilizaciones, tipificaciones y propuestas de tipificación. Los actores tampoco pueden eliminar la posibilidad de cambios en las bases de la interacción –en el control y representación de elementos. En general, las consecuencias de una acción no son completamente conocidas o controlables, y a partir de ellas se pueden generar nuevas prácticas y modificarlas.

Las consecuencias centrales de las dos proposiciones anteriores son que, por un lado, no es posible evitar la construcción de orden social y que, por otro, tampoco resulta posible -por los mismos procesos que lo crean- garantizar su reproducción sin cambio. El orden social es, si se quiere, omnipresente y cambiante. Los procesos a través de los cuales se crea un orden son los mismos que luego lo desestabilizan.

Como Castoriadis remarca en relación con el pensamiento griego en torno a cualquier existir: «Y este existir debe ser destruido según el mismo principio que lo produce» (Castoriadis, Lo que hace a Grecia 1, Seminario 16 Febrero, 1983, p 235).

Esta equivalencia de los procesos de formación y desestabilización del orden puede ser pensada de forma más amplia. Al fin y al cabo, se puede defender que la creación del orden no es lo mismo que su reproducción; y entonces lo que dice relación con reproducción serían procesos distintos de los de producción. Sin embargo, se puede observar que el proceso de creación de una práctica es un proceso de reproducción también -los actores estabilizan y reproducen para poder coordinar. Luego, la diferencia tampoco se puede mantener para el caso de la diferencia reproducción / estabilización.

El bueno, el malo y Tironi

Un par de columnas recientes de Eugenio Tironi, la primera intitulada Bueno y la segunda Malo, han generado alguna polémica. O al menos lo han hecho en la lista Chilesoc, a la que dichas columnas sacaron de su letargo habitual.

En varias ocasiones en este blog he realizado varias críticas a escritos de Tironi, y en general la forma en que realiza sociología no es de mi agrado -siempre cayendo en la tentación de transformar cualquier coyuntura en la vida social en una gran transformación, y en repetidas ocasiones no observando más allá del nivel de la conversación de café. Pero en este caso en particular sigo sin entender la crítica.

Desde mi punto de vista las afirmaciones básicas que plantea Tironi en sus columnas son trivialmente ciertas. Se las puede criticar desde múltiples puntos de vista (que son parciales, que esconden más de lo que iluminan, que el tono y lugar de observación son inaceptables), pero no se puede decir que son falsas. Es trivialmente cierto que en los últimos decenios ha aumentado el estándar de consumo de forma tal que una proporción importante de la población puede hacer cosas (como vacacionar a lo largo del país) que antes no podía. Es trivialmente cierto que esa transformación no es mirada positivamente por quienes ya accedían a ello. De hecho, creo que son tan triviales que nadie se refirió a ellas en mayor profundidad.

La crítica, entiendo, prefirió dedicarse a otras cosas. Entiendo que molestó el tono, que molestó que se hablará en primera persona plural (que Tironi se identificara con quienes se molestaban con ello), que molestó los descriptores que usó para referirse a las mayorías (clasistas y racistas), se criticó que dijera como descubrimiento lo que es sabido (aumento de consumo). Ahora bien, por ejemplo, en un país reputadamente clasista y racista, no deja de ser cierto que ese tipo de descriptores son usados y, luego, reales: Quienes no tienen las características físicas que el prejuicio nos dice tienen las clases altas efectivamente sufren de discriminación, y quien no hiciera constar ello al describir nuestra vida social pecaría de engaño. Lo referente a qué sólo ahora descubriera ese aumento de consumo no deja de representar un olvido, dado que este es un motivo que Tironi viene usando desde un buen tiempo (al menos desde la Irrupción de las Masas que es de 1999, y que de hecho recoge columnas publicadas en Qué Pasa, y luego corresponden a una visión ya establecida a mediados de los ’90). En algún sentido, más bien se podría decir que quedarse para interpretar al Chile de la actualidad basados solamente en una intuición del Chile de hace de más de dos décadas resulta parcial. Pero ya dijimos que ese tipo de críticas, las que reconocen la verdad trivial de los asertos para criticarlos en su parcialidad, no fueron las más comunes.

En última instancia, la crítica se centra en una denuncia ideológica o en una denuncia del tono (en una denuncia de la falta de denuncia de las cosas que debieran denunciarse). Y al parecer de eso se trata la sociología: Una disciplina en la cual a nadie le importa mucho la verdad de las cosas, sino solamente de decir las cosas en el tono que corresponde.

Una nota sobre la reflexividad de la acción

Entre los hábitos de pensamiento normales de los sociólogos, aquellas afirmaciones que suponemos ciertas sin pensarlas demasiado, se encuentra asociar la agencia con el planificar, reflexionar, evaluar alternativas etc. La acción que no sigue esos parámetros se la piensa como automática, casi como si no fuera realmente acción. El comentario de Weber en torno a que la acción tradicional se encontraría más allá de la acción significativa sigue esa línea. Como además en realidad detrás de la preocupación por la agencia se encuentra una preocupación por la libertad del actor (así resulta muy claro en Archer por ejemplo), se sigue que el actor es más libre en cuanto más reflexiona sobre su acción.

El caso es que, a decir verdad, esta visión no me termina de convencer. Y ello, al final, basado en la experiencia personal. A lo largo de mi vida, supongo que ello es también así en otros casos, pero hablaré desde la única experiencia que realmente conozco que es la mía, algunas de las decisiones más claves que he tomado las he realizado de forma muy rápida, siguiendo el camino de acción que se mostró como evidente; y esos momentos han sido, creo, donde más he sido yo mismo, los que más claramente me representan. De algún modo, ha sido cuando he hecho lo que me pareció era lo que había que hacer fue cuando fui más yo mismo, y en ese sentido más libre. Y todo ello sin pasar por un proceso reflexivo.

Por otro lado, bien podría decir que en las ocasiones en que efectivamente he seguido el modelo de la acción reflexiva no han sido los momentos en que haya sentido mayor libertad. Más bien se parecían a intentar solucionar un problema de optimización: ¿Cuál es la mejor forma de conseguir tal objetivo? En este sentido, no había libertad alguna, sólo un tema de reconocer algo que era la mejor opción.

La determinación inmediata no es mero reflejo automático. Identificar, ‘de golpe’ si se quiere una acción como aquella que va de suyo realizarla no es ausencia de libertad. Comprender ello creo que es clave. En todo momento en el cual efectivamente estamos inserto en un curso de acción y lo realizamos a plenitud es cuando no estamos reflexivamente pensando como se hace (del mismo modo que cuando escribo estas frases simplemente las escribo -y simplemente las corrijo- sin pasar por un proceso reflexivo de sopesar opciones). El momento reflexivo aparece en otros momentos, cuando usualmente requerimos solucionar algo que nos saca de la realización de la acción (o cuando, para seguir el ejemplo, proceso a realizar una revisión posterior a la escritura); pero no es sólo en esos momentos cuando estamos siendo plenamente agentes de nuestra vida.

En última instancia, somos libres cuando somos nosotros mismos; y si somos nosotros mismos cuando más nuestra acción nos revela en nuestro ser; y ello ocurre cuando más claramente sentimos que eso es lo que hay que hacer; entonces nuestra libertad es más plena precisamente cuando hacemos lo que sentimos que hay que hacer.

Desde la perspectiva moderna de la libertad, como elección consciente y no determinada entre alternativas, la frase bíblica que la verdad nos hará libres (Jn 8:32) suena extraña. Si la verdad es única entonces la reconocemos, y ¿qué libertad puede haber donde no hay elección entre opciones? La experiencia de los totalitarismos del siglo XX, por otro lado, nos vuelve a la experiencia que está a la base de ello. En 1984, Winston recupera su sentido de la libertad cuando reconoce una verdad (2+2=4) y la pierde cuando esa aseveración deja de tener carácter de libertad (cuando es posible pensar otra cosa). Si al reconocer una verdad, reconocemos parte de lo que somos (de lo que sólo nos puede ser quitado con violencia); entonces efectivamente la verdad nos hace libres. Libertad y agencia del actor como autorevelación de sí.

El lugar de la autonomía en el mundo del trabajo.

Detrás del trabajo por cuenta propia nos encontramos, por decirlo de alguna forma, con las posibilidades y limitaciones de la autonomía como espacio en el mundo laboral contemporáneo en Chile (pero no sólo en nuestro país). Tres reflexiones resultan necesarias para entender ese espacio:

La primera es que la autonomía, crucial para los cuenta propia, no es ajena a los trabajadores asalariados. Subramanian (2009) ha analizado ello en el contexto de trabajo industrial en India, donde la autonomía se construye en oposición, si se quiere, a los deseos gerenciales; Durand (2004) ha mostrado, usando el caso francés, como la búsqueda de autonomía es re-usada por las lógicas gerenciales como forma de involucrar al trabajador a prácticas de producción más intensivas y tensas; Wasser (2015) analiza cómo una marca de moda brasileña usa y promueve la propia identidad de sus trabajadores como forma de construcción de marca y las presiones que esto ejerce sobre ellos; Kalleberg (2013) divide la calidad del trabajo en elementos extrínsecos, el caso prototípico siendo el ingreso, y elementos intrínsecos, los elementos de calidad que genera el hacer el trabajo; y estos últimos son discutidos centralmente desde la dimensión de control del propio trabajo.

Ahora bien, la forma en que la autonomía juega y opera entre trabajadores asalariados no necesariamente es la misma que entre trabajadores por cuenta propia. El examen de la literatura muestra que en varias ocasiones lo que se dice de la autonomía en la situación asalariada puede no dar cuenta de lo que podría ser lo que ocurre entre cuenta propia. Así, Dubet (2009) ha planteado la autonomía como uno de los principios de la justicia, pero su análisis lo asocia a la búsqueda de auto-expresión y auto-desarrollo en el trabajo. Empero no es claro que la búsqueda de autonomía entre los cuenta propia corresponda efectivamente a esas dimensiones. Pensar la autonomía en términos de gestión de sí mismo (cómo lo hace Ramos Zincke, 2012: 188-189), y en ese sentido ligarla a las nuevas formas de gestión organizacional, tampoco es claro que de cuenta de la lógica de la autonomía, al menos tal como se plantea entre independientes. Existe una cierta ‘apropiación’ de la idea de autonomía por parte de la lógica de emprendimiento y más en general por las ideas de una sociedad post-moderna de individuos De la Garza Toledo (2011), pero eso es lo que se necesita discutir. En ambos casos, desaparece el tema de la búsqueda de dejar de ser controlado (que no necesariamente requiere auto-expresión o que no resulta necesariamente de la gestión de uno mismo, que más bien puede ser internalización de ese control, à la Elias).

Lo segundo es que la autonomía no es simplemente algo dado para estos trabajadores, y algo que funcione de forma positiva automáticamente. Es algo que exige un trabajo y un esfuerzo: La autonomía tiene sus propias dificultades. No se solucionan todos los problemas de la realización de la autonomía entregando mejoras pensadas desde la situación del asalariado, sin hacerse cargo de la generación de un espacio para la autonomía. Como ejemplo de las dificultades prácticas de la autonomía se puede observar, por ejemplo, que ella puede ‘comprarse’ en un aspecto a costa de ‘dependencia’ en otros. Así, por ejemplo, pensando en cuenta propia de escasos recursos -los recuperadores de materiales para empresas de papel en Argentina, Brasil y México, Villanova (2012) muestra una relación laboral de destajo muy dependiente con esas empresas, a pesar de la autonomía en la operación de trabajo. Ruiz y Boccardo (2014: 126-129) para el caso chileno enfatizan como muchos cuenta propia de estratos medios, debido a los encadenamientos productivos tienen pocos clientes y bajas posibilidad de moverse entre ellos. La ‘desmesura de la prueba del trabajo’ (Araujo y Martuccelli 2012, Araujo 2014) es algo que en principio aplica de manera importante también a estos trabajadores. La autonomía no es algo simplemente ‘positivo’, representa una lógica de acción que implica posibilidades, dificultades, sentidos, formas de evaluación y de pensamiento específicas.

El hecho que estamos hablando de una práctica de autonomía y no sólo de una aspiración nos permite observar la diferencia posible con el trabajo asalariado: El trabajador asalariado puede tener (o no) un deseo de autonomía, y puede lograr (o no) espacios para ella dentro de su práctica de trabajo; pero en el caso del trabajador por cuenta propia el problema de la autonomía cruza toda la lógica del trabajo. De plantearse como práctica la autonomía en el trabajo asalariado se requieren otras formas de organización, ver Vieta (2010) para una discusión de autogestión en ’empresas recuperadas por sus trabajadores’ en Argentina. Y del mismo modo que entre cuenta propia, la autonomía aparece como un espacio complejo difícil de construir.

Quizás sea más adecuado plantear los problemas de estos trabajadores como problemas para la mantención de la autonomía, e incluso pensar la inseguridad desde esa óptica: ¿Qué es lo que requiero para poder mantenerme como cuenta propia? El salario y la relación contractual es una forma de solucionar la incerteza, pero no necesariamente la única. Y cuando recordamos los débitos de la relación contractual, tampoco necesariamente la mejor. Más aún, pensado de esa forma podemos recuperar todos los elementos y bases sociales necesarios para permitir un despliegue efectivo de esa autonomía, y no caer así en una mera individualización de los riesgos  (Castel 2004, Caponi 2007), ni en un olvido de los riesgos sistémicos (Beck 2013). Si el trabajo por cuenta propia no es equivalente a la relación salarial, las formas sociales para lidiar con su inseguridad no necesariamente son aquellos que fueron pensadas a partir de esa relación.

Lo tercero es que la autonomía es, en particular desde el punto de vista de las sociedades modernas, algo inherentemente positivo. Con todos sus problemas, cuando se observa algo como autónomo se lo está encomiando. No deja de ser sintomático que las palabras vernaculares para referirse a esta situación en Chile no son neutrales (como lo es cuenta propia) u observaciones desde otro paradigma (como lo es self-employed que los mira desde la perspectiva salarial), sino positivas: Independiente es algo que, en cualquier otro contexto, se observa positivamente, y nadie debe explicar porque busca su independencia. Al mismo tiempo, hablar del asalariado como ‘dependiente’ es una forma negativa de nombrarlo. Si los nombres algo dicen de las percepciones, esto ya nos indica una cierta valuación básica de las respectivas situaciones. Enfatizar la independencia (como en otros contextos referirse a ellos como trabajadores autónomos) es, de entre todo lo que se puede destacar, mostrar que lo que interesa es algo valorado, y que ello consiste en -como literalmente lo dice la palabra- en no depender de otro, en ser uno mismo el que decide sobre sí.

Esta valoración basal de la situación en cuanto tal es relevante. Para poder entenderla es necesario ubicar esas prácticas y sentidos en un proceso histórico más largo: En el relato histórico normal, el capitalismo moderno representa una expansión del empleo asalariado, frente al cual el empleo por cuenta propia (ya sea dicho como artesanos, como pequeña burguesía u otro sector) disminuye de importancia. Lo cual entonces, vuelve de interés, entonces, observar como se ubica el trabajo por cuenta propia, y la compleja práctica de la autonomía, en esa producción de la sociedad moderna.

Referencias Bibliográficas.

Araujo, K. (2014). La desmesura y sus sujetos: el trabajo en el caso de Chile. En A. Streher y L. Godoy (Eds.), Transformaciones del Trabajo, Subjetividad e Identidades (p. 277-298). Santiago: RIL.
Araujo, K., y Martuccelli, D. (2012). Desafíos Comunes. Santiago: LOM
Beck, U. (2013). Why ’class’ is too soft a category to capture the explosiveness of social inequality at the beginning of the twenty-first century. The British Journal of Sociology, 64(1), 63–74.
Caponi, S. (2007). Viejos y nuevos riesgos. Cadernos de Saúde Publica, 23(1), 7-15.
Castel, R. (2004). La Inseguridad social. ¿Qué es estar protegido? Buenos Aires: Manantial.
De la Garza Toledo, E. (2011). Trabajo no clásico, organización y acción colectiva. Ciudad de México: Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.
Dubet, F. (2009). Injustice at Work. Boulder, CO: Paradigm Publishers.
Durand, J.-P. (2004). La chaîne invisible. Paris: Seuil.
Kalleberg, A. L. (2013). Good Jobs and Bad Jobs. New York: Russell Sage Foundation.
Ramos Zincke, C. (2012). El ensamblaje de ciencia social y sociedad. Santiago: Ediciones Universidad Alberto Hurtado.
Ruiz, C., y Boccardo, G. (2014). Los Chilenos bajo el Neoliberalismo. Santiago: Nodo XXI.
Subramanian, D. (2009). Work and autonomy in the assembly of printed circuit boards: An ethnographic account. Contributions to Indian Sociology, 43(2), 183-216.
Vieta, M. (2010). The Social Innovations of Autogestion in Argentina’s Worker Recuperated Enterprises. Labor Studies Journal, 35(3), 295–321.
Villanova, N. (2012). ¿Excluidos o incluidos? Recuperadores de materiales reciclables en latinoamérica. Revista Mexicana de Sociología, 74(2), 245–274.
Wasser, N. (2015). ¿Emergentes iguales o empresarios de la diferencia? El caso de una marca brasileña de moda. En M. Castillo Gallardo y C. Maldonado Graus (Eds.), Desigualdades. Tolerancia, legitimación y conflicto en las sociedades latioamericanas (p. 451-470). Santiago: RIL.

Una nota breve sobre la argumentación pública a propósito de la discusión de la ley de aborto.

Intervenciones de diversos parlamentarios (por cierto, no todas) en contra de la despenalización del aborto fueron reunidas y diseminadas con el objetivo de burlarse de ellas. Para quienes las reunieron y las diseminaron era claro que la mera enunciación de dichas opiniones era suficiente motivo de ridículo. Eran opiniones que eran su propia parodia. Al mismo tiempo no parece haber circulado algo similar pero del bando contrario: Que de forma masiva se diseminara un conjunto de opiniones de defensores de la despenalización expuestas como ridículas.

Las asimetrías siempre son interesantes, creo, en un proceso social. En principio, en una discusión pública uno puede esperar críticas acerbas (‘esto es inaceptable’) y fuertes descalificaciones, pero el punto de partida es que las opiniones en juego son mínimamente decibles porque no son directamente sandeces. Pensemos en la discusión reciente entre Peña y Chomali sobre el mismo tema: Por más fuertes que eran las críticas, en ningún caso se ocupó el procedimiento que discutimos.

¿Qué indica entonces la circulación de textos que, insisto en ello, se presume que son tan insensatos que sólo pueden producir risa?

Partamos del siguiente supuesto: El conjunto de argumentos que se puede sostener en una discusión pública y que es aceptado en ella como teniendo al menos cierto sentido representa el espacio del sentido común, el espacio del disenso entre personas razonables. Lo que pasó ayer entonces sería que ciertas frases han pasado a salir de ese espacio del sentido común razonable. Esto representa, en principio, un movimiento: Cosas que antes eran posibles de ser dichas seriamente, ahora dejan (empiezan a dejar) de serlo. Y ello porque sólo generan escarnio para quien las dice.

No es la primera vez que ello ocurre. Algunos, en torno al tema en discusión ahora, han recordado frases dichas en otros debates que ahora también aparecen como sin sentido ahora: Mira que dijeron quienes ahora piensan tal cosa, dijeron cosas que ahora ellos incluso darían por claramente equivocadas. Las discusiones sobre la ley de divorcio o sobre el trato igual para todos los hijos han sido usadas. Por cierto, la intención de una de las frases escarnecidas (la referencia a la esclavitud) tiene el mismo propósito: en alguna ocasión se podía defender públicamente ella, pero ahora todos estamos claros que no es aceptable.

El uso del escarnio y la burla no es la única forma en que ciertas argumentaciones pasan de ser razonables a dejar de serlo. Pero es uno de los indicadores más claros que ello ha ocurrido: El ridículo muestra con certeza que no es necesario siquiera refutar o escuchar la posición denostada. Ha llegado a ser una argumentación cuyo mero decir es su crítica.

Con lo cual volvemos entonces a observaciones sobre cómo funcionan las argumentaciones públicas. Ellas pocas veces, y en particular en pocas ocasiones en el corto plazo, cambian la opinión de las personas. Lo que sí pueden hacer, y ello incluso en el corto plazo, es cambiar el estado del sentido común: Modificar el conjunto de afirmaciones y argumentos posibles de ser tomados en serio. Y ello, bien se puede argüir, no deja de ser bastante relevante al largo plazo.

Sobre los malos usos de las pruebas de significación

El preguntar si una diferencia es significativa estadísticamente es una de las operaciones comunes y más recurrentes del análisis en muchos campos, y en específico en sociología. Pensemos en las discusiones existentes sobre si las diferencias entre resultados de encuestas son significativas.

Ahora bien, desde hace varios años se han desarrollado diversas críticas sobre el uso de la idea de significación, y que buena parte de los analistas en realidad no tienen claro que significa una prueba de significación.  En algún sentido, que usamos mal las dichosas pruebas y, luego, generamos mal conocimiento a partir de ese uso.

En estos últimos días, la American Statistical Association (ASA) decidió emitir una declaración formal (en este link) sobre el uso de estas pruebas. Una de las frases puestas al inicio de la declaración muestra un poco lo meramente ritual de mucho de nuestro uso y conocimiento al respecto:

Q: Why do so many colleges and grad schools teach p = .05?
A: Because that’s still what the scientific community and journal editors use.

Q: Why do so many people still use p = 0.05?
A: Because that’s what they were taught in college or grad school.

La definición informal que se da de la prueba de significación no es particularmente clara, pero eso es al parecer una característica común del dichoso parámetro:

Informally, a p-value is the probability under a specified statistical model that a statistical summary of the data (for example, the sample mean difference between two compared groups) would be equal to or more extreme than its observed value

Aunque el autor no es estadístico, una de las mejores y más claras descripciones de lo que implica esta declaración informal es en una entrada en el blog Crookedtimber (link aquí). Se usa el ejemplo de lanzar monedas y te encuentras que te ha salido cara en 5 ocasiones. Ahora bien, la probabilidad de ello sería 1/32 que sería inferior al límite estándar de  p < .05. La idea entonces es que si la moneda es ‘fair’ tendríamos una chance más baja que 1 en 20 a que podrías obtener un resultado equivalente (o mejor) que cinco caras seguidas. El autor de la entrada entonces nos hace las siguientes equivalencias entre esa afirmación en cursiva y el esquema de la ASA:

  • ‘Bajo un modelo estadístico específico’ = si esta moneda es ‘fair’
  • ‘La probabilidad que un resumen estadístico de los datos sea igual o más extremo que’ = la chance es inferior que 1 en 20 a que podrías obtener ese resultado
  • ‘Su valor observado’ = las cinco caras que tuve seguidas

El ejemplo, en todo caso, al mostrarnos más claramente en que consiste la significación estadística, nos muestra también sus límites: Porque de la significación del resultado, de la frase que está en cursiva, a pocos se nos ocurriría obtener como conclusión que la moneda está cargada. Por así decirlo, siguiendo una idea ‘bayesiana’ diríamos que la probabilidad de obtener una resultado significativo igual es mayor que la de tener una moneda cargada. En otras palabras, del rechazo de la hipótesis nula no se sigue nada en relación con la validez de la hipótesis sustantiva.

Citemos a continuación a algunos comentaristas que han enfatizado este último punto:

One of the most important messages is that the p-value cannot tell you if your hypothesis is correct. Instead, it’s the probability of your data given your hypothesis. That sounds tantalizingly similar to “the probability of your hypothesis given your data,” but they’re not the same thing (Christie Aschwanden en FiveThirtyEight.com, link aquí)

Y ahora a Andrew Gelman, que ha sido uno de los críticos más importantes de todo el uso de la significación estadística en la práctica de investigación:

Ultimately the problem is not with p-values but with null-hypothesis significance testing, that parody of falsificationism in which straw-man null hypothesis A is rejected and this is taken as evidence in favor of preferred alternative B (Link aquí)

Gelman continúa enfatizando la diferencia entre las hipótesis estadísticas con respecto a las hipótesis científicas sustantivas. Y que, como ya hemos visto, la prueba de significación no indica sobre la verdad de tu hipótesis. Los principios que establece la declaración de la ASA en ello es claro: Los valores de P indican cuan incompatible son tus resultados dados un modelo estadístico. Pero no miden la probabilidad que tu hipótesis sustantiva sea verdadera, ni tampoco que el proceso que generó el resultado sea al azar. (Principio 2)

Todo lo anterior tiene consecuencias para la investigación: La misma declaración de la ASA nos dice que las conclusiones científicas (o de recomendación de política) no pueden basarse sólo en el hecho que se ha obtenido un ‘resultado significativo’. Y la ASA recuerda algo que es conocido pero suele olvidarse: La significación estadística no es la sustantiva, no indica nada sobre la importancia de la relación declarada significativa.

En la discusión que generó la declaración de la ASA uno de los puntos era, ¿con qué se podría reemplazar entonces los valores de p? Sin embargo, creo que la conclusión de Gelman es más adecuada: Hay que salir de la idea que existe un indicador que establece por sí mismo la validez de un resultado.

Quiero a partir de este último punto hacer algunas observaciones más específicas sobre el tema de los usos de las pruebas de significación en sociología. La discusión que hemos mencionado hasta ahora aplica a múltiples disciplinas, el uso de los valores de p y el límite de p < .05 aparecen en diversos contextos, y en todos ellos re-aparece el tema del mal uso de estos parámetros. Pero creo que en nuestras disciplinas se suman otros elementos que hacen incluso más crítico este mal uso.

El caso es que dada la forma en que a los sociólogos se les enseña estadística, la tentación de reducir todo al simple parámetro del valor de significación es muy alto. Como la estadística se nos enseña como una caja negra, y luego en términos de unos procedimientos a seguir que en realidad no entendemos (¿cuántos sociólogos podrían reconocer la función que produce la distribución normal?), entonces nos es más fácil reducir todos los resultados de un análisis al simple parámetro de la prueba de significación. Que además viene con un criterio ‘claro y definido’: Alguien que no entiende mucho lo que está haciendo de todas formas puede revisar cualquier resultado de cualquier procedimiento y observar si p es menor a 0.05, y luego concluir que hay o no asociación significativa entre tal y tal.

Algunos de los problemas de la sociología en relación con el uso de las pruebas de significación dicen relación con aspectos que, en todo caso, resultan incluso más básicos que los anteriores; y hacen que el mal uso de este parámetro sea incluso más penoso en nuestra disciplina.

El primero de ellos es en torno al uso del umbral del p <.05 como muestra de resultado importante. Ello no es exclusivo de nuestras disciplinas: Uno de los temas que se discute, y que ha sido importante, en generar esta discusión es el uso no reflexionado del umbral de p < .05 como umbral de publicación y de resultados importantes. Ahora bien, como en toda investigación existe un importante grado de libertad en las operaciones (en el tipo de análisis, en el modelo concreto, en el procedimiento, en las variables que se insertan etc.) ‘buscar’ un resultado significativo es una tentación importante. Más aún, podemos recordar que una relación con el mismo grado de fuerza puede ser o no significativa dependiendo del tamaño de la muestra. La presión para publicar genera esta tentación para encontrar algo significativo.

Siendo un asunto general, creo que en sociología esto se refuerza con la aceptación de estándares muy bajos del nivel de efecto. Pensemos en los innumerables artículos publicados con modelos que explican un porcentaje bajo de la varianza: Se publican porque se encuentran efectos significativos estadísticamente, pero en realidad sigo tan desconocedor de la realidad como antes. La libertad de los modelos además tiene otro efecto: Que puedo terminar con un alto número de variables que influyen, dependiendo de cómo realizo el modelo el número de posibles variables que se asocian significativamente puede ser muy alto. Pero en la interpretación y discusión modelos que explican entre un 10% o un 14% se usan como si se estuvieran descubriendo procesos altamente importantes.

Oro elemento que suele afectar las lecturas de la significación, y tengo la impresión que ello es muy común en nuestras disciplinas, es la confusión entre X está asociado con Y con que los X son Y. Pensemos que encontramos que tal grupo (los hombres, las personas de estrato alto, los trabajadores bancarios etc.) tienen una diferencia significativa con respecto a otro grupo en determinada dimensión (digamos, son mayores lectores o más intolerantes o etc). Y de ahí concluimos y actuamos como si los hombres se caracterizaran por la lectoría o la intolerancia o etc, y se publicarán reportajes mostrando como ejemplo paradigmático de los hombres a quienes tienen esa característica. Pero uno revisa los datos y se encuentra con que la diferencia significativa es, por ejemplo, 3 o 4 puntos; y todos los grupos se caracterizan (a grandes rasgos) por la misma distribución entre los valores de la variable. Sólo pudiendo observar diferencias, entonces pasamos a pensar como si las diferencias fueran el valor.

En general, los problemas que hemos mencionado -desde los más sutiles a los más brutos, de los que cruzan a diversas disciplinas hasta los que son comunes, para nuestra vergüenza, en nuestras disciplinas- provienen de una voluntad de alejarse de las complejidades que implica analizar datos. La realidad no se deja asir a través de un sólo instrumento, y menos a través del uso burdo y simplista de reducir todo a la pregunta por el umbral de significación. Para hacer de verdad un análisis estadístico, hay que saber y conocer las herramientas usadas, describir los procesos y las decisiones, y tener claro que no hay un valor mágico que simplifica todas las complejidades de observar la realidad.

Para defender la idea que Mark Granovetter es el mejor sociólogo vivo

mark_croppedAlgún tiempo atrás escribí una entrada en defensa de Robert K. Merton. Una de las ideas centrales de ella es que una de las cosas que le falta a la sociología son un conjunto de buenas ideas que permitan investigar. El funcionalismo permitió hacer algo no tanto por los esquemas conceptuales generales, sino por la obra de Merton -que mostró, tema tras tema, lo fructífero que podía ser.

El título de esta entrada puede ser exagerado, de hecho probablemente lo es, pero tiene un poco la misma orientación. Granovetter es, entre los sociólogos actuales, uno de los que más se caracteriza no por tener una sola gran idea que cubra todo, sino por haber desarrollado varias ideas, cada una de las cuales ha permitido investigar e iluminar algo de la vida social. Tienen además una característica que, al menos a mí, me parece hermosa: Son en general ideas simples, precisamente argumentadas, que no son obvias (en particular, antes que las menciones) pero que una vez dichas resultan ser perfectamente sensibles, y además en general han resultado ser verdaderas (en general) o la menos útiles. Uno diría que si uno quisiera conocer todas las ideas válidas que ha tenido la sociología las siguientes debieran estar incluidas.

La fuerza de los lazos débiles. Tradicionalmente, de ‘sentido común’, pensamos que los lazos fuertes -donde uno le dedica más interés, tiempo, recursos- son los más importantes. El caso más claro siendo lazos familiares y de amistad. El argumento es que los lazos débiles más bien pueden resultar bastante útiles porque permiten adquirir información y recursos de nuevos y diferentes contactos. Los contactos fuertes suelen ser redundantes (mis amigos suelen estar asociados entre sí): Lo que uno sabe, una oportunidad laboral, lo saben todos, así que todos me entregan la misma información. Pero los lazos débiles no suelen estar conectados entre sí (mis conocidos no son conocidos entre sí, pertenecen a ‘diferentes círculos’), y por lo tanto me entregan información que no está asociada: Cada conocido es una puerta a diferentes ámbitos. Este tema Granovetter lo descubrió en su tesis de doctorado (Getting a Job) en la que encontró que, entre profesionales en la localidad que analizó, los lazos débiles eran bastante más útiles para encontrar más y mejores trabajos que los fuertes. Esto ha generado una gran cantidad de estudios, en los cuales la tesis se ha expandido, modificado, especificado etc. En general, la tesis ha soportado el examen empírico, por cierto no exactamente en la misma formulación inicial, pero sí implica una adquisición de conocimiento.

Incrustación (Embeddedness). El paper al cual se hace el link es uno de los más influyentes en la sociología económica en los últimos treinta años. En general, la idea es que es muy común en sociología y en ciencias sociales pensar en explicaciones basadas en un individuo aislado que decide ante sí: Ya sea en actores racionales o a través del homo sociologicus orientado por valores, en cada caso el individuo decide su acción basado en él mismo (sus preferencias, las normas que tiene etc.) sin referencia a las relaciones en las cuáles está ‘incrustado’. Pero este argumento defiende que el comportamiento depende del contexto: Depende de los lazos que las personas tienen -cuantos, de qué tipo, con quién etc-. Específicamente, el comportamiento económico depende en cómo las relaciones ‘económicas’ están incrustadas en otros lazos y dependen y los usan. Para entender el argumento, hay que pensar lo anterior no en términos de un contexto genérico, sino en términos de relaciones concretas y reales: Te comportas de tal forma con este  actor específico porque tienes una relación de tal tipo, mientras que te comportas de tal otra forma con este otro actor porque tienes una relación de otro tipo, y en cada caso esto dependiendo a su vez del conjunto de relaciones en las cuales están involucrados.

Modelos de Umbrales. La acción colectiva ha recibido una gran atención en las últimas décadas. La idea de Granovetter es que para entenderlas puede ser útil fijarse en las variaciones entre las personas (en sus preferencias, creencias etc.). Así, participar en una acción colectiva tiene costos asociados (desde que puedes ser castigado al simple tiempo que tienes que dedicarle), pero las personas tendrán distintos niveles de costos frente a los cuales están dispuestos a participar. Ahora, una cosa interesante es que el costo de participar varía con el número de personas participando (por ejemplo, mientras más personas participan, menor probabilidad de ser castigado), luego pueden analizarse varias dinámicas de cómo se va generando y desarrollando la acción colectiva a través de esas variaciones: Por ejemplo, un pequeño grupo que ‘inicia’ (porque su umbral es muy bajo), que hace que personas con umbrales algo más altos participe (porque ya hay suficientes que bajo el costo para que ella participara), y eso puede convertirse en un proceso-autosustentable o no, u otras posibilidades.

Cada una de estas ideas, como dijimos al inicio, ha generado muchas investigaciones y nos ha permitido comprender mejor la vida social. Es, entonces, del tipo de ideas que bien la sociología podría tener más.

Analizando en qué consiste concretamente la interacción. Una nota sobre el análisis de conversación

Las ciencias sociales de un tiempo a esta parte se han dedicado a analizar, finalmente, las interacciones y lo que se construye a partir de ellas. Ahora bien, el análisis de redes -que es parte importante de ete impulso- es una perspectiva que, en general, ha tratado sobre las conexiones pero no sobre el contenido ni la materialidad de esa conexión. A lo más reconoce, usualmente, diferentes tipos de lazos (y empíricamente suele investigar una red bajo un tipo de lazo) pero no entra a investigar cómo se producen ni cuáles son las características específicas de esos lazos. En parte porque está la intuición que el hecho mismo del lazo bien puede ser más relevante que su materialidad específica.

Sin embargo, hay otras aproximaciones sobre la interacción que parten precisamente del examen específico a esa materialidad de la interacción. Una de ellas es el análisis de la conversación. Siendo algo desconocido en nuestras latitudes tendrá algo de sentido escribir una breve nota sobre él.

En algún sentido, el enfoque de la pura conectividad, que es finalmente lo que es el análisis de redes, en su abstracción y generalidad es válido para todo tipo de conexiones; pero para analizar las conexiones específicamente sociales (o al menos, las conexiones entre sujetos culturales, con lenguaje y otras características que suelen interesar a los científicos sociales) parece ser necesario incorporar consideraciones que van más allá del mero hecho de estar conectados, sino que incluyan también el contenido concreto de ellas, para conocer como ellas se crean, se mantienen, se transforman o desaparecen.

El análisis de conversación tuvo sus orígenes en la década de los ’60 en la obra de Sacks y Schegloff. Uno de los resultados e ideas de esta vertiente es que si la vida social está ordenada lo está debido a cómo opera en sus niveles más básicos, y en las interacciones más cotidianas: no en las grandes estructuras ni en las relaciones de largo plazo, sino en la interacción inmediata. Una de sus críticas habituales a las perspectivas más tradicionales es que las grandes preguntas sociológicas al pasar por alto esta micro-construcción no permiten entender realmente la vida social, y en particular no permiten entender tanto el carácter altamente ordenado de ella, como el carácter del tipo de orden que construyen -uno secuencial y procedimental (así Schegloff 1992, Mondada 2011). La organización de los turnos del habla siendo uno de los temas centrales de esta tradición de investigación, muestra ello con claridad.

Entonces, sólo a través de un examen atento y detallado de la interacción, y en particular de la conversación se puede comprender como opera y se desarrolla la vida social. Este examen atento y detallado es en sí mismo algo requerido para interactuar (Drew 2005, p 72): Estos análisis muestran cuanta habilidad en el estar atento al otro requiere la interacción cotidiana: cuantas señales de habla y corporales se proyectan y son usadas por otros actores, y los procedimientos muy específicos a través de los cuales esto se realiza. Desde otras disciplinas el complejo carácter de las capacidades requeridas para la conversación también ha sido observado. Ya sea en torno a la coordinación de la vista mutua (Richardson et al 2007) o incluso en la forma en que se activan neuronas para poder mantener y seguir una conversación en ambientes ruidos (Zion et al 2013).

Estos procedimientos que implican además un orden temporal: no sólo en términos de secuencias, sino en términos de que cada acto (cada dicho, cada movimiento) proyecta algo hacia adelante, una resolución y una continuación (la descripción de Mondada 2011, p 546-550, de una interacción de instrucción de manejo es una entre muchas otras posibles). Aunque precisamente por el hecho de realizarlas rutinariamente es fácil pasarlas por alto, el nivel de habilidades requerido para construir esa rutina como rutina es fuerte (Schegloff 1986) . Así, Schegloff se pregunta, por ejemplo, en relación a una forma de confirmar:

And, if so, exactly what might someone be doing by confirming in this way that is, by repeating, and (to make explicit another feature of these two instances, excerpts 1 and 2) by repeating in the next turn, that which is being agreed with or confirmed (Schegloff 1996, p 176)

Schegloff enfatiza que aquí se está realizando un trabajo bien particular, que corresponde a situaciones muy distintas de, por ejemplo, cuando se confirma a través de otros medios (diciendo ‘sí’, o ‘es correcto’ etc.). Todas las características de la conversación son significativas; y es a través de esas interacciones concretas -en la forma en que las personas contestan y siguen el habla de otros- que se produce y se realiza cualquier orden y vida social. Pasar por alto esta construcción para analizar constructos más generales (normas, prácticas, cultura) no permite entender la vida social. Desde otra postura, enfatizando más las emociones y más negadora del rol de los macro-constructos en ese foco en las interacciones básicas, Collins (1981), en particular su inicio (p 984) muestra la intención: ‘microsociology is the detailed analysis of what people do, say, and think in the actual flow of momentary experience’.

El análisis de conversación es una invitación, en ese sentido, a tomarse en serio la interacción y cómo ella se produce. El material de las conversaciones real y concretas -no conversaciones estilizadas- es la ‘materia’ de la vida social, los hechos de los cuales hay que dar cuenta. Y es ello lo que la ciencia social, en general, no ha observado.

Qué es una forma de decir, si se quiere, que la ciencia social no ha analizado -a decir verdad- la ‘materia’ (al menos una de ellas) de su asunto. Para peor, no faltará quienes crean que lo que sucede ahí es mera trivialidad. Pero si hay vida social es a través de los procesos que allí ocurren, y por lo tanto nada menos trivial que cómo se realizan las conversaciones.

 

Referencias bibliográficas.

Collins, R. (1981) On the microfoundations of macrosociology. American Journal of Sociology 86(5), 984-1014.

Drew, P. (2005). Conversation Analysis. En K. L. Fitch y R. E. Sanders (Eds.), Handbook of language and social interaction (p. 71-102). Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum Associates

Mondada, L. (2011). Understanding as an embodied, situated and sequential achievement in interaction. Journal of Pragmatics, 43(2), 542–552.

Richardson, D. C., Dale, R., y Kirkham, N. Z. (2007). The Art of Conversation is Coordination. Psychological Science, 18(5), 407-413.

Schegloff, E. A. (1986). The routine as achievement. Human Studies, 9(2/3), 111-151.

Schegloff, E. A. (1992). Repair after Next Turn. American Journal of Sociology, 97(5), 1295-1345.

Schegloff, E. A. (1996). Confirming Allusions. American Journal of Sociology, 102(1), 161-216.

Zion Golumbic, E. M., Ding, N., Bickel, S., Lakatos, P., Schevon, C., McKhann, G. M., (. . .) Schroeder, C. E. (2013). Mechanisms Underlying Selective Neuronal Tracking of Attended Speech at a “Cocktail Party”. Neuron, 77, 980-991.

 

Anotaciones a Economía y Sociedad VIII: A propósito de los tipos de dominación. La diferencia entre legalidad y burocracia

En su célebre tipología de la dominación Weber nos propone como uno de ellos, y además el más característico de las sociedades modernas y el más racional, el burocrático-legal. El propósito de esta entrada es disputar la combinación: Que el carácter legal y el carácter burocrático son elementos distintos y diferenciables conceptual e históricamente.

Esto tiene alguna relevancia si recordamos que el propósito de los tipos ideales es el de enfatizar unilateralmente un aspecto de la realidad: Se supone que en la realidad concreta usualmente se combinan diversos de esos tipos, ninguna realidad es tan pura como el tipo. Pero entonces ello requiere que sea efectivamente unilateral. La pregunta entonces es si el carácter burocrático y el carácter legal efectivamente corresponden a una sola dimensión.

Weber describe de esta forma las características básicas de la dominación legal:

1. Que todo derecho, pactado u otorgado, puede ser estatuido de modo racional -racional con arreglo a fines o racional con arreglo a valores (o ambas cosas)- con la pretensión de ser respetado, por lo menos, por los miembros de la asociación […]
2. Que todo derecho según su esencia es un cosmos de reglas abstractas, por lo general estatuidas intencionalmente; que la judicatura implica la aplicación de esas reglas al caso concreto; y que la administración supone el cuidado racional de los interese previstos por las ordenaciones de la asociación, dentro de los límites de las normas jurídicas […]
3. Que el soberano legal típico, el “superior”, en tanto que ordena y manda, obedece por su parte al orden impersonal por el que orienta sus disposiciones […]
4. Que -tal como se expresa habitualmente- el que obedece sólo lo hace en cuanto miembro y sólo obedece al “derecho” […]
5. En relación al número 3 domina la idea de que los miembros de la asociación, en tanto que obedecen al soberano, no lo hacen por atención a su persona, sino que obedecen a aquellas ordenaciones impersonales […] (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 3)

Y el cuadro administrativo que le correspondería, tendría una afinidad electiva para usar esos términos, sería el burocrático, que se define de esta forma:

El tipo más puro de dominación legal es aquel que se ejerce por medio de un cuadro administrativo burocrático. Sólo el dirigente de la asociación posee su posición de dominio, bien por apropiación, bien por elección o por designación de su predecesor. Pero sus facultades de mando son también “competencias” legales (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 4)

El mismo numeral abunda en las características de estos funcionarios individuales de ese tipo puro de cuadro burocrático están en jerarquía (2), calificación especializada que fundamenta su nombramiento (5), ejercen el cargo como su única o principal profesión (7), tienen ante sí una carrera o perspectiva de ascensos (8).

 

Ahora bien, ¿por qué esa legitimidad legal debe asociarse a un cuadro administrativo? En principio se podría establecer que (a) un trabajo continuo realizado en oficinas por funcionarios, (b) requeriría que sus competencias estuvieran establecidas de forma explícita por ley. Otra forma de establecer competencias no permitiría la operación continua de esos funcionarios. Y es el trabajo continuo (la administración) que constituye el centro de la burocracia:

No debe dejarse uno engañar y perder de vista que todo trabajo continuado se realiza por funcionarios en sus oficinas (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

Sin embargo, el modelo de cuadro administrativo burocrático incluye bastante más elementos que el simple de tener funcionarios con competencias previamente establecidas. Ya mencionamos algunos, que Weber enfatiza lo suficiente para hacerlos parte inherente de la burocracia en su concepción: La jerarquía, ejercer el cargo como principal actividad (y luego, carrera ascendente interna).

Lo interesante es que hay al menos un caso histórico de interés, que Weber no le queda más que haber conocido, dado su conocimiento de la antigüedad, en que se tiene dominación legal sin burocracia: La democracia ateniense (y quizás otras democracias también, pero sólo de Atenas tenemos un conocimiento más preciso de su estructura administrativa):

  • Primero, tenemos la idea de la ley como fundante de la legitimidad. De hecho, en general es algo común a los griegos antiguos: La idea que se está ante gobierno de leyes y no de hombres (y esa diferencia es una de las cruciales para diferenciar la dominación legal de la tradicional y de la carismática, ver Cap III, § 2). En particular, en Atenas para el siglo IV se había alcanzado a distinguir entre leyes y decretos.
  • Segundo, los cuadros administrativos atenienses (en particular, en el siglo IV que es cuando tenemos más información) se caracterizan por ser (a) no-profesionales, (b) no-jerárquicos (algo que comparten con la descripción que hacia Tocqueville en la Democracia en América), y (c) por cierto, sin perspectiva alguna de carrera. Los consejos de magistrados colegiados que conformaban la administración ateniense eran cubierto por sorteo por ciudadanos comunes y silvestres por períodos relativamente cortos (y buena parte de ellos con prohibición de realizarlos por más de una vez) (Para todo esto, Mogen Herman Hansen, The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes, 1999). Algunas de estas características, Aristóteles las menciona en la Política como característica de las democracias (al menos de las no-moderadas) por lo que plausiblemente no estaban reducidas al caso ateniense.

Dado que el sistema que estamos mencionando no fue uno que se auto-destruyó inmediatamente (la democracia en Atenas dura alrededor de 2 siglos, y en la configuración mencionado alrededor de un siglo -desde la restauración de la democracia el 401 AC hasta la caída definitiva el 322 AC); podemos darlo como un sistema posible y sustentable. Y luego, lo que nos muestra es que el carácter legal de una dominación no requiere necesariamente un cuerpo burocrático como lo desarrolla Weber.

En general, hay que decir que Weber define el sistema legal-burocrático de acuerdo a su experiencia alemana (las características que da de los funcionarios se aplican con gran precisión a la auto-comprensión del servicio civil alemán, y en particular del prusiano). Pero saliendo de esa experiencia, e incluso manteniéndonos dentro del mundo moderno, empiezan a verse problemas -y ellos no se pueden reducir a ‘el tipo no se da de forma pura en la realidad’. Que el puro mandato de la ley fuera suficiente para legitimar las decisiones resulta insuficiente en las tradiciones políticas más liberales (en los cuales la legitimidad de la ley tiene otros basamentos -ya sea la soberanía del pueblo o ciertos derechos inalienables) -el positivismo jurídico ha sido una de las tradiciones jurídicas modernas, pero nunca ha sido la única. Las discusiones, que de hecho son anteriores a Weber, sobre la legitimidad de la desobediencia civil muestran los límites de la pura legalidad como fundamento de la legitimidad ‘racional’ moderna.

 

NOTA. El conocimiento y la burocracia.

Hay otro tema que llama la atención con relación a la descripción de la burocracia en Weber: su énfasis en el saber como fundamento de la dominación burocrática (‘el gran instrumento de la superioridad de la administración burocrática es éste: el saber especializado’, Cap III, § 5). Esto en particular para criticar la posibilidad de un salir de esa burocracia, o incluso para limitar la posibilidad de ponerle todo límite a la dominación burocrática:

La cuestión es siempre ésta: ¿quién domina el aparato burocrático existente? Y siempre está dominación tiene ciertas limitaciones para el no especialista: el consejero especializado impone la más de las veces a la larga su voluntad al ministro que no lo está (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

Ahora, ¿a qué se debe a que una dominación por funcionarios designados por competencias legales deba estar asociado a un conocimiento? Más allá de tener que certificar cierto saber para ocupar un cargo, la base para cumplir una determinada orden es que el que emite la orden tiene las competencias reglamentarias, no que el que emita la orden tenga mayor conocimiento. Lo último lo prueba el hecho que en caso de entrar en conflicto ambas exigencias, la disposición burocrática es a cumplir con lo que indica el procedimiento. De hecho, puede observarse que el consejero del Ministro (aquel que se basa en su saber) no necesariamente proviene de los estamentos de funcionarios (y ello es válido para todos los consultores, ya sea en burocracias públicas como privadas) para observar que lo que Weber había unido en realidad era separado.

Nuevamente, Weber ha adherido a la burocracia un elemento que en principio le es ajeno (no es parte de su pureza), basado fundamentalmente en su experiencia del Imperio Alemán, y su cercanía al estamento de funcionarios. Lo cual nos viene a decir, por una parte, lo difícil que resulta efectivamente diseñar tipos ideales -y mantenerse en la unilateralidad pura en la que supuestamente se basan. Pero quizás, por otra parte, lo más importante esté en otro lugar: Uno de los elementos de mayor influencia de Weber ha sido su diagnóstico de la ‘jaula de hierro’, la idea que de la dominación burocrática no hay escape; pero ¿no deberá parte de su plausibilidad al hecho que Weber acumula como parte del fenómeno burocrático elementos distintos? Y luego la sensación de inescapabilidad se produce porque al reunir diversos elementos parezca difícil evitar al menos uno de ellos. Pero eso no es equivalente a la inevitabilidad de todos ellos. Como siempre, al final, se requieren buenas distinciones.

Anotaciones a Economía y Sociedad VII: Racionalidad, cálculo y el socialismo en Weber

No deja de ser notorio al leer el Capítulo II de Economía y Sociedad las repetidas referencias que realiza Weber al tema del socialismo. No sólo ello sino que en diversas ocasiones las distinciones conceptuales (y recordemos que el capítulo es un vasto catálogo de distinciones) se construyen, en parte, para poder dar cuenta de la distinción entre socialismo y capitalismo (ver por ejemplo el § 14 donde es con base en esa distinción que se realiza la discusión sobre la cobertura de necesidades). Pero quizás lo más crucial, que es bastante conocido, es que buena parte de los éxitos predictivos de Weber dicen relación con sus declaraciones sobre el socialismo. Lo cual habrá que decirlo no deja de ser relevante. Weber escribe las páginas de la primera parte de Economía y Sociedad al final de su vida, en 1920, o sea a pocos años de la Revolución Rusa (y, a decir verdad, cuando no era claro que el nuevo régimen pudiera sostenerse), y a pocos años de las oleadas revolucionarias de la Europa central y oriental. Lo cual explica lo atingente del tema en sus páginas, pero al mismo tiempo nos muestra que las tendencias que Weber estaba declarando no eran para nada obvias en ese momento.

Habiendo dado varias razones para fundamentar el interés en lo que Weber dice al respecto, no quedará más que -entonces- dedicarse a mostrar que es lo que dice.

1. La imposibilidad del cálculo racional sin precios.

Uno de los primeros temas que Weber menciona en relación con su análisis de la economía es la importancia del cálculo para la acción racional. En ese sentido, distingue el cálculo natural (lo que se puede hacer sin tener un equivalente universal de valor como el dinero), y el cálculo racional formal que se puede realizar cuando hay dinero. Sólo en este último caso se cuenta con la posibilidad de tener un cálculo racional puro (la necesidad del dinero para la acción racional con arreglo a fines lo discutimos en una entrada anterior). El bien conocido argumento de von Mises al respecto ya está en ciernes en Weber, y ambos son contemporáneos: Si el socialismo, como era entendido a principios del siglo XX, era un sistema económico que no usaba dinero, entonces la planificación racional -que era una de las promesas del socialismo- sería imposible:

No se arregla nada con la creencia de que, una vez se enfrente uno de un modo decidido con el problema de la economía sin dinero, “ya se encontrará” o se inventará el sistema de cálculo apropiado: el problema es fundamental de toda “socialización plena”, y no puede hablarse, en todo caso, de una “economía planificada” racional en tanto que no sea conocido en este punto decisivo un medio para la fijación racional de un “plan” (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 12)

Más aún, para poder aprovechar el potencial de racionalidad formal del dinero requiere además las condiciones de la economía capitalista (Cap II, § 13): la lucha de mercado de economías autónomas; la posibilidad del cálculo de capital y luego sobre la libertad de mercado lo más amplio; que sea el deseo con mayor poder adquisitivo el regulador material. El dinero permite el cálculo racional, pero sólo lo puede hacer plenamente bajo ciertas condiciones -que son las que el socialismo eliminaba.

En algún sentido, la práctica de los socialismos reales en las siguientes décadas mostró que sin dinero y sin precios efectivamente no se podía administrar una economía compleja: Todos ellos debieron ocupar dinero para sus operaciones (no entraré aquí como esto afecta a la versión von Mises del argumento, dado que aquí queremos comentar a Weber). Aunque el rol de los precios en las economías del socialismo real claramente no era el del capitalismo moderno, si al menos permitía los elementos mínimos para lograr una administración racional. Pero como el mismo argumento de Weber lo establecía, incluso si resultaba necesaria su re-inclusión para una planificación racional, no podía cumplir plenamente su papel. Se podría decir que la experiencia del socialismo real (las décadas de funcionamiento del sistema) mostraban al mismo tiempo (a) la necesidad del uso del dinero para planificar y (b) la imposibilidad de lograr el máximo de racionalidad fuera del contexto capitalista.

2. La necesidad de la burocracia.

Un segundo tema que Weber discute con relación al socialismo es en el de la burocracia; en la cual se repita la dinámica de presentar una afirmación que iba en contra de lo que se esperaba del socialismo que a su vez se cumplió posteriormente. La utopía socialista, en particular a principios del siglo XX, era una que pensaba en la disolución del Estado, o que -para usar una frase de Engels- se podría pasar de la administración de los hombres al de las cosas. El peso de la organización sería menor para permitir el desarrollo libre de las capacidades. La sociedad actuando y decidiendo sobre ella no era vista como una organización burocrática que actuara sobre otros.

A este respecto, lo primero que hay que recordar  es que Weber establece que la dominación burocrático-legal (o sea, tener organizaciones) es lo que permite la racionalidad en el capitalismo -véanse sus reflexiones sobre lo necesario del trabajo libre, y dispuesto libremente, para la actividad capitalista; y sobre la separación de propiedad y gestión-. Así concluye que:

De igual manera que el capitalismo en el estadio actual de su desarrollo exige la burocracia -aunque uno y otra provengan históricamente de distintas raíces- asimismo constituye el fundamento económico más racional sobre el que puede subsistir aquella en su forma también más racional porque desde el punto de vista fiscal aporta los necesarios medios en dinero (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

La burocracia no es un elemento anti-capitalista (no estamos ante quien cree en la oposición de relaciones organizacionales y relaciones de mercado). Pero siendo algo plenamente establecido como capitalista, al mismo tiempo nos dice (y esto en el siguiente párrafo al que acabamos de citar) que:

En esto [está hablando de los requisitos técnicos de la burocracia] ninguna alteración podría introducir un orden socialista. El problema radicaría en si éste sería capaz de crear condiciones parecidas a una administración racional, que precisamente en este caso significaría una administración burocrática rígida, sometida a reglas aún más rigurosamente formales que las existentes en el orden capitalista (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap III, § 5)

Weber no sólo enfatiza la necesidad -recordemos no obvia en ese momento- de la burocracia para el socialismo; sino además insistirá en la necesidad de una administración autoritaria en el socialismo (Cap II, § 41). Porque hacerlo de otra forma haría que los intereses contrapuestos de las personas salieran a la luz, y esto produciría ‘violentas luchas de poder’. No es sólo una regulación burocrática, sino además una ajena a cualquier forma democrática, lo que Weber piensa en afinidad electiva con el socialismo.

Nuevamente, bien se puede insistir en el hecho que la experiencia de los socialismos reales puede tomarse como un éxito predictivo de Weber.

3. Racionalidad material y racionalidad formal.

En toda la discusión anterior nos hemos basado en una ambigüedad del concepto de racionalidad. En nuestra defensa bien podemos defender que es una ambigüedad existente en el propio Weber. Examinarla nos permitirá observar de mejor forma los fundamentos y límites del argumento weberiano.

Básicamente, hasta ahora hemos usado como equivalente lo racional con la racionalidad formal, la que se define solamente en términos del grado de cálculo. Pero Weber además distingue la racionalidad material, cuando el abastecimiento está orientado por ciertos postulados de valor (Cap II, § 9). Como ya dijimos, en cierto sentido es una trasposición de la división entre acción racional de acuerdo a fines y valores. Luego, plantear que algo no es plenamente racional formalmente no quiere decir que no sea racional, dado que hay otra forma de racionalidad. Sin embargo, el mismo Weber tiende a hacer equivalentes la idea de racionalidad con la idea de racionalidad formal, y luego lo que hace inviable la racionalidad formal como cercano a lo irracional.

Ahora bien, lo central de la diferencia entre ambas formas de racionalidad dice relación con la posibilidad del cálculo. Es la racionalidad formal la que requiere dinero, porque la racionalidad material bien puede usar un cálculo natural (ver Cap II, § 9). Éste último no operar de una forma sencilla como reducción a un simple estándar de valor formal, dado que eso es precisamente lo que le suelte faltar: Tiene que combinar diversas producciones heterógeneas  sin un marco único. Pero ello vuelve al cálculo natural algo difícil de realizar, más no imposible (toda gestión de hacienda se basa finalmente en cálculos naturales, y gestión de hacienda es algo que las familias siempre hacen con relación a su abastecimiento); y no por ello irracional.

No es sólo que ambas formas de racionalidad sean efectivamente formas de racionalidad distintas; sino además Weber enfatiza que están usualmente en conflicto. Lo que es racional formalmente suele no serlo materialmente; lo que es racional materialmente suele no serlo formalmente. Y ello constituye una irracionalidad irrebasable:

Las racionalidades material y formal (en el sentido de un cálculo exacto) se separan cabalmente entre sí en forma tan amplia como inevitable. Esta irracionalidad fundamental e insoluble de la economía es la fuente de toda “problemática social” y especialmente de todo socialismo (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 14)

Aunque Weber suele enfatizar, dada la equiparación común entre racionalidad formal y la racionalidad, el hecho de la irracionalidad de la racionalidad material, tampoco olvida lo contrario. En la siguiente crítica es desde un punto de vista de racionalidad material que se realiza una crítica al mundo racionalizado formalmente:

En conjunto todo el esfuerzo de una generación no ha consistido en otra cosa que en una crítica de los resultados que para la provisión natural de bienes ha tenido una orientación de la economía por la idea exclusiva de rentabilidad (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 12, 2)

Con lo cual entonces podemos volver al punto de inicio: ¿Cuán irracional tiene que ser el socialismo, en particular, cuan irracional tendría que ser la administración sin dinero? El carácter de irracional asignado al socialismo es válido para la racionalidad formal, más no necesariamente para la racionalidad material. Más aún,  sabemos que existen administración de hacienda bajo cálculo natural, o sea sin dinero; y que ella bien puede ser racionalizada. No permite llegar al cálculo formal, pero sabemos que esa forma de administración existe.

La asignación de irracionalidad requiere, entonces, algo más que la simple ausencia de cálculo forma de acuerdo a los planteamientos del mismo Weber. Para resolver este tema, podemos observar un argumento de Schumpeter (a quién supongo nadie acusaría de socialista) sobre la posibilidad de la planificación socialista.

NOTA: Al hablar de las diferencias del cálculo natural y el monetario, Weber hace mención que las estadísticas disponibles en su época suelen ser estadísticas naturales (por ejemplo, de producción). Lo que no existe es la operación que transforma toda la economía en algo monetario, que Weber dice sólo puede tomarse en serio para intereses fiscales (está pensando específicamente en la transformación del patrimonio en dinero, ver Cap II, § 12, 2). Las cuentas nacionales en la época de Weber sólo estaban en su infancia, y sólo en décadas posteriores se creó el PIB -o sea, el transformar toda la producción en una sola cifra determinada por el dinero. Y si bien no fueron estrictamente intereses fiscales lo que la crearon, fueron intereses estatales; y con ello la posibilidad de pensar en una gestión global de toda la economía bajo el canon de la racionalidad formal. El que los gobiernos, por ejemplo, se pongan como objetivo, y monitoreen, el crecimiento de la economía es, en ese sentido, una ampliación de la racionalidad formal que Weber no conoció.

Y, por cierto, las críticas al PIB como forma de medición de la economía siguen con exactitud la diferencia entre racionalidad formal y material. En algunos sentidos, todavía no hemos superado para nada a Weber.

4. El argumento de Schumpeter.

El argumento de von Mises, que como hemos dicho ya estaba en Weber, sobre la imposibilidad de la planificación racional en el socialismo, ha tenido una importante difusión al interior de quienes han seguido a la escuela austríaca. Pero no tuvo, uno podría decir, tanto impacto en la economía neoclásica; y también fue rechazado por integrantes de la escuela austríaca. En el caso de la economía neoclásica es clara la razón: Para esta última la racionalidad maximizadora es una condición universal del comportamiento humano, y luego ponerle una condición social (requiere dinero) no era conducente. Los argumentos anti-socialistas al interior de esa vertiente tienen otras figuras (enfatizando no que no se puede ser racional, sino que no es eficiente como arreglo). Más interesante es el argumento al interior de los austríacos.

Schumpeter escribiendo en 1942 Capitalismo, Socialismo y Democracia, declaraba no entender la idea (y recordemos que él escribe tras décadas de socialismo real, o sea sabiendo que era posible que se mantuviera, no era una entelequia). Para él si resultaba posible la planificación bajo el socialismo. El argumento de Schumpeter no es propio (sigue a Enrico Barone en esto), pero siendo conocido, parte del mismo medio en que aparece el argumento anti-racionalista del socialismo y partiendo de la base en que encuentra el carácter racional del socialismo evidente (así lo dice en Parte III, Cap XVI, 1) resulta de interés.

El argumento es alambicado (está en el Cap XVI) pero: (a) En una sociedad socialista sería necesario un mecanismo político para asignar un criterio de distribución (no sería posible el automático de una sociedad mercantil), pero aunque fuera arbitrario permitiría el cálculo de los agentes económicos, (b) la distribución a las personas de un resguardo de derecho al consumo de bienes, y ello permitiría formar precios (al menos, permite formar demanda y a que precios las personas estarían dispuestas a adquirir productos), (c) el problema de cuanto generar de cada producto, lo que estaba asumido en lo anterior, se puede resolver a través de generar condiciones, y ello permite que para cada industria se le genere el mismo tipo de decisión que resuelve en una sociedad capitalista (y si la última es racional, a fortiori la primera también lo es), (d) ello requiere establecer un precio por la junta central de planificación, pero ello es el mismo que ocurre en una sociedad capitalista: aquel que permite vaciar el mercado. En última instancia, una economía socialista planificada puede replicar todos los elementos que permiten la racionalidad de la acción capitalista.

En suma, aún sin mercados

tendría que haber una autoridad para hacer la evolución, esto es, para determinar los índices de significación para todos los bienes de consumo. Siéndole dado un sistema de valores dicha autoridad podría hacer esto de una manera perfectamente determinada, igual que puede hacerlo un Robinson Crusoe (Capitalismo, Socialismo y Democracia, Tercera Parte, Cap XVI, 6)

Pero he aquí entonces el punto central. La visión de Schumpeter podría refutar una argumentación à la von Mises, pero en el caso de Weber existe una contra-réplica importante: Robinson Crusoe puede hacer un cálculo natural (una administración de hacienda) pero no un cálculo formal, precisamente porque le falta un estándar común de valor. El dinero es precisamente ello (y el argumento de Schumpeter hace uso de equivalentes a dineros y precios, de transformar todas las demandas naturales de bienes en equivalentes); y a falta de dinero no se puede hacer un cálculo racional formal. Lo que explica, siguiendo a Weber, como ya dijimos porque las economías socialistas reales tuvieron que ocupar dinero finalmente.

Existe un argumento ulterior también basado en Weber: la necesidad de una burocracia autoritaria. Schumpeter observa la necesidad de una burocracia pero la ve más que nada como un equivalente a la función ‘cognitiva’ del mercado (à la Hayek): la de reunir información. En última instancia, es la personalización real del subastador de Walras. Pero en Weber una burocracia centralizada no puede limitarse a ello. El argumento de Schumpeter se basa en un alto grado de libertad de los agentes (i.e es cada industria la que toma decisiones, al igual que cada consumidor; la agencia de planificación lo que hace es reunir la información que generan esas decisiones y distribuirla a los agentes económicos), pero ello -en Weber- implicaria volver a recrear el conflicto de intereses, que eliminaría la posibilidad de una planificación efectiva.

En suma, aquí las dos hebras de la argumentación de Weber se reúnen El modelo que plantea Schumpeter, que permitiría evitar la imposibilidad de cálculo racional sin precios, sería imposible porque implicaría un modelo no-autoritario, y es ello lo que, finalmente, no resulta posible.

5. El carácter abierto de la vida social.

¿Es esa la conclusión final? En general, los textos de Weber son relativamente caústicos sobre las presunciones existentes sobre el socialismo, y plantea que -de mantenerse- requiere una motivación extra-económica, en particular, más allá de los intereses. Pero que ello, resulta difícil de esperar para la masa de la población (Cap II, § 41). Quien todavía desee socialismo por consideraciones de valores (de racionalidad material) nada tiene la ciencia, nos dice Weber, que decirle sobre ese deseo, pero al mismo tiempo que se haga sin ilusiones incorrectas.

Pero hay algo más. La dificultad se debe, en última instancia, a una ausencia: A la ausencia de un instrumento que permita un cálculo preciso en condiciones de racionalidad material. Weber mismo cree, como plantea la cita inicial, que buscar ese cálculo no es posible. Pero al mismo tiempo:

Pero tampoco debe olvidarse nunca que las formas de empresa y de explotación, como todo producto técnico, tienen que ser “inventadas” (Economía y Sociedad, Primera Parte, Cap II, § 39).

Tampoco debe olvidarse que no conocemos el límite de las capacidades de invención de los actores. Las posibilidades del mundo no están cerradas, sino que están abiertas. A estas alturas, toda la larga literatura sobre planificación socialista puede verse como un ejercicio en la futilidad, y plantear que nunca pudieron resolver los límites que planteaba Weber al principio (nunca pudieron resolver el tema de la racionalidad fuera del capitalismo). Pero la existencia de esa literatura mostraba que había mucho paño que cortar más allá de la simple declaración inicial de imposibilidad; y nos muestra, además, que los límites de esa literatura no necesariamente son los límites de lo que podría descubrirse. Que el mundo sea abierto no implica que todas lo pensable sea posible, pero sí implica que no sabemos plenamente que es lo posible.