Notas sobre La Distinción de Bourdieu: (I) ¿El fin del ‘buen gusto’? y sus consecuencias

La Distinción, originalmente publicada en 1979, es una de las obras principales de la sociología del último cuarto del siglo XX. A más de 40 años bien podemos decir que es un clásico de la disciplina, y es de hecho una de las obras más citadas de la disciplina.

Toda obra muy conocida lo es, en muchos casos, malamente; y la multiplicidad de citas no siempre corresponde a la multiplicidad de lecturas. El malentendido es el destino de toda obra muy conocida. Pasa con La Distinción.

Un malentendido común, que ha dado origen a múltiples críticas, es sobre una confusión de los niveles empíricos y teóricos en la obra. En La Distinción opera el esquema teórico de Bourdieu (habitus, campos, capitales) y no se entiende sin éste. Pero los resultados de la investigación, la forma en que opera la lógica del gusto, las características que los conforman y los esquemas que los diferencian, son empíricos. Nada en Bourdieu implica que los esquemas analizados para la Francia de los ’60 (que, al fin, provienen de enclasamientos y de habitus bien específicos para dicha sociedad) se encontrarían de la misma manera en otros contextos. Y encontrar que ellos difieren no refuta el argumento teórico de Bourdieu, sólo indica que la estructura del gusto de la sociedad estudiada no sigue los lineamientos de la Francia de los ’60.

Hay varios elementos que encontró Bourdieu en sus análisis que en general otros estudios plantean que ya no funcionan en las sociedades actuales. Aquí nos interesa señalar lo siguiente: En La Distinción se muestra una sociedad en la que existe un gusto dominante, y ese gusto está articulado por una aproximación estetizante y formalista (que será denominada kantiana por Bourdieu). Una estética que produce que para comprender una obra es necesario todo el capital simbólico de ese campo, sólo de esa forma es posible entender todos los juegos y desarrollos formales que están en ella y en los que, de acuerdo a ese gusto, radica el valor estético.

Le mode de perception esthétique dans le forme “pure” qu’il a prise aujourd’hui correspond à un état déterminé du mode de production artistique: un art qui, comme toute la peinture post-impressionniste par exemple, est le produit d’une intention artistique affirmant le primat absolu de la forma sur la fonction, du mode de représentation sur l’objet de la représentation, exige catégoriquement une disposition purement esthétique que l’art antérieur n’exigeait que conditionnellement; l’ambition démiurgique de l’artiste, capable d’appliquer à un objet quelconque l’intention pure d’une recherche artistique qui est à elle-même sa fin, appelle l’infinie disponibilité de l’esthète capable de appliquer l’intention proprement esthétique à n’importe quel objet, qu’il ait été ou non produit selon une intention artistique (Parte 1, Cap 1, p 30)

Contra ello aparece el gusto anti-kantiano de las clases populares, para quienes el valor estético está en el objeto mismo, no en la forma en la cual se aproxima a éste, y que rechazan la actitud estetizante misma

C’est en effet au nom d’une “esthétique” qui veut que la photographie trouve sa justification dans l’objet photographié ou dans l’usage éventuel de l’image photographique que les ouvriers rede la pelliculefusent presque toujours le fait de photographier pour photographier (avec par exemple la photographie de simples galets) comme inutile, pervers ou bourgeois: “C’est gâcher de la pellicule”, “Il faut avoir de la pellicule à gaspiller”, “Il y en a, je vous jure, ils ne savent pas comment tuer le temps”, “Faut avoir rien d’autre à fair pour prendre des machins comme ça”, “c’est de la photo de bourgeois” (Parte 1, Cap 1, p 42)

Eso se habría perdido en la actualidad. En particular, se ha perdido el carácter dominante de ese gusto estetizante. No es que ello implique la pérdida de actitudes de distinción o la oportunidad de diferenciar gustos dominantes de dominados (toda la larga discusión sobre el omnivorismo cultural nos muestra lo complejo de todo ello), y resabios de ese gusto estetizante siguen con nosotros. Pero, al parecer, el elitismo de esta estética se ha debilitado, y defender un gusto que dejaría fuera a buena parte de la población porque no está a la altura de éste se ha debilitado. Algunas de las citas que muestra Bourdieu sobre esta estética formalizante y elitista en la actualidad serían más difíciles de aparecer o aparecerían de manera más defensiva (por ejemplo las de Ortega Suzanne Langer en la p. 32 en su juego de los ‘mejores’ frente a aquellos que ahora ya no tienen excusa para acceder al arte pero siguen sin ir a los museos y por lo tanto muestran la diferencia sustantiva entre lo vulgar y lo distinguido).

Es interesante observar lo que ha reemplazado esa estructura. El debilitamiento de ese gusto dominante formalista es el debilitamiento de sus bases de sustentación social. Lo que permitía la existencia de ese gusto formal era la aparición de un campo artístico diferenciado (Bourdieu analizaría la aparición de ello en una obra posterior, Las Reglas del Arte), y el debilitamiento del gusto que había estado aparejado es el debilitamiento de ese campo y, en particular, de su autonomía.

El arte en el contexto de los ’60 (y en Francia) se había convertido en un campo relativamente autónomo; y la reproducción material de ese campo se había logrado independizar (relativamente) de lógicas ajenas a éste. En la actualidad podemos, más bien, observar que en la operación de las actividades artísticas (y en general en todas aquellas que dicen relación con el gusto) el refortalecimiento de lógicas de rentabilidad o de venta. Contra un gusto formalista que puede ser acusado de elitista se levanta la defensa del gusto popular-masivo y el indicador de ese gusto pasa a ser cuanto venden (o cuanto ayudan a la venta a través de la publicidad en los casos en los que el contenido no se vende directamente).

La desaparición de la dominación de gusto elitista del esteta implicó en la práctica la dominación de la lógica comercial en el campo artístico.

NOTA. Esta serie de entradas no analizará el texto capítulo por capítulo o sección por sección (como las series dedicadas a Las Reglas y a los capítulos iniciales de Economía y Sociedad) sino se limitará a comentar algunos temas específicos.

Las citas son a la edición en francés de Les Éditions de Minuit.

La predicción y la naturaleza de las ciencias sociales

Hace poco tiempo atrás se publicó un artículo de Salganik et al (creo que antes había circulado un preprint, al menos había escuchado del resultado anteriormente) cuyo resultado central es que diversos equipos de investigadores, usando diversas herramientas de machine-learning, intentaron predecir resultados de la historia de vida de personas que habían sido estudiadas a lo largo de un estudio longitudinal. El link al paper publlicado en PNAS, titulado Measuring the predictability of life outcomes with a scientific mass collaboration aquí (PNAS, 2020 117 (15) 8398-8403).

Los datos provienen del Fragile Families and Child Wellbeing Study que sigue a personas nacidas en el año 2000 en diversas olas (edad 1, 3, 5, 9 y 15). El ejercicio era entregar a investigadores los datos de las primeras olas pero no la de la ola de 15 años, y el objetivo era predecir el resultado en esa edad de seis variables: “(1) child grade point average (GPA), 2) child grit, 3) household eviction, 4) household material hardship, 5) primary caregiver layoff, and 6) primary caregiver participation in job training”. Las variables son de distinto tipo así que era un desafío interesante. Además de los datos base de las olas iniciales, para entrenar sus algoritmos tenían acceso a la mitad de los datos de la ola de 15 años.

En general, los resultados no fueron muy buenos. La medida principal tiene valor 1 máximo y sin mínimo, pero con 0 indicando una predicción no mejor que simplemente asignar el promedio. Dicha medida alcanzó un 0,2 en los mejores casos (el resultado educacional, GPA, y dificultades materiales) y 0,05 -o sea, en realidad no mejor que asignar el promedio- en el resto. Los autores del artículo comentan, de hecho, que aunque los diversos equipos de investigadores usaron herramientas y algoritmos distintos, tendieron a predecir lo mismo, de forma tal que eran bastante buenos para predecir lo que otros equipos predecerían.

En Twitter, Nicholas A. Christakis comentó lo siguiente (link aquí):

La pregunta es, entonces, la siguiente: ¿Qué nos dice sobre el proyecto de las ciencias sociales estos resultados? ¿Es un resultado realmente perturbador?

Uno puede observar (y se hizo en la discusión en Twitter or Eric Hendriks) que en realidad el tema de las ciencias sociales no es la predicción de eventos individuales. Pero si las predicciones individuales son tan problemáticas bien se puede plantear que cualquier predicción agregada no tiene mayor sentido.

Cuando se revisa el estudio aparece un dato interesante. El artículo muestra los casos se pueden dividir en casos relativamente bien predichos y otros donde las predicciones tendieron a fracasar. Y ello tiene una estructura: Los casos bien predichos son casos cercanos a la media, los casos de difícil predicción son alejados a la media.

Y aquí volvemos entonces al carácter de la ciencia social. Si lo que se quiere es explicar tendencias en el agregado, y uno supondría que eso es el objetivo de una ciencia social, entonces ese tipo de resultados ya es informativo: puesto que ya sirve para establecer relaciones a ese nivel. Para lo que no sirve, claramente, es para predecir casos individuales, y en particular aquellos que se salen de la media, pero si los casos ‘promedio’ son bien predichos entonces sirven para los propósitos de la ciencia social.

Lo cual, por cierto, nos recuerda cuáles son los límites y características de las ciencias sociales. Ellas pueden (de hecho, así ha sucedido) establecer y comprender procesos y dinámicas, y determinar relaciones generales al nivel de los agregados sociales (‘en tales circunstancias es más probable que ocurra una revolución’ o ‘en general, tener tal nivel educacional está asociado a tales resultados’). Pero no para la predicción de resultados específicos, y menos individuales.

Más aún, diría que ello no es una ‘limitación’ o un ‘problema’ a resolver -eso proviene de características basales de lo que es la vida social. Es porque la vida social opera de la forma que lo hace que ocurre que su predecibilidad es siempre lejana. Y hay toda una ciencia social para comprender y dar cuenta de, precisamente, esa impredecibilidad.

Del Eurocentrismo a la Eurofobia

No es extraño que a los sociólogos se les haga leer La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber. La mayoría de las ediciones siguen una decisión editorial de Parsons de iniciar esos ensayos con la introducción que hizo Weber a sus escritos sobre religión (lo que genera, por cierto, no pocos problemas de interpretación).

La introducción es una muestra clara de una perspectiva eurocéntrica de la historia: La pregunta esencial es por la particularidad de la modernidad europea a la cual se le agrega el epíteto de racional a cada momento, sin que la introducción se encargue de hacernos ver en qué consiste dicha racionalidad. Por cierto, el texto de Weber -al interior de una tradición eurocéntrica- no es para nada muy exagerado: así nos dirá qué formas de capitalismo o de investigación de la naturaleza hay en todas partes, ahora bien hay características específicas de la experiencia europea que la diferencian (y que estarían a la raíz de porqué a principios del siglo XX el derrotero de esa tradición era tan distinto a otras). Como Weber no cae en el error de poner a todas las tradiciones no europeas como lo mismo, sino que reconoce que cada una de ellas es distinta, se aleja de los binarismos occidente/oriente de las vertientes más simplistas del eurocentrismo. De hecho, uno podría plantear que dado que la tradición europea tiene sus elementos distintos (tal como la tienen todas) una investigación sobre sus diferencias no implica per se ser eurocentrista y que, por lo tanto, la versión de Weber escaparía de dicha crítica.

Sin embargo, incluso esa visión tan matizada nos parece a nosotros, hijos de la civilización contemporánea, claramente eurocéntrica, y eso amerita una respuesta. ¿Por qué tenemos esa impresión? (Y, por cierto, Weber inicia del mismo modo la introducción: porque a ellos, europeos de principios del siglo XX, les parece que sus características específicas les parezcan universales).

Mi impresión es que en el intento de escapar del eurocentrismo (que es un caso particular de una tendencia más amplia de escapar de todo particularismo, solo a nosotros se nos podría ocurrir una noción como especismo) ha producido tendencias que llevan a la simple inversión: Europa no sólo no fue el centro de la historia, con la excepción de un par de siglos, sino que fue siempre periferia; Europa no sólo no es la única civilización que produce rasgos universales sino que todo lo que presuntamente ha generado ya ha estado en otras partes. Europa no es el centro original sino una periferia copiadora. Como toda respuesta que es mera inversión, si bien puede ser útil como crítica, no es que ilumine demasiado la comprensión de los procesos.

Todo esto a propósito de una cita sobre Akbar (1542-1605), uno de los emperadores mogoles en la India y sobre sus prácticas administrativas en relación a su imperio, dadas las dificultades para imponer un gobierno a realidades muy diversas en un contexto de multiculturalismo importante, teniendo que resolver un tema que varias dinastías anteriores habían intentado: como sustentar el dominio de un Estado islámico en una población hindú. Dice la cita:

The mansabdari system included a separation of nawab (executive/military) functions and diwan (financial) responsibilities at the provincial level. By dividing these functions between these two offices, he sought to prevent the corruption that would be sure to sure to follow otherwise. The idea, a separation of powers used to create check and balances, ws not to be employed in the West for two hundred years (Marc Jason Gilbert, South Asia in World History, 2017, Oxford University Press: 70-71)

Ahora bien, lo que hace Akbar -que un gobernante divida poder al nivel provincial- no es algo sin antecedentes en la historia mundial ni tampoco en la de ‘occidente’. El tardío imperio romano algo ya tenía de ellos (separando la administración militar de la civil al nivel provincial) y si se plantea que el occidente no incluye la antigüedad, quienquiera que recuerde las interminables contiendas de competencia en el imperio colonial español (entre gobernadores, Reales Audiencias e incluso los obispos, que pueden tratarse como parte de la administración) observará que dividir funciones a niveles inferiores es una estrategia que ha sido usada en diversas ocasiones.

Nada de ello quita un ápice a la utilidad de la medida en el caso de los mogoles ni a las capacidades administrativas de Akbar, ni en general a mostrar la capacidad de innovación y de adaptación del imperio Mogol. Nada quita de su relevancia histórica ni de su utilidad para análisis comparados (por ejemplo, su manejo de la diversidad del subcontinente comparado con el siguiente gobierno imperial, el inglés; o de su comparación del manejo por parte de un gobierno islámico con importantes poblaciones no islámicas con los otomanos). No es necesario para declarar la relevancia de esos temas, en particular dentro de una serie de libros que como la serie de Oxford del cual éste libro es parte de analizar cada historia como parte de una historia global, esta búsqueda de ‘nos adelantamos en tal y tal cosa a Occidente’.

De hecho, uno puede recalcar -si uno siguiera un camino weberiano- que este tipo de divisiones pone más de relieve cuál sería la novedad de ese occidente 200 años más tarde: Que la división de poderes, y el control que se produce ahí, se aplica no desde el gobierno al nivel subestatal, sino se aplica al gobierno central (y en principio desde los ciudadanos). No me atrevería a decir que dicha hipótesis fuera correcta, se puede argumentar que entre los romanos ya aplicaba esto durante la república por ejemplo y si se busca entre los diversas formas de gobierno en la historia quizás también se podrían encontrar antecedentes (¿el liberum veto de la Comunidad Polaca en la modernidad temprana, donde cualquier noble podía detener una decisión planteando su veto en el parlamento, no podría pensarse de ese modo?).

En cualquier caso lo que me interesa recalcar es que si el instinto a principios de siglo XX era el de enfatizar la originalidad, diferencia y superioridad de Europa; a principios de siglo XXI tenemos lo contrario. Y ambas cosas dificultan la comprensión de la historia. Y ambas, de hecho, dificultan comprender en particular el hecho basal que genera ambas ideas: la dominación por parte de Europa del mundo durante un período relativamente corto.

Pérez Saínz sobre la desigualdad en América Latina. Un comentario sobre ‘Una Historia de la Desigualdad en América Latina’ (2016)

El libro que reseñamos es parte de una recuperación del tema de la desigualdad en las ciencias sociales, pero es además una reivindicación de una aproximación estructural al tema. Pérez Sáinz, ya al inicio del texto, marca su diferencia con otras aproximaciones,

El presente texto ofrece varias claves para entender la profundidad de las desigualdades en América Latina y su persistencia a lo largo de la historia. La mirada que predomina en la región se focaliza en la desigualdad de ingreso entre personas, información recabada por las encuestas de hogares; así, ha configurado nuestro imaginario sobre esta problemática. Sin embargo, debido a varias razones, ese es un acercamiento limitado, que no logra captar la profundidad del fenómeno ni entender su persistencia (Introducción, p. 13)

Pérez Sáinz da varias razones a continuación, las centrales son -porque en el marco analítico serán cruciales- que (a) antes de la redistribución del ingreso hay una distribución de bienes primarios, y que ella es la clave y que (b) el análisis del hogar esconde varias dinámicas que son relevantes para comprender la desigualdad.

No profundizaré en evaluar si esas observaciones críticas son correctas. Me limitaré a señalar que si bien parcial una perspectiva basada en ingresos puede entregar indicaciones históricas de largo plazo, y que de hecho no necesariamente está asociada a hogares (el estudio de Rodríguez Weber sobre desigualdad en Chile, Desarrollo y Desigualdad en Chile (1850-2009), 2018, 2a Ed., LOM, así lo muestra por ejemplo). No hay que olvidar que parcial no equivale a incorrecto.

Una perspectiva más integral se justifica en la medida en que ella permite obtener nuevas y mejores descripciones de la realidad. Eso no es evidente. Muchas veces un marco puede complejizarse para ser más integral pero no entregar resultados muy distintos de uno más simple. Bajo ese criterio observemos lo que nos plantea el texto.

I. El Marco de Observación.

Una de sus ventajas es que estamos ante un trabajo muy sistemático. El marco analítico que expone inicialmente construye un esquema de observación que será con el cual el texto analiza y describe la evolución de la desigualdad. En varias ocasiones uno encuentra que la discusión conceptual y el análisis empírico no conversan demasiado, y el aparato teórico resulta casi superfluo. No es el caso aquí: la discusión conceptual fundamenta el esquema de observación y éste, a su vez, estructura la descripción.

Lo primero es determinar que la desigualdad debe medirse en los mercados ‘primarios’, o sea aquellos que estructuran -finalmente- la producción. No es la desigualdad de ingresos, sino la desigualdad en acceso a capital, la desigualdad en relación a cómo se estructura la relación laboral etc. Son los lugares donde ‘se definen las condiciones de producción material de la sociedad’ (Cap 1, p. 31). Esto implica entonces que la desigualdad es, finalmente, producto de dinámicas en que opera el poder. Aquí reusa conceptos de Tilly (en La Desigualdad Persistente) y aplica a estos mercados básicos un par de dinámicas que serían las que generan desigualdad: ‘las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo asalariada y otro al acaparamiento de oportunidades de acumulación’ (Cap 1, p. 33). En esa dinámicas se juega el tema de las clase sociales.

Ahora bien, con el sujeto de la clase no se agota el tema. Pérez Saínz incluye específicamente las dinámicas de la individuación al tema de la desigualdad e incluye los pares categoriales (otro concepto que adapta de Tilly) para tratar género, raza y territorio: La adaptación es precisamente que Pérez Saínz restringe el concepto de par categorial, dejando fuera la clase.

Antes de entrar en la descripción de los procesos históricos que se hace en el texto, algunos comentarios. Lo primero es que diferenciar los mercados primarios del resto y realzar su importancia para describir dinámicas sociales. Hace unos años atrás Bas van Bavel (The Invisible Hand? Oxford University Press, 2016) planteaba que lo que diferencia a una economía de mercado de la simple existencia de transacciones mercantiles es que sólo en la primera los bienes primarios (la tierra, el trabajo etc.) son transados libremente en el mercado, y que eso ocurre en raras ocasiones. En la mayor parte de las sociedades hay mercados pero no cubren esos bienes básicos. Centrar el análisis de la desigualdad en las dinámicas sobre esos bienes sigue las mismas líneas: es importante separar el análisis de cómo se distribuyen esos bienes porque tienen consecuencias muy diferentes a los ‘bienes de consumo’.

Lo segundo es la aparición de las dinámicas de individuación. El argumento que esgrime inicialmente es más bien débil: ‘Es bastante evidente que no puede obviarse a los individuos, porque las biografías de las personas son únicas e irrepetibles’ (Cap 1, p. 39). Lo cual es cierto, pero no es claro porque ello implica que los individuos deban aparecer como otra dimensión del análisis de desigualdad. Es en la posterior discusión donde la razón queda más clara: las dinámicas de legitimación de la desigualdad, al menos en las sociedades modernas, no pueden pensarse sin relación a ello: Si las dinámicas de individuación son fuertes, ellas ‘pueden relativizar las dinámicas de clase’ (Cap 1, p. 40). Esos procesos (y en particular la diferencia entre una individuación basada en la propiedad privada y una basada en la ciudadanía social) son los que hacen que el análisis de la desigualdad no pueda separarse del análisis de la individuación.

Ahora bien, en base a ese marco de observación, ¿qué encuentra Pérez Saínz?

2. La Historia de la Desigualdad en tres momentos.

La división en períodos que realiza Pérez Saínz es tradicional para analizar la historia de América Latina desde el siglo XIX en adelante: un período oligárquico seguido de una modernidad nacional a la que sucede una modernidad globalizada. Los nombres varían pero es un esquema altamente usados para analizar América Latina. Y el relato general es más bien tradicional: Un período inicial de alta desigualdad, seguido de un período de menor desigualdad, que fue sólo parcial, y finalmente un momento de nuevo crecimiento de la desigualdad.

Antes de proseguir es relevante observar una de las virtudes del texto: efectivamente analiza América Latina como un conjunto y no, como es tan común, como una sumatoria de situaciones nacionales: las dinámicas y esquemas usados permiten ver de manera conjunta a la región (notando también sus diferencias).

Es el esquema de observación el que permite a Pérez Saínz desarrollar un análisis más profundo que el breve relato anterior. Así, por ejemplo observa que la importancia de los pares categoriales varía en cada época. Así en la era oligárquica es el par categorial étnico el más relevante (el eje civilización/barbarie que estructuró la individuación tenía una lectura directa en ese eje), en la era de la modernización nacional es lo que ocurre con los territorios (la diferencia urbano/rural en particular) y en la era de la modernidad globalizada el eje de género adquiere mayor centralidad (con nuevos procesos de subordinación ahora en el mercado de trabajo). Los cambios que examina a este respecto Pérez Saínz no se reducen a esas estimaciones de relevancia, son analizados época por época (así, entonces, con la importancia del multiculturalismo en el momento globalizado).

Asimismo nos muestra diferencias en lo relativo a los procesos de individuación. Como ya mencionamos, en el período oligarquíco el eje central es la diferencia barbarie/civilización: Sólo aquellos que tenían las disposiciones (y recursos finamente) para una conducta civilizada podían ser ciudadanos y luego así se justifica excluir a la mayoría de la población. En el período de la modernidad nacional se construye un ciera ciudadanía social, aunque en todo caso ésta fue parcial, pero aquí se superara ‘la antinomia entre ciudadanía y trabajo, propia del orden oligarquíco’ (Cap 3, p. 139, en tanto partícipes de la sociedad ya eran ciudadanos, y la ciudadanía tenía un fundamento social, no político (así interpreta el populismo). En el orden globalizado esa ciudadanía social se quiebra, al debilitarse los soportes de política social que lo constituían, pero emerge el consumo como el mecanismo de constitución individual para dicha época.

En cualquier caso, el núcleo de la desigualdad lo constituyen, al final, los procesos asociados a los mercados básicos: Las condiciones de explotación del trabajo y cómo se acaparan las oportunidades de acumulación.

En el período oligárquico nos encontramos con procesos que, en lo fundamental, implican la incorporación general de los procesos productivos en estructuras ‘modernas’ y capitalistas (como parte de una relación más intensa con el capitalismo global): Se instauran relaciones salariales y se destruyen formas comunales de propiedad (y la frontera agrícola avanza, todo ello implicando la ampliación de relaciones capitalistas modernas. Estos procesos constituyen desigualdad por la forma en que ellos ocurren. Así, Pérez Saínz hace notar que siendo la mano de obra salarial escasa no ocurre en América Latina que ella no implicó altos salarios, a través de diversas formas (pago en fichas por ejemplo) la relación asalariada no implicó ni siquiera la libertad formal esperable.

Así, la conformación de este campo se caracterizó por una contradicción básica entre la máxima movilización de fuerza laboral que intentaron los patronos y la mínima remuneración de la mano de obra que otorgaron; es decir, buscaron maximizar la proletarización minimizando la salarización. El acto fundacional de este campo de desigualdades de excedente estuvo marcado por una asimetría profunda que determinaría el desarrollo de la relación entre capital y trabajo en América Latina (Cap 2, p. 58)

Cuando se observa la siguiente etapa, de modernización nacional, en estos campos lo que encontramos son intentos de inclusión, que resultaron parciales o menores. Se constituye una categoría de asalariados formales (Pérez Saínz dice que se constituyen como empleo, no sólo como trabajo, siguiendo un poco a Castel) que adquiere ciertas seguridades y derechos. Pero al mismo tiempo esa categoría no incluye a todos y se instaura la diferencia formal / informal. En lo referente a la acaparación de oportunidades están los intentos de reforma agraria, en otras palabras que los productores directos en el agro puedan acumular; pero al final nos encontramos con procesos oligopólicos. La ausencia de un empresariado local importante se asoció entonces a que unos pocos actores (muchas veces, el Estado o el capital extranjero) fueran los actores centrales. En cualquier caso, los mismos mecanismos de ampliación de inclusión y de construcción de ciudadanía, el empleo formal, fueron nudos de desigualdad (al distinguir y cerrarse al acceso a dicho campo).

El empleo formal, en especial el generado en el sector público, expresó esa superación [de la diferencia entre ciudadanía y trabajo] y en torno a este fenómeno de la formalidad se tejió un nudo de desigualdades importantes (Cap 3, p. 159).

La modernización global implica una transformación de esos procesos. El empleo formal no permanece pero se precariza, al perder sus protecciones y seguridades. Pierde el carácter de ’empleo’ y pasa a ser de nuevo un trabajo. En los procesos productivos globales la ubicación en la cadena productiva se convierte en decisiva: ‘dentro de una trama globalizada no cualquier empresa tiene las mismas posibilidades de acumular; es decir, la trama es un espacio donde también hay desigualdad entre capitales’ (Cap 4, p. 188). En última instancia, lo que se observan son nuevos fenómenos de exclusión (a través de par global/local) que ocurre en economías ‘neo-extractivistas’, donde su inserción en la economía global es a través de la inserción subordinada a cadenas de producción que usan los recursos primarios (incluso si el trabajo es del sector terciario). Los cambios están asociados: Por ejemplo, no por nada el neo-extractivismo es en parte importante de productos agrícolas y las nuevas relaciones laborales nacen en el agro. Y estas transformaciones se asocian muy fuertemente al nuevo carácter del individuo, en la nueva estructura de relaciones productivas:

la empleabilidad desplaza el énfasis de las dinámicas laborales desde el puesto de trabajo hacia la propia fuerza laboral y sus decisiones. De esta manera, se mistifican los orígenes y las causas de esa regresión social y laboral; también viejos derechos se convierten en nuevos deberes y, de esta manera, se refuerza el individualismo que el orden (neo)liberal impuso (Cap 4, p. 180)

3. Entonces, ¿qué aporta esta mirada?

Planteamos que la potencia de una perspectiva se muestra en que nos permite detectar que de otro modo sería complejo de hacer, y sus problemas en que nos hace difícil de percibir.

Los elementos individuales del análisis no dependen mayormente del esquema. Más allá de si son o no buenas descripciones, ellas aparecen en múltiples fuentes. Lo que hace el esquema es la observación en conjunto, sistemática.

Ello permite, además, observar sus relaciones. Aun cuando mucho del texto describe por enumeración (‘en relación a esta dimensión, ocurrió A, B y C’), los elementos están entrelazados. Y permiten comprender mejor lo que son, creo, algunas de las ideas propias del texto.

La afirmación que la importancia de los pares categoriales varía por período es interesante y diría no es tan común como otras afirmaciones. Y, casualmente, ahí se juega una parte importante de las relaciones entre los diversos elementos de la desigualdad. En la dominación oligárquica lo que está en juego es el par étnico y esto se relaciona con dinámicas de individuación que enfatizan la diferencia barbarie / civilización: sólo el ‘civilizado’ cabe tratarlo como un individuo pleno. Lo cual es afín a las dinámicas que ocurrían en los mercados primarios, cada una de las cuales implicaba la imposición de la incorporación subordinada a los mercados (en otras palabras, el que estaba en posición de ‘bárbaro’ no era necesario considerarlo): tanto cuando se pagaba con fichas o se arrasaba con la propiedad comunal, esas eran cosas que se hacían sobre otros, aplicación de poder sobre quienes no tenían derechos. La importancia de la diferencia territorial (urbano / rural) está asociada, finalmente, a una ciudadanía social fundada sobre el empleo formal que era un tipo de empleo urbano, y donde la informalidad urbana siempre se percibió como el resultado de la irrupción de grupos rurales. La preponderancia de las categorías de género en la modernidad globalizada también conecta todo con el hecho que en una época individualista la incorporación de la mujer al trabajo es buscada y que la precarización laboral puede aparecer como ‘positiva’ para este segmento. En esas conexiones es que se muestra que el carácter sistemático del marco de observación permite observar de manera diferente nuestras sociedades.

En términos de afirmaciones específicas que creo son iluminadoras ellas ocurren en torno a la dinámica de los bienes básicos (como ya dije esa concentración es crucial). Una ya la mencionamos al discutir el régimen oligárquico: el hecho que en nuestros países la incorporación en un régimen salarial se realizó bajo condiciones de dominación, permitiendo salarios bastante bajos. Otro tema que menciona Pérez Saínz (y que también aparece en otros textos, como Ross Schneider, Hierarchical Capitalism in Latin America, Cambridge University Press, 2013) es la relación subordinada de los pequeños productores en la cadena de producción y su correspondiente dificultad para acumular:

Por consiguiente, a lo largo de estos tres períodos del desarrollo de capitalismo en la región, y a pesar de las transformaciones acaecidas, hay un denominador común: la exclusión permanente de la mayoría de los pequeños propietarios latinoamericanos de las oportunidades que en verdad les permitirían acumular (Conclusiones, p. 254)

No deja de ser curioso (en Salazar uno puede encontrar algo similar) esta defensa del pequeño capitalista por parte de personas con perspectivas críticas (el subtítulo del texto es ‘la barbarie de los mercados desde el siglo XIX hasta hoy’). Pero ya decía Braudel que entre el mercado y el capitalismo había una fuerte separación.

Como toda perspectiva, la que ofrece Pérez Saínz tiene sus puntos ciegos. Al criticar los ingresos como algo parcial e insuficiente, no toma en cuenta que serán parciales pero son parte de la realidad. Y esto afecta su discusión, porque el crecimiento de ingresos (que es parte importante de lo que está detrás de consumo como agente de individuación -ello sólo puede ocurrir si hay ingresos que lo permitan) es parte de las dinámicas de la relación salarial. Mirar lo que ocurre como precarización, y como caída de la fuerte separación empleo formal estable / trabajo informal inestable, no es todo el fenómeno. Del mismo modo, la situación del trabajo por cuenta propia se termina perdiendo: No es tan sólo exclusión de la relación salarial (no son sólo informales) ni tampoco correspondería dejarlos solo como pequeños propietarios. Y el trabajo por cuenta propia es una realidad estructural importante en América Latina, pero ni la dinámica de explotación ni de acaparamiento de la posibilidad de acumular cubre su situación.

En cualquier caso, como ya dijimos ningún marco puede abarcar todo lo que resulta interesante de analizar y el marco analítico sí permite describir elementos y relaciones que no serían tan claros sin éste. Dado ello, el libro cumple con su promesa inicial de iluminar aspectos relevantes del análisis de la desigualdad en América Latina.

De la unidad y la diversidad en el cuerpo político

Leyendo dos textos sobre lugares y épocas muy distintas me aparece un tema similar: la formación de un pensamiento sobre la política que enfatiza su unidad, y la defensa, y que ve la diversidad como peligro, como una forma de división. El cuerpo político bien ordenado no tiene luchas ni conflictos importantes. Ellos se mantienen dentro de ciertos límites, esa es la forma de construir estabilidad.

La cita más ‘cercana’ es en un texto sobre la representación política en la época portaliana aquí en Chile y rosista en Buenos Aires, en el segundo cuarto del siglo XIX.

La necesidad de poner por encima de lo social un concepto de sociedad unanimista es análoga en Chile y en Buenos Aires; puesto que para ambos casos la divergencia era entendida como una falta de gobernabilidad inaguantable (La producción del sufragio, p 140, Roberto Pizarro Larrea en El orden y el Bajo Pueblo, VV.AA, Santiago: LOM; 2015)

La cita más ‘lejana’ trata sobre la antigua Roma. En particular en lo que el texto llama el momento graquiano, cuando se produce un cambio en la representación de lo que es la res publica. Uno que dice relación precisamente con el cambo de una concepción plural a una unitaria. Una concepción en que la res publica se forma en el espacio en disputa, si se quiere en los temas que hay que resolver, y que se funda en una concepción de la sociedad que se construye sobre la idea de un pacto, de una asociación entre quienes no estaban conectados previamente: la alianza como el hecho político fundamental que constituye el cuerpo político, y no la unidad dada antes de esa acción política (como habría sido con los griegos, que es la comparación que hace el texto que citamos). Esa concepción es reemplazada por una de unidad, y entonces con lo que ella implica en el tratamiento del conflicto político:

Or la croyance que l’on détient un pouvoir légitime et moralement impeccable ne peut qu’être fondée sur le consensus des gens de bien et sur leur unité: unité devant l’ennemi quel qu’il soit. Toute pratique alternative devient criminelle et entraîne une répression […] L’un des symptômes de la radicalisation de l’élite est bien ainsi l’importation, à l’intérieur de la cité, du langage et des méthodes de la guerre extérieure (Cap 2, p. 74)

Selon la conception ancienne de la res publica, placée sous le signe de la pluralité, le conflit politique n’entraînait pas nécessairement de disqualification du parti adverse. Les optimates au contraire plaçaient leurs adversaires politiques hors de la res publica et s’engageaient progressivement dans une lutte à mort avec l’ennemi, réduisant le champ politique à un espace consensuel (Cap 2, p. 129, Claudia Moatti, Res Publica, Paris: Fayard, 2018)

Las implicancias de esta concepción son claras: Los conflictos previos de la res publica romana son, en la tradición, resueltos con la negociación y la discusión (incluyendo las ocasiones en que los plebeyos deciden fundar una ciudad distinta); los conflictos externos se resuelven con la incorporación de nuevas poblaciones a la res publica. Ello ya no ocurre bajo esta nueva concepción, en que la violencia en los conflictos internos a la ciudad y a los conflictos ‘externos’ con sus asociados aumenta sobremanera.

Los dos casos están separados por dos milenios, y por estructuras sociales, económicas y culturales bien distintas; pero en ambos tenemos la misma reacción de la élite frente a conflictos que amenazan su poder: Insistir en la unidad, tratar toda divergencia como un peligro vital. La insistencia en la unidad no es más, entonces, que una forma de salvaguardar el poder de una élite. No deja de ser una conclusión que se aplica a múltiples otros contextos históricos.

Notas de Lectura. El carácter de la civilización del Indo y la pregunta por la relación del Estado con la civilización

Indus metal tools were insuitable for serious militaristic purposes since they lacked the strengthening midribs of metal weaponry produced by their contemporaries (Rita Wright, The Ancient Indus: Urbanism, Economy and Society, Cambridge University Press 2010: Cap. 7, p 196)

La civilización del Indo es una de las tres áreas donde primero se originaron sociedades complejas, ‘civilizaciones’. Tiene la particularidad de ser la menos duradera. Tanto en Egipto como en Mesopotamia, con crisis más o menos, el estado de civilización se mantuvo a lo largo del tiempo, aquí lo fue menos (alrededor de 2600-1900 AC). Por cierto, alrededor de siete siglos no es un lapso menor y bien cabe tomar en consideración que toda la modernidad, en las versiones que más tiempo le dan a ese período, solo ha superado 500 años. Siendo la menos duradera, es la más extensa -el territorio cubierto por ella sobrepasa con creces el estrecho valle del Nilo y el algo más extenso territorio de Mesopotamia.

La primera vez que leí con alguna profundidad sobre esta civilización fue en un texto de Keith Maisels (Ancient Civilizations of the Old World, Routledge 2001), y lo que postulaba es que esta civilización -al revés que todas las otras- no tenía Estado. No había nada que indicara la existencia de palacios o de gobernantes (Jason Gilbert, South Asia in World History, Oxford University Press, 2017, 8-9 nota lo mismo), y era claro que una civilización de esa extensión no podía estar bajo el dominio de un solo cuerpo político (la capacidad de poder dominar una extensión de ese tamaño bajo una sola polity fue algo que se logró tras milenios de civilización). Además uno podía observar que la escritura del Indo, que nunca creó (al parecer) textos largos, estaba adaptada a las necesidades del intercambio (multitud de sellos) pero no tanto para la administración (todas esas tabletas que cuentan bienes en Sumeria por ejemplo).

El libro que citamos es un texto más reciente sobre la misma civilización. La perspectiva es que esta civilización también constituyó Estados. En particular, que constituyó ciudades-Estado. Diversos elementos mostrarían ello. Las ciudades de dicha civilización (Harappa, Mohenjo-Daro, Ganweriwala, Dholavira, Rakhigargi) son ciudades planificadas, la estructura de calles y de casas no es de las que emerge en ciudades espontáneas; la estructura de asentamientos (ciudad central y una red de asentamientos de mayor y menor tamaño) habla de cierta centralización; existe un nivel no menor de desigualdad, implicando la existencia de élites; las redes de distribución y formas de producción de las artesanías mostraría una diversidad de formas pero algunos de ellas parecerían ser efecto de producción centralizada. Todo esto implicaría entonces que en esta civilización, como en todas, habría Estado (en cualquier caso, Wright no discute ni cita el texto de Maisels, y no escribe como si la idea de falta de Estado fuera parte de la discusión, yo lo estoy leyendo así puesto que ese fue mi interés inicial).

Y sin embargo, hay algunos temas que ameritan una mayor discusión. Si pensamos en que estamos ante ciudades-estado de todas formas aparece que el territorio pensado sería demasiado extenso: 100 mil a 170 mil kilómetros cuadrados (Cap 11, p. 333), mucho mayor al de ciudades-Estado equivalentes y nuevamente se puede dudar de si Estados recién nacientes podrían controlar territorios que corresponden (en la actualidad) a varios Estados-Nación. La coordinación de actividades artesanas podría haber sido obra de gremios (Cap 7, p 182-8, por ejemplo sellos, sólo en brazaletes parecería existir un nivel de coordinación que requiriera una administración). La desigualdad que se observa en las ciudades es menor que en otros casos (Cap 9, p. 244-5 nota que aunque la viviendas son muy homogéneas sigue existiendo cierta variabilidad en tamaños o en ubicación, nadie necesitaría ello en un examen de la civilización egipcia por ejemplo; y una parte no menor de la discusión es mostrar la presencia de bienes de lujo pero en sí esos bienes no implican desigualdad -un mismo hogar puede diferenciar bienes de uso común de bienes de lujo, y los ‘tesoros’ encontrados no aparecen restringidos en el espacio, p. 259).

Por otro lado, la planificación de ciudades implica altos niveles de coordinación, y si la desigualdad parece ser menor de todas formas parecen existir residencias (y sectores) de mayor estatus que otros. Y algunos de los problemas que mencionamos con anterioridad quizás no lo sean tantos: Posteriormente se requirió un desarrollo administrativo muy alto para controlar territorios entre 100 y 200 mil kilómetros cuadrados, pero al inicio de la civilización puede ser más factible una expansión rápida o quizás una influencia territorial importante no requiere un control territorial estricto (ambas cosas se han mencionado en relación a la primera urbanización en Mesopotamia, justo antes del nacimiento de la ‘civilización’). E

La discusión anterior nos lleva entonces a la pregunta por la organización estatal. Claramente la civilización del Indo implica altos niveles de coordinación (para estructurar sus ciudades, para crear sus espacios públicos o para sus sistemas de desagüe) y hay varios elementos que muestran organización y sus consecuencias (sellos, las evidencias de alguna producción centralizada, y si bien menor de todas formas con cierta desigualdad). Ahora, ¿basta con ello para pensar que hay Estado?

Hay ciertas ausencias (que Maisels enfatizaba): las construcciones monumentales no son de palacios o incluso templos, sino de estructuras como baños; los espacios monumentales parecen ser relativamente públicos. Pero lo mismo podría decirse de los inicios de Roma y Atenas, y organización estatal existía ahí.

Es en este sentido que la cita inicial adquiere interés: El que las herramientas de metal no fueran adecuadas para fines militares implica una militarización baja (lo mismo hace notar el ya citado Jason Gilbert, p 3). En mi impresión pocas actividades castigan tanto el uso de herramientas y prácticas subóptimas que la militar; y si entonces esas herramientas no tenían el nivel necesario para la actividad militar (y recordemos en la misma época sabemos de niveles importantes de competencia militar entre ciudades-Estado en Mesopotamia) entonces ella es baja. Las ciudades del Indo tienen murallas pero dado que ellas también se usaban al interior de ellas para marcar barrios, su uso parece más bien de control administrativo que militar.

Y esto nos vuelve al tema del carácter de la organización social de esta civilización. No se puede rechazar la existencia de Estado y claramente algunas de sus características implican formas de coordinación relativamente centralizadas (y en eso ya hay un cierto carácter proto-estatal como mínimo), pero son débiles o están ausentes otros de los elementos que suelen caracterizar los Estados.

La civilización del Indo desapareció con mayor prontitud que otras civilizaciones;y al mismo tiempo una de las más extensas. Es probablemente la más desconocida entre ellas porque su escritura no ha sido descifrada (ya mencionamos la ausencia de textos largos). La impresión que los hechos mencionado anteriormente tengan relación con la forma que adquirió su organización social, que no sería idéntica al camino seguido por otras civilizaciones (incluso si consideramos que los elementos pro-estatales ya son suficientes para ameritar que se los considere Estados, al menos ciudades-Estado), no deja de ser una impresión relevante. Por otro lado, pareciera que está condenada a no ser más que una impresión, dado lo que podemos saber de esa civilización.

La civilización del Indo nos muestra una sensación que la civilización podría ser diferente, el camino de las civilizaciones pudiera haber sido distinto; pero sigue sin mostrarnos que podría haber sido ese camino.

In Memoriam Carlos Catalán B.

Este fin de semana murió Carlos Catalán. Podría escribir varias cosas, pero creo que en este blog lo que corresponde son algunas reflexiones en torno a la sociología. Al fin y al cabo, habiendo trabajado en varios estudios junto a Carlos durante varios años, creo haber aprendido algunas cosas sobre el oficio. En realidad, los oficios -lo que aprendí de Carlos se aplica a dos actividades diferente.

El primer aprendizaje es sobre el oficio de consultor. Quizás lo más evidente fue constatar que el oficio de consultor es bien distinto del oficio del investigador de mercado. Cuando uno está en esa última actividad, uno hace el estudio, hace unas recomendaciones (e incluso, a veces, ni siquiera eso) y cierra el asunto. Pero ser consultor es otra cosa. Y lo que aprendí observando a Carlos hablar en múltiples reuniones, es que el consultor hablar en primera persona plural: Que al hablar de la organización cliente se habla usando el nosotros.

Esto no era solamente un asunto de terminología, sino implicaba una actitud -que era la que estaba detrás que Carlos fuera, a mi entender, un buen consultor. Es la actitud de involucrarse con la organización, de asumir sus problemas como tus problemas; de preocuparse de su situación futura; de conocer lo mejor posible el campo donde se mueve. Solamente así se puede cumplir con la tarea, y sólo así -creo- se puede entregar algo que tiene valor. Algo que me ha llamado por mucho tiempo la atención es que la investigación de mercado, que supuestamente entrega información a un ciente para que éste pueda agregar valor, es una industria que no es tan valorada (ni por clientes ni por oferentes). Y creo que parte de la diferencia es la actitud que mencioné al inicio.

A su vez, y esto no siempre queda tan claro, lo anterior tiene consecuencias éticas. Si para ser consultor necesitas hablar en nosotros e involucrarte de verdad con quien es tu cliente, se sigue que estás asumiendo los fines y la actividad de ese cliente. No te es ajeno las consecuencias éticas de esos fines y ya no puedes refugiarte en la excusa (que es siempre mentirosa, pero aquí lo es más) que se ofrece un conocimiento neutro o sólo una opción técnica. Quien trabaja de forma tal que favorece la realización de ciertos fines, está apoyando esos fines. (En términos concretos, asesora a quienes no te parece que sea problema su actividad).

El segundo aprendizaje es sobre el oficio sociológico. Y fue quizás el más sorpresivo de todos: Que la sociología es útil, que la mirada que entrega la disciplina es relevante, y permite observar elementos importantes que otros pasen más fácilmente por alto.

No me acuerdo cuando, pero era un estudio sobre el consumo de vino. Y justo para esa época estábamos discutiendo el libro de Douglas e Isherwood, The World of Goods, y el caso es que los conceptos del texto (sobre el uso de bienes para marcar y diferenciar situaciones) fueron usados de manera directa para comprender los resultados que estaba dando la investigación. Y así en múltiples ocasiones en que ideas y conceptos provenientes de las ciencias sociales eran usados no sólo para analizar resultados, sino para orientar recomendaciones e ideas para la acción.

La capacidad de Carlos para poder leer desde la sociología casi cualquier asunto, y para sacar conclusiones prácticas desde el conocimiento sociológico siempre me llamó la atención. Hay ciertos espacios donde eso ocurre más habitualmente, en particular en lo que dice relación con la política; el caso es que esa habilidad de aplicar la sociología -y ello de manera fuerte, usando el instrumental conceptual de la disciplina- a casi cualquier realidad no deja de ser una habilidad importante.

Esto del uso de la sociología me lleva al hecho que Carlos siempre estaba, en cierto sentido, investigando: Conversando, preguntando, a todo el mundo; siempre preocupado de tener una impresión de cómo otros vivían o estaban pensando o sintiendo. Sociólogo se es, si se quiere, a todo momento.

Carlos participó en muchos estudios en distintos roles, realizó múltiples análisis para diagnosticar el estado de la sociedad -presentados en diversos lugares. Publicó poco. Lo cual refuerza la idea de publicar (en el medio que sea, no me estoy refiriendo solamente a libros o artículos académicos); de otro modo, lo que tenemos son pérdidas. Y en este caso en particular, creo que esa pérdida no deja de ser relevante.

Pensando en los territorios (III). El involucramiento colectivo con el territorio

Finalizando la serie de escritos sobre la base del viejo estudio realizado en mis años del PNUD, ahora toca la última dimensión en la cual participé en el análisis: el involucramiento colectivo con el territorio, la politización territorial. Este era un tema perenne en los Informes de Desarrollo Humano, y aquí entonces la pregunta sobre las capacidades para desarrollar acción colectiva desde los territorios se veía como crucial. He de reconocer, sería engañoso el no hacerlo, que dicha centralidad de esta dimensión de acción colectiva siempre me fue algo ajena. La relación cotidiana, la vida de todos los días, me parecía más relevante (incluído ahí su influencia en la construcción del territorio). Pero siendo, de todas formas, un tema relevante y habiendo trabajado en ello y pensando que, de todas formas, es una lástima que se pierda, helo aquí.

El resultado fundamental, a mi juicio, del análisis es la aparición -en proceso tras proceso- de un cortocircuito. Hay elementos que podrían desarrollar un proceso de movilización pero otros impiden que se fortalezca y desarrolle. Es claro (y uno de los análisis específicos lo hacía caso a caso) que hay múltiples acciones y movimientos colectivos en los territorios, la pregunta era por su capacidad de mantenerse activos, de su sustentación.

Aunque debido a la pandemia el movimiento nacido en Octubre del 2019 se encuentra en animación suspendida (incluso considerando el retorno de algunas chispas de movilización), la idea de movimientos sin capacidad de sustentarse no parece muy válida en el Chile actual. La capacidad del movimiento para estar de manera permanente de forma activa (meses con el principal punto de reunión de la capital prácticamente cooptado por el movimiento de manera casi continua) haría estas reflexiones sobre debilidades de procesos de acción colectiva territorial, a lo más, una descripción del pasado.

Dos consideraciones militan contra esa conclusión. La primera es que las capacidades de un movimiento nacional no están, de forma automática, disponibles para movimientos territoriales. La segunda es que no por haber sido sobrepasados en la coyuntura del 2019, han dejado de existir todos esos mecanismos de cierre.

Sea cual sea la corrección de esas ideas, al final estas cosas sólo se saben con meridiana certeza a través de la visión retrospectiva, corresponde poner aquí el link correspondiente.

Pensando en los territorios (II). La relación subjetiva como aparece en la Encuesta Desarrollo Humano 2016

Siguiendo con esta serie de textos del estudio sobre territorios que estuve trabajando en el PNUD años ha, ahora toca lo de la encuesta. La encuesta es de 2016 así que claramente no se puede esperar que los resultados se mantengan en el mismo lugar, por otro lado los temas que preguntaba era más bien generales (no era una encuesta política de opinión pública) así que varias de las cosas todavía tendrán algo de utilidad.

El análisis de la relación subjetiva con el territorio cubría bastante más allá que la mera encuesta, pero como se mencionó en la entrada anterior lo que se trabajó en grupos de discusión ya lo he publicado y las entrevistas no las trabaje.

Esto tiene una consecuencia perversa: Uno de los resultados más interesantes no aparece en el texto porque era un resultado de la comparación de los diversos análisis. Aprovecharé aquí para contarlo: Básicamente, mientras la encuesta (y secundariamente los grupos, aunque ahí era más matizado) entregaba una visión más bien positiva del lugar que se habitaba, en las entrevistas el lugar con el cual la persona se identificaba aparecía en términos negativos. ¿Cómo se puede comprender esa contraposición?

Una posibilidad es negar que sean contradictorios. Para las personas que migran su actual lugar de residencia es distinto del lugar donde se identifican y por lo tanto lo positivo y lo negativo aplican a lugares distintos (y una parte importante de la muestra de entrevistas era a migrantes). Sin embargo, ello no era suficiente, dado que la mirada negativa también aplicaba a quienes vivían en los lugares con los cuales se identificaban (y en particular no habían migrado). La contraposición era real.

Así que existía una contraposición que era real. En particular, los territorios no metropolitanos aparecían como buenos lugares en la encuesta y en las entrevistas eran mirados de manera negativa. La hipótesis que defendí en el día, que en cualquier caso no convenció a todo el equipo, era que la encuesta (y los grupos) operaban al nivel de la vida cotidiana. Incluso cuando se preguntaba por proyectos, estos eran más bien del orden de lo cotidiano (digamos, mejorar la casa para poner un ejemplo). Y en la vida, el lugar aparecía usualmente de manera positiva. Mientras que las entrevistas, al ser historias de vida, ponían en juego los sueños y los proyectos de vida de largo plazo -y ahí entonces el territorio aparecía como lugar sin futuro. La diferencia de evaluaciones se basaba en una diferencia en el punto de vista de la evaluación.

No sé si dicha hipótesis es convincente, como dije no terminó de convencer a varios en el equipo, el caso es que la contraposición que intentaba explicar era uno de los resultados centrales.

Ahora, entonces, la descripción de los resultados de la encuesta, incluyendo hacia el final una muy bonita, en mi poca imparcial opinión, tipología de formas de relacionarse con el territorio. El link aquí.

Pensando en los territorios (I). La construcción social

Años ha estuve trabajando en el PNUD y en particular en lo que iba a ser un informe sobre los territorios en Chile. Pasados varios años supongo que no estará de más publicar algo del material que fui produciendo a propósito de ese estudio. El PNUD hizo finalmente una publicación sobre desigualdad territorial, link aquí. En esta serie, por lo tanto, me limitaré a publicar textos que yo haya trabajado que no se refieran a temáticas publicadas por el PNUD

Esta serie tendrá tres entradas. En la primera un texto que muestra algo que es sabido y repetido, que el territorio es socialmente construido, y lo que hace es desplegar lo que implica en la práctica esa afirmación tan general. El segundo se dedica a describir los principales resultados de la encuesta 2016 sobre percepciones del territorio (como siempre en el PNUD estó también implicó análisis cualitativo, y si bien trabajé en lo que dice relación con el análisis de los grupos de discusión, y el documento de análisis puede verse aquí, no lo hice con las entrevistas, así que me limitaré por lo tanto al tema de la descripción de resultados de la encuesta). El tercero es un análisis del involucramiento colectivo con el territorio, tema de continuo interés en el viejo equipo de desarrollo humano, aun cuando personalmente creo que no era lo central. Ahí están datos de encuesta y de grupos, que fueron los que trabajé.

En cuanto a la primera me limitaré a citar dos párrafos de la conclusión:

La construcción social del territorio es compleja. Cada actor y cada proceso construye una forma de territorios, las dinámicas de construcción incluyen muchas dimensiones -al menos son simbólicas y materiales al mismo tiempo-, y generan un complejo mosaico de heterogeneidades y homogeneidades territoriales. No hay un solo territorio, y es necesario evitar la tentación de creer que una forma de construcción es privilegiada por sobre las otras. La complejidad de la construcción es parte del fenómeno territorial

(…)

La sola definición del lugar, el hecho que hay múltiples definiciones del lugar, genera un espacio para las disputas políticas. Iniciamos esta parte haciendo notar que la delimitación es parte de la definición del territorio y que ellas no son únicas; la concluimos recordando que las disputas son también parte de la definición del territorio, y que entre las cosas que pueden estar en disputa está, precisamente, qué y quienes están incluidos bajo un determinado territorio. La multiplicidad de la construcción territorial tiene una implicancia política.

El link al PDF aquí.